La Linterna del Traductor

EDITORIAL

LA VOZ DE ASETRAD

CORRECCIÓN

INTERPRETACIÓN

Experiencias que marcan

TECNOLOGÍA APLICADA A LA TRADUCCIÓN

Pildoritas tecnológicas

TRADUCCIÓN CIENTÍFICA Y TÉCNICA

TRADUCCIÓN JURÍDICA

TRADUCCIÓN LITERARIA

Escritores traductores

TRADUCTOLOGÍA

TRADUCCIÓN AUDIOVISUAL

TRIBUNA UNIVERSITARIA

La universidad en primera persona

PANORAMA

Otras asociaciones

EIZIE (EU)

El dedo en el ojo

RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS

Nunca se sabe

VENA LITERARIA

Otro drama moderno (microrrelato)

COLOFÓN

No solo de pan vive el traductor

Las ilustraciones de este número

CONTEXTO

CONTRAPORTADA

Reseñas: Traducido por...

Nunca se sabe

By the pricking of my thumbs,
Something wicked this way comes.

Macbeth (William Shakespeare)

Calor helado

Demasiada felicidad
Título original: Too Much Happiness
Autora: Alice Munro
Lumen, Barcelona, 2010
Traductora: Flora Casas

Soy ávida lectora desde mi más tierna infancia. Lógicamente, me encanta que me regalen libros. Por eso, cuando por mi cumpleaños me dieron el paquetito de lo que, inequívocamente, tenía que ser un libro (era eso, o una extraña caja de bombones), me recorrió la conocida sensación de calidez, anticipación y curiosidad que cualquiera con esa misma adicción ha sentido alguna vez. Rompí el papel del envoltorio, vi el título... y el alma se me cayó a los pies: Demasiada felicidad, de Alice Munro. Anteriormente, había caído en mis manos Amistad de juventud, otra colección de cuentos de la misma autora y, la verdad, no acababa de pillarle «el puntito». Incluso, raro en mí, había dejado algunos cuentos sin leer. Munro me había parecido una soberbia escritora, y sus cuentos, pequeñas joyas literarias, pero los temas me habían aburrido soberanamente. Así que pensé que si con el otro me había aburrido, un título tan insoportablemente ñoño no auguraba nada bueno. El hecho de que lo hubiera visto en la librería, junto a otros de Alice Munro, expuestos en la misma zona que los libreros dedicaban a lo que ellos debían de considerar «literatura femenina», junto a Danielle Steel, por ejemplo, y al lado de Donde el corazón te lleve, de Susanna Tamaro —un libro que en su día me pareció tedioso, y sé que esta afirmación para muchos será casi un anatema— tampoco me ayudó a elevar el espíritu. Di efusivamente las gracias, por supuesto, y como el agasajo procedía de alguien muy cercano y que vive en mi misma casa, no tuve más remedio que empezar a leerlo poco después. Para mí no hay nada más incómodo que alguien que te pregunta cada dos por tres si te ha gustado ese libro que no tienes ninguna gana de leer.

El primer cuento, «Dimensiones», me dejó un tanto intrigada. De entrada, parecía que iba a describir, como los cuentos que ya había leído en el otro libro, una realidad levemente cansina y supuestamente cotidiana. Sin embargo, el tema no era en absoluto cotidiano, aunque se narrara con la simplicidad y la llaneza de quien te cuenta una excursión al supermercado, y eso me mantuvo intrigada hasta el final, que sin ser efectista, me gustó por el enfoque y me pareció sobrio y oportuno, a pesar de lo inusual del tema y de que este se habría prestado a algo más truculento. Así que decidí darle inmediatamente una oportunidad al segundo cuento, «Ficción». Una profesora de música, en una situación familiar aparentemente normal... y otro giro hábil de la historia, que te hacía sospechar que algo ominoso flotaba en el aire.

Para cuando terminé «El filo de Wynlock», el tercer cuento, arriesgado e incluso levemente trasgresor, ya tenía claro que aquel libro no era lo que el título parecía sugerir. Detrás de aquellas personas comunes y corrientes y bajo aquella pátina de supuesta normalidad había todo un mar de fondo, sordidez, humor negro e incluso la sutil ironía de lo que llamamos «justicia poética». Pero la autora solo nos lo dejaba entrever de una forma un tanto naíf, con la misma naturalidad con la que la famosa Señorita Marple de Agatha Christie habría comentado los pormenores de un asesinato mientras tomaba su té con scones. En cuanto al mar de fondo, consistía en las múltiples lecturas que tenía cada relato, en las capas que tenías que ir quitando para darte cuenta de cuál era el verdadero objetivo de la autora, y en que tenías que prestar atención a todos los detalles, porque ninguno era gratuito. En realidad, lo que me hacía sentir aquella especie de desasosiego no era lo que Munro nos contaba; más bien, era cómo lo contaba, cómo lo dosificaba y también lo que no contaba. Me acordé de aquella famosa cita de Macbeth y tuve la sensación de que algo perverso se avecinaba...

