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Crónica loca de una asamblea 

Por Beatriz P. Alonso

La sexta asamblea de Asetrad se celebró en Madrid en la sala Monedero (travesía de Andrés Mellado), a las once y media de la mañana del 31 de mayo del 2009. Acudieron unos sesenta socios. Esto es un relato personal de lo vivido.

31 de mayo. Madrid. Solo son las once y media de la mañana, pero se anuncia un día de calor insoportable. Comparto el mítico sentido de la orientación de Ulises y Moisés, así que me he perdido en una calle de apenas veinte números. Tres veces me toca pasar por delante de la puerta de Monedero para encontrar la sala. Desesperado y familiarizado con este asunto, mi marido me señala con el brazo desde el coche: «¡Pero cielo, por los clavos de Cristo, que es ahíiiiiii…!».

Llegó tarde, dando la nota, ¡clac, clac, clac…! ¡Mira que he dicho veces que tengo que tirar estas sandalias! Avergonzada, me siento en la primera silla que encuentro, tapando por completo la visión al pobre Federico. Muchas caras conocidas. Margaret está leyendo un punto del orden del día para su aprobación. Consigo poner cara a Cristina, nuestra maquetadora, que lee las cuentas como tesorera saliente de la asociación. Coralie lee un resumen como presidenta de la junta electoral y alaba el buen hacer de Raúl, que a su vez nos comenta la urgente necesidad de traducir la página web. Javier apoya la moción y se excusa de haber tenido que viajar tres veces este año por asuntos de la fit. Raúl comenta con orgullo que un cliente canadiense solo quiere trabajar con traductores de Asetrad.

El ambiente es de familia. Se comenta la necesidad de encontrar gente que se haga cargo de coordinar la renovación del motor de la página web. Se presentan los nuevos miembros de la junta. Consigo poner cara a Ángela Blum.

La asamblea avanza. María no ha podido venir y me toca presentar la revista. Parece que gusta. Se habla de su promoción. Entroncamos con otros proyectos, pero volvemos a la página web. Yo propongo una derrama. Risas y cachondeo (aunque después escucho al vuelo en la comida que no estaría mal). Margaret explica que es más un problema de voluntarios que de dinero. Empiezo a necesitar un cigarro. Propongo que la lista de distribución se abra a consultas. Entre jocosa y mosqueada, Empar me pregunta si es que pienso moderarla yo. Me callo y cambio de tema. La asamblea acaba oficialmente. Reyes me cuenta que quiere escribir algo sobre traducción audiovisual. Intento convencerla de que lleve una sección. Me acerco a dar un beso a Débora, que no es la tía rubísima que yo pensaba.

Desbandada de fumadoras. De camino hacia las escaleras, cruzo besos con Isabel, Ramón y otros cuantos colegas. Saludo a Fernando por el camino; sigo poniendo caras a gente que conozco desde hace años. Y a todo esto, sé que el tabaco no es bueno, pero ¿y las escaleras…? En este último año, he asistido a tres eventos asetraderos, y me podrían haber nombrado reina de montaña en todos, porque soy la que más fuma. Digo yo que si no habrá un sitio plano donde celebrarlos… Luego, si nos da un infarto a alguno, dirán: «Es que fumaba…». ¡Y un cuerno! Es que 3500 escalones en una mañana acaban con cualquiera.

Rosario, Margaret y José María en animada charla

Rosario nos cuenta ilusionada sus proyectos para la séptima asamblea en Andalucía. María se preocupa por mi salud. Ángela nos cuenta el origen de su apellido. Volvemos a la carga. De camino me cruzo con Ana y la arrastro hasta la luz para hacerle una foto en condiciones, porque se ha empeñado en publicar una de carné que no le hace justicia. Aprovecho que pillo con la guardia baja a Cristina para hacerle un par de fotos también; me fastidia que haya trabajado tanto en la revista y no salga en ningún lado. Descubro, a mis años, que me encantan los huevos de codorniz con gambas. Me sitúo estratégicamente en ese extremo de la mesa dispuesta a no moverme así me maten. Concha me cuenta que la exposición de Sorolla tiene más de cien cuadros. Sudo de angustia y sigo mojando huevos y langostinos en la mayonesa para disimular. Ángela le pregunta a Elena si tiene que firmar algo más, y yo contesto miméticamente que no, como si supiera de qué están hablando. Elena me regaña. Me disculpo.

Débora quiere que nos hagamos unas fotos. Hablamos de una conocida común. Amenazo con sacar una foto del zapato de Alicia y publicarla, a falta de una de su cara. Javier se acerca. Luisa nos hace unas fotos oficiales. José María me hace un resumen de la charla sobre autónomos y cruzamos algunas impresiones sobre el futuro de la seguridad social (o mejor dicho, sobre nuestro futuro y la seguridad social). Noelia se ofrece para decorar un número de La Linterna. Laura llega en ese momento a la reunión siguiente y me pregunta qué demonios les doy con lo de los cuadros. Todo el mundo sabe manejar mi cámara salvo yo. Me consuelo pensando que al menos voy camino de ser una leyenda como guía turístico…

Empiezo a pensar que necesito otro cigarro, pero esas escaleras... ¿Y por qué no habré tirado yo estas sandalias, si mira que lo he dicho veces? Finalmente vence el vicio y busco a Ángela para que se venga conmigo. Le robo un Gauloises, con su puntito de negro. De regreso, me grito algo con Héctor por las escaleras. Ha empezado el éxodo. Algunos han entrado en la reunión de las asociaciones. De pronto, me doy cuenta de que no me he sentado en toda la tarde, y caigo como un plomo en un sillón. Alguien pregunta por el cif de la asociación, y yo sonrío pensando que ya no me lo sé.

Raúl nos cuenta en detalle lo ocurrido con su cliente. Desde luego, es un orgullo que en tan poco tiempo la asociación se haya convertido en una marca de calidad. Quedamos en que es definitivamente urgente traducir la página web, salimos a la calle y lo dejamos en una terraza con otros colegas arreglando el mundo. Ángela y yo nos dirigimos hacia el metro. Casi me rompo un tobillo por el camino… Internamente grito: «¡Malditas sean estas sandalias y la madre que las trujo!». Voy a sacar un billete, pero Ángela vuelve a Soria y me invita con un bono que ya no va a utilizar. Bromeamos con la remota posibilidad de que me pille un revisor cuando ella se baje (ja, ja…). Gracias a Dios, nos piden el billete solo un minuto antes.

Lo primero que hago al llegar a casa es tirar las sandalias.

Los asistentes (¡salvo los fumadores, claro!)

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