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Una nueva especie: el traducorrector
Colofón

Artículo premiado
con la beca José
Martínez de Sousa
Noviembre de 2008

Una nueva especie: el traducorrector

Por María-Fernanda Poblet
María-Fernanda Poblet
María-Fernanda Poblet se estrenó en el mundo editorial en 1994. Dice que fue por accidente, pero en 1999 comenzó a trabajar por libre como correctora, y Palabra sobre Palabra, su nombre de guerra, sigue ahí. Cuando se acusa a esta licenciada en filosofía de pertenecer a lo que algunos llaman la secta sousista, ella esboza una enigmática sonrisa.

«Para editorial de reconocido prestigio, se necesita traductor autónomo (inglés/español). Deberá ocuparse también de la corrección ortotipográfica y de estilo y se valorará que pueda ejercer de niñera por las noches.»

El anuncio aún no ha aparecido en la prensa, pero no se sobresalten si algún día leen algo parecido: tan solo la parte referente a la niñera resulta hoy chocante. El resto es el pan nuestro de cada día, aunque falta un dato: a ese traductor se le pagará exactamente lo mismo que cuando solo se le pedía que hiciera una traducción.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? Analizar aquí todos los factores que podrían explicarlo es tarea imposible, por lo que me centraré en uno de los que considero más preocupantes: la escasa valoración del trabajo de traductores y correctores, aunque en el caso de estos últimos quizá fuera más apropiado cambiar escasa por inexistente.

Cuando me preguntan a qué me dedico y respondo que soy correctora, el común de los mortales, personas más o menos cultas incluidas, hace la segunda pregunta: «¿Y eso qué es?». En la tercera pregunta ya llega cierto grado de variación, aunque desde que los ordenadores pasaron a formar parte de nuestras vidas la más frecuente continúa siendo la que alude a cierto programa de tratamiento de textos que, según dicen, hace ese trabajo. De esas terceras preguntas, esta es mi favorita: «¿Pero los que escriben libros no tienen que saber ya escribir bien?». En un principio puede resultar ingenua, pero no lo es tanto; de hecho tiene mucho que ver con esa situación de la que hablaba antes.

Cada vez son más las editoriales que dicen a los traductores que ellos mismos han de ocuparse de corregir su traducción. ¿No es fácil llegar a la conclusión de que la pregunta no iba tan descaminada, de que autores y traductores deben ser capaces de corregir ellos mismos sus obras y de que si no lo hacen es por alguna extraña e incomprensible incompetencia por su parte?

No hay tal incompetencia, por supuesto, sino imposibilidad. En primer lugar, porque nadie es capaz de corregirse a sí mismo como lo haría un corrector (y me incluyo: perdonen las meteduras de pata que encuentren en este artículo, pues nadie me lo ha podido corregir). La presión que ejerce el texto sobre escritores y traductores, a quienes preocupa ante todo que las ideas que desean expresar lleguen a sus lectores, impide el distanciamiento necesario para corregir las mismas palabras que les obsesionan. En segundo lugar, los profesionales de la corrección tienen unos conocimientos de los que carecen los traductores, del mismo modo que los traductores tienen otros conocimientos que el corrector no posee. Pero si a un fontanero no le podemos pedir que sepa albañilería, ¿por qué habremos de pedirle a un traductor que domine el oficio de la corrección? La respuesta es tan sencilla como desalentadora: el trabajo de los albañiles se valora; el de los correctores, no.

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