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El traductor como intérprete y el intérprete como traductor. Experiencias y perspectivas

Por Isabel Basterra

Desde la perspectiva de muchos años de profesión, voy a tratar de aprovechar estos minutos que me han ofrecido, no tanto para reflexionar acerca de los parámetros de nuestra profesión desde una perspectiva más o menos científica (muchos y mejores maestros que yo hay en esto) sino, sobre todo, para hacer ver desde la experiencia práctica algunas observaciones que puedan servir de reflexión para su actividad, para vuestra actividad, y sobre todo a los más jóvenes.

Isabel Basterra
Nacida en Bilbao en 1950, Isabel Basterra se trasladó hace treinta y ocho años a Dusseldorf (Alemania), donde sigue viviendo y trabajando. Amante de las matemáticas y la sociología, es diplomada en Trabajo Social por la UPV, traductora e intérprete reconocida oficialmente en Alemania, e intérprete jurada en España nombrada por el MAE. Sus estudios se reflejan también en su vida profesional, a caballo entre el trabajo social y político en cuestiones de inmigración, derecho de extranjería y refugiados, por una parte, y su actividad de varias décadas como traductora autónoma y, sobre todo, intérprete de alemán.

Si bien traductor e intérprete son dos profesiones diferentes en muchos sentidos, aunque a primera vista no lo parezca y muchos, incluso, las confundan o se refieran a ellas indiscriminadamente, sí es verdad aquello a lo que remito en el título de esta breve presentación:

Sin embargo, y como decía antes, ambas profesiones tienen muchas cosas en común, aunque otras muchas sean diferentes.

En común tienen, por supuesto, la necesidad de conocer muy bien, si no dominar a la perfección, las dos lenguas en las que se está trabajando. Y el dominio de la lengua no se limita al «simple dominio de diccionarios», como yo lo suelo llamar, y que, si bien es evidentemente necesario, no es suficiente. Más allá de un buen manejo de diccionarios, incluso más allá de una seria labor de búsqueda y hasta de investigación (hoy día más fácil y mejor gracias a las posibilidades que nos ofrece Internet), se requiere un profundo conocimiento de las dos (o más) lenguas en las que se trabaja, pero también de las culturas o entornos culturales en que se utilizan. Estoy convencida de que, para ser un buen traductor o intérprete, una cualidad que se requiere como condición sine qua non es la curiosidad, una curiosidad tremenda por las culturas que se esconden tras esas palabras.

Pero ya aquí habremos podido empezar a comprender entre líneas que existen diferencias importantes entre estas dos profesiones:

Tras todos estos años de actividad profesional y, por tanto, de a veces dura experiencia, me atrevo a decir que pocas veces hay un traductor excelente que al mismo tiempo sea un intérprete excelente: será quizás bueno en las dos facetas, pero no excelente. El buen traductor es, o debería ser, un profesional dotado de mucha paciencia, perseverancia y disciplina; el buen intérprete tiene que ser sobre todo una persona de «reacción rápida», espontáneo (para poder encontrar rápidamente una alternativa válida a un término que no recuerda en ese momento) y, más que disciplinado, estar en condiciones de trabajar durante un tiempo literalmente «a destajo»: no vale aquí la disciplina del traductor de «cada día trabajo tantas horas, y el fin de semana trato de dejarlo libre». Un intérprete nunca puede posponer.

De las diferencias descritas entre las dos profesiones se desprende también en gran parte, para no quedarme anclada en el pasado y tratar de esbozar brevemente lo que (n)os espera, la situación de ambas en el mercado profesional actual:

Ilustración de Llorenç Serrahima

Y termino, con una recomendación «de persona mayor»: aprovechad todo lo que podáis para salir al extranjero, sobre todo a los países donde se utilice la lengua o las lenguas con las que trabajáis o vais a trabajar. Cuando os hayáis hecho mayores, cuando os hayáis establecido y asentado profesional o familiarmente, os resultará mucho más difícil moveros. Y la curiosidad de la que hablaba al principio como premisa número uno para ser un buen traductor o intérprete se «cultiva» mucho mejor y más fácilmente en el «lugar de autos». Es lo que más envidio de esta generación: lo que yo denomino la fase Erasmus, en mis tiempos impensable (y menos aún para una mujer).

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