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Tu corrector literario: manual de uso y disfrute

Si preguntamos por ahí a cualquiera que publique libros, desde grandes editoriales hasta el autor modesto que se autoedita, todos sin excepción estarán de acuerdo en que la corrección es un detalle muy importante. Luego ve uno textos llenos de erratas, faltas de ortografía, errores de traducción, incoherencias y desastres variados, y solo puede pensar que algunos mienten como bellacos por quedar bien, o es que no tienen mucha idea de qué es un corrector, para qué sirve, cuántas clases hay y cuándo y cómo (¡y por qué!) se debe recurrir a ellos.

Antonio Rivas
Antonio Rivas (1965) es licenciado en Física y máster en Sistemas y Redes de Co­mu­ni­ca­ciones. En 1987 empe­zó a realizar tra­ducciones y correcciones técnicas complementando su trabajo de analista en una empresa de tele­co­mu­ni­ca­ciones; amplió a las literarias poco tiempo después y se dedica exclusivamente a las letras desde el cambio de siglo, no solo como traductor y corrector sino también como redactor, arti­culista y crítico literario. Además ha sido profesor de artes mar­cia­les y adiestrador de perros, y es socio fundador de Asetrad.

Reduciendo a lo esencial, un corrector es la persona que se encarga de que un texto sea presentable y pueda publicarse sin que dé vergüenza. Es así de sencillo, pero a la vez no es nada trivial. Podríamos comparar su tarea con la necesidad de que los actores y actrices pasen por maquillaje antes de rodar una película. Hay personas (textos) que recién levantadas (antes de pasar por corrección) ya tienen buen aspecto y podrían salir a la calle sin más. Bien por ellas. Pero en general es necesario un poco más de trabajo, aunque solo sea peinarse, y a ninguno se le ocurriría ponerse a actuar (publicar profesionalmente) sin una buena sesión de repaso antes de ponerse ante la cámara.

Y, sin embargo, eso es lo que se ve día tras día en los textos publicados.

Con honrosas pero escasas excepciones, la profesión de corrector está muy poco valorada, para qué lo vamos a negar. Hace algún tiempo hablaba con un amigo escritor (y no malo) que me dejó de piedra cuando dijo que él no encargaba la corrección de sus novelas; que una vez lo hizo y no notó apenas diferencia, así que prefería ahorrarse los [cantidad increíblemente baja que no cito por vergüenza] euros que le costó. Si no me hubiese quedado sin palabras y hubiera tenido más reflejos, le habría contestado: «pagando esa birria, está claro que no vas a notar ninguna diferencia ni usando al mejor corrector profesional del mundo».

Es una simple cuestión de matemáticas. Supongamos que la cifra que se ofrece son cien euros redondos (no estoy exagerando; muchos aspirantes a presentar una novela a concurso o a una editorial se sorprenden si les presupuestas más de dos cifras para corregir su texto en bruto). Supongamos también que nuestro corrector es un tipo espartano al que le basta llegar a mileurista, y tan entregado a su labor que trabaja treinta días al mes, sin fines de semana ni festivos. A cien euros el encargo, necesitará diez trabajos mensuales para que le cuadren las cuentas.

Divide. A tu novela podrá dedicarle exactamente tres días, o ese mes no come.

Una novela a la que habrás dedicado semanas o meses de investigación, esfuerzo creativo, repasos y sudores... y ¿esperas que pase por una corrección profesional donde se note la diferencia en tres días? ¿Ortotipografía, estilo, comprobación de datos, señalar fallos argumentales, consejos y sugerencias, en tres días? Eso no es solo falta de respeto a la labor del corrector, es falta de respeto a tu propio trabajo.

Los clientes que van por libre se pueden reeducar un poco tras explicarles la situación y en qué consiste realmente la tarea. A veces son primerizos y realmente no se habían parado a pensar en esos detalles. También se les puede explicar que un profesional puede hacerles una revisión profesional (valga la redundancia) a precio de saldo o incluso gratis, porque es muy amigo, por hacer un favor… Pero que serán casos excepcionales, que tendrán que estar agradecidos, y que no pueden esperar que se convierta en una costumbre.

Con las editoriales, la excusa del «es que yo no sabía» no vale, y a pesar de ello tampoco es que podamos tirar cohetes. Plazos demasiado cortos, tarifas demasiado bajas, falta de coordinación (o incluso de contacto) entre el autor o traductor y el corrector del texto1, exigencias nada realistas… No todas cometen todos los fallos, y hay algunas (demasiado pocas) excepciones honrosas que no caen en ninguno, pero en general se toman la tarea del corrector como un puro trámite, algo poco más complejo que pasar el automático del Word y que hay que despachar por quedar bien.2 A veces, simplemente, solo piden una labor parcial; por ejemplo, revisar la ortotipografía para que se ajuste a las normas de la casa, y al estilo y a los errores que les den. A veces es peor aún: si hacen ahorros en las traducciones contratando «traductores» poco fiables, suponer que la corrección les importará es mucho suponer. En el mundo de los cómics, la situación es escandalosa.