El quinto cuento, «Radicales libres» (maravilloso título), me terminó de convencer. Me recordó, no por el estilo, sino por la atmósfera y por su pequeña dosis de humor negro, a los fabulosos Cuentos de lo inesperado de Roald Dahl (quien los haya leído, sabrá que no son precisamente cuentos para niños). El comienzo no permitía vislumbrar nada extraordinario, porque Alice Munro sabe como nadie hacerte caer en la trampa de que lo que te va a contar es algo banal, soso y hasta aburrido, aunque a esas alturas ya no me fiaba. Hice bien, porque de repente me llevó hasta una escena digna de la mejor narración de suspense, y se me aceleró el pulso. Y esa escena había aparecido de la nada, escondida en mitad de un relato sobre una señora que acaba de quedar viuda, y después de siete páginas de pormenores pequeños y cotidianos de su vida diaria, de su estado de ánimo y de su luto interior.

Al terminar de leer ese quinto cuento, ya me había quedado claro que Alice Munro (¿o tal vez su editor?) había hecho un guiño a los lectores al ponerle aquel título al libro. ¿Demasiada felicidad? No solo no era «demasiada», sino que había que hacer un enorme esfuerzo de imaginación para calificar alguna de esas situaciones de realmente felices, y si entrecerrabas los ojos, en cada uno de los relatos se atisbaba una cuota de infelicidad similar a la que, queramos o no verlo, subyace en mayor o menor medida en la vida de cualquier persona. El hilo conductor entre los distintos cuentos consistía en que cada uno contenía algún elemento fuera de lugar con respecto a la «normalidad» y que, según la ocasión, podía ser triste, retorcido, malvado, macabro, cruel, malicioso, desafortunado, sórdido... En fin, la antítesis de la felicidad misma. Además, Munro nos lo contaba con la misma naturalidad con la que un vecino nos saludaría alegremente y nos preguntaría si creemos que va a llover.

Los siguientes relatos fueron igual de buenos. En «Juego de niños», quedaba al descubierto la crueldad de la supuesta edad de la inocencia. En «Madera» encontré una joya que me recordó automáticamente a los relatos de Jack London, con toques dignos del memorable Horacio Quiroga. Una tras otra, las situaciones cotidianas se convertían sutilmente en «otra cosa». Se retrataba a personas —en su mayoría, mujeres— cuyo pasado era más complejo e interesante de lo que creíamos y cuyas acciones y decisiones no siempre cuadraban con lo que sabíamos de ellas. Elecciones que podrían parecer pequeñas (por ejemplo, tomar un tren u otro, abrir o no la puerta, ofrecer un té, dar crédito a un chismorreo, acudir a una invitación de un extraño), pero que, en un abrir y cerrar de ojos, podían cambiar una vida. O varias.

No, ninguno de los relatos resultó ser tan inofensivo como su inicio o su título indicaban, y nadie era en realidad tan simple o transparente como parecía. Ni siquiera el viaje de Sofía Kovalévskaya en «Demasiada felicidad», el cuento del que toma su título el libro, era simplemente el relato de un viaje a través de media Europa, ni ella era una simple viajera salida de la imaginación de Alice Munro.

La traducción

La exquisita, delicada y precisa traducción de Flora Casas hace que la lectura sea una verdadera delicia. Con una prosa ágil y natural, un registro en general acertado a cada ocasión y un amplio vocabulario que te hace pensar en la cantidad ingente de objetos que forman parte de nuestro día a día. Lo mejor que se puede decir de su trabajo es que incluso un traductor puede, en general, leer este libro sin sobresaltos ajenos a la narración. No es de extrañar, puesto que Flora Casas es una traductora prolífica y con amplia experiencia, que ha traducido a autores tan variopintos como el Premio Nobel V. S. Naipaul, Lois Lowry (autora de la famosa serie de libros infantiles Anastasia), Iris Murdoch, Bram Stoker, Virginia Wolf... ¡Jack London y Roald Dahl!

Moraleja

Al igual que en la vida real, en la que las apariencias engañan, conviene dejar a un lado los prejuicios y no juzgar nunca un libro por la portada o el título. Así, Demasiada Felicidad no es un libro cursi o almibarado, sino un viaje sutil, lúcido, inteligente y sosegado por algunos aspectos no demasiado felices de la naturaleza humana. Un viaje sorprendente, que nos invita a ver más allá de lo aparente y a no dar nada por sentado. Porque, como bien se dice en la última línea de «Radicales libres»: Uno nunca sabe.

Volver arriba

Compartir
Reproducción parcial o total de contenidos o ilustraciones sólo con autorización por escrito de la redacción y citando autor y fuente.