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El amor por los libros
Colofón

El amor por los libros

Por Gonzalo García

Artículo premiado
con la beca José Martínez de Sousa. Noviembre de 2008

Gonzalo García
Gonzalo García es licenciado en teoría de la literatura y, desde hace una decena de años, traductor especializado en libros de historia, ensayo literario, divulgación y literatura infantil. Escribe para niños (de la cuna a las canas) y confiesa soñar con una hermosa pandemia de influenza lectora.

El amor por los libros, por la cultura que nos da la oportunidad de ser más libres —más reflexivos, más conscientes de nosotros y los demás, más cautos y respetuosos con lo ajeno, más identificados con lo que aprendemos a reconocer y denominar en nuestro interior— es en el fondo una gran playa. El ser humano es la arenilla del mundo, y el mar infinito —pues infinito parece y así se lo siente—, la posibilidad de viajar y crecer con él. Es una lástima que parte de esa arena se haya convertido en el cieno contaminado que los grandes cañones del desagüe humano expulsan para que ennegrezca, como mancha de petróleo, el gran mar de todos. Resulta que la arena elige —aunque no lo parezca y a veces no lo sienta así—, decide y actúa y con frecuencia lo hace sin tener en cuenta siquiera lo que cabe en su cerebrito. Resulta, en suma, que algunos eligen ser el aluvión que ahoga la respiración de los peces y pudre la espina de los corales. Es la cara más negra de la preciosa moneda del libre albedrío.

Otros elegimos —como meta, claro está: con nuestras limitaciones— ser arena blanca al vuelo, arena de los vientos, la que se deposita en las calas como mera base humilde para la contemplación del mar y la inmersión apasionada en la cultura. A vueltas con la libertad, resulta que esa arena aparenta no ser libre, puesto que su ánimo es ante todo servicial: es la pulidora anodina —si no molestosa— que permite resaltar el brillo ajeno por puro amor de él. Somos esencialmente filólogos, amantes de la lengua, de la única cancha de juego del pensamiento y la cultura transmisibles. Quizá de todo lo escrito por el ser humano solo valga la pena un uno por ciento, tal vez menos. Más razón aún para que ese poco por ciento llegue a sus lectores —a los habitantes de la playa, a los sedientos de mar— en toda su pulcritud y sin menoscabo. Una coma puede cambiar el sentido de un verso y un punto mal puesto puede quebrar la armonía del mundo, por lo mismo que añadir un electrón puede desatar una reacción en cadena. En un sistema no hay elemento pequeño ni menor, pues el todo unitario es más que la simple suma de las partes. Una gran receta deja de complacer servida en platos sucios.

El arte de la buena imprenta es la ecología de ese mar. Toca lo mínimo —pero todo lo necesario— para la preservación de la vida ajena en sus propias condiciones de existencia. Desde este punto de vista, entiendo que la minúscula arena que odia las máculas de la zafiedad ortotipográfica no es quizá tan pequeña, al fin y al cabo: a los ciegos se les incrusta en el ojo como grano de sablón grosero y para los demás es la perla de un texto claro y pulcro ofrecido con amor a la libre fecundación de nuestro pensamiento.

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