Ejemplo de horrores en la traducción de cómics

Un par de traducciones al español del Lobo-Batman de DC. Arriba, el original. En la primera, el corrector brilla por su ausencia; en la segunda, el traductor también; y en ambas, el respeto por el lector que ha pagado por eso.3

Rizando el rizo, hay quien aplica otro sistema de ahorro genial: pedir al corrector que arregle una traducción malísima (quizá automática) para tener un buen texto a precio de corrección. Está pasando…

Como resultado, tenemos textos publicados que van de lo malo a lo impresentable. La cosa es que esas tonterías no se acabarán mientras los lectores no empiecen a devolver según qué publicaciones como un producto defectuoso cualquiera. Pero hasta que llegue ese día feliz, ¿qué puede hacer un autor que vaya por libre o una editorial para usar bien a los correctores y así tener textos que sea un orgullo lucir en el catálogo? Van algunos consejos, en ningún orden en particular porque todos son igual de importantes:

Dar tiempo suficiente. La corrección es una tarea laboriosa. Para dejar un texto libre de errores hay que leerlo con más atención de la que probablemente dedicará ningún lector, y si para una novela leída relajadamente y pasando párrafos en diagonal hacen falta varios días (dejemos a un lado a los lectores ultrarrápidos), es imposible hacer una corrección atenta en menos tiempo.

Considerar qué tipo de corrección es necesaria. Si eres un escritor que hila de maravilla (o que no quiere que le toquen el estilo en ningún caso), encarga al menos una ortotipográfica; el corrector ya se ha aprendido todas las normas y entra en su tarea estar al día de los cambios en ellas para que no tengas que hacerlo tú y puedas dedicarte a crear. Si eres una editorial, lúcete un poco y encarga también estilo y corrección de errores no tipográficos, y en el caso de las traducciones, cotejo con el original; no hay nada más triste que ver un libro con errores de traducción porque la editorial le pide al corrector que se limite a la ortotipo, y este ni se fije en otros problemas (los que vayan más apurados y los que se han vuelto cínicos con el tiempo se verán muy tentados a decir «no es mi trabajo» si detectan un fallo que se sale de sus atribuciones, especialmente si les pagan las raspas).

Pagar adecuadamente. Lo que, como hemos visto más arriba, también tiene relación con el tiempo que podrá dedicarle un profesional. Pero aparte de eso, el corrector tiene que aplicar sus conocimientos y su experiencia (ambas cosas no se consiguen en un rato) con el fin de que el libro quede lo más perfecto posible, algo que debe valorarse con justicia.

Poner en contacto al corrector con el autor o el traductor. Hay editoriales que parece que tienen miedo a algo e incluso vetan cualquier correspondencia entre partes que no pase por un intermediario de la casa. Esto es ridículo por la pérdida de tiempo que conlleva y porque impide que se puedan discutir las dudas (esto que has puesto ¿está así a propósito?) o que se hagan sugerencias (quedaría más elegante si ponemos… ¿te parece bien?), lo que perjudica la calidad final del texto.

Acreditar. Los correctores no tenemos ego; esto es un hecho. A veces arreglamos desastres que sacarían los colores al firmante del texto, y no nos cae ni un «gracias»; no importa, estamos acostumbrados. Si los traductores se llevan poco mérito (una queja justificada y frecuente), no te digo ya quienes dan el lustre final y ni siquiera aparecen en la página de créditos. Vale que no cobremos royalties (aunque eso habría que empezar a discutirlo), pero al menos poner el nombre en alguna parte… Además, esto resolvería cualquier inquietud del cliente sobre la calidad del trabajo después de decidir dar mucho tiempo y pagar bien: aparece el responsable dando la cara y tendrá que afrontar las consecuencias.

También podría añadir algunos detalles más sutiles, como pasar el texto corregido al autor o al traductor para que quien firma pueda objetar cambios (por increíble que parezca, muchas no lo hacen, y mira que es de sentido común), o pasar las galeradas al autor/traductor y al corrector (esto, directamente, muchas editoriales no lo hacen ni aunque lo pidas, y eso que cualquier error que se cuele en esa parte del proceso se achacará a inocentes; más de un traductor optará por seguir sin que lo acrediten si sabe que la editorial hace chapuzas después de que el texto abandone sus manos). O no pedir telepatía: recuerdo a un editor que me dijo «este texto ya está corregido, pero hay algunos cambios que me gustan y otros en los que lo prefiero como venía antes; corrígelo tú y quita los que no me gustan»; con un par. Y antes de que algún corrector me objete que repasar correcciones y galeradas es un gasto extra de un tiempo que no tienen, recordaré los detalles «pago adecuado» y «tiempo suficiente» que deberían estar cubiertos al llegar a ese punto.

Como dice Gabriella Campbell: «No hay excusas para un texto plagado de erratas, de faltas de ortografía y de fallos gramaticales».4 Añadiría que ni con cualquier otro tipo de fallo: de estilo, de contenidos y de traducción. Y quien tiene en sus manos la capacidad de impedir que los haya es el corrector. En las tuyas está aprovecharlo.

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1 Tengamos en cuenta además que en la corrección de traducciones se añade otra tarea: cotejar con el original.

2 Algunas ni siquiera disimulan y se saltan ese paso. O es lo que parece al ver los resultados.

3 Para quien no sepa inglés: el original dice «Y tú no eres ningún pingüino. Pero veo que te gustan los buenos puros», como deja claro el contexto en la viñeta siguiente, donde le dice que pruebe uno de los suyos.

Capturas cortesía de Libros y cómics Ecuador.

4 «Diez errores que hacen que la gente tire tu libro por la ventana».

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