La Linterna del Traductor

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El valor de la palabra dada

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Editorial

El valor de la palabra dada

Me disponía a escribir el típico artículo editorial de transición, en el que dijera lo muy honrada que me siento al recoger el testigo de la dirección de la revista, nada menos que de manos de María Barbero, y que espero estar a la altura. Iba a aprovechar también la ocasión para dar la enhorabuena a Elena Pérez, nueva jefa de redacción y comentar los cambios que poco a poco queremos ir introduciendo. Pero no me salía nada coherente, seguramente porque eso no era de lo que realmente tenía que hablaros. Entonces, al cuarto borrador, se hizo la luz (¡menos mal!).

En nuestras profesiones, y más en el caso de los autónomos, todavía la palabra dada tiene un peso específico en las relaciones con los clientes, en ambos sentidos de la transacción. No es mi intención fomentar esas prácticas, pero ¿quién no tiene al menos un cliente al que no le exige un pedido cada vez que traduce/interpreta/revisa para él? ¿Quien no ha permitido alguna vez que el pedido —cuando existe— llegue con el trabajo ya en marcha o después de haberlo realizado? Como en otras profesiones, en la nuestra sigue siendo relativamente normal el arreglo extracontractual, en el que el encargo se ofrece y se acepta de mutuo acuerdo, a menudo de palabra, mediante una simple conversación telefónica o a través de un lacónico mensaje («¿Me puedes hacer esto? ¿Para cuándo podrías tenerlo?», seguido de un «OK, adelante»). Últimamente, ¡incluso por WhatsApp! Tenemos que reconocer que, muchas veces, la urgencia del momento («lo necesito para mañana a primera hora») no da para demasiadas formalidades. Por supuesto, en un mundo ideal, los clientes acudirían a nosotros con un pedido numerado y firmado cada vez que nos encargaran el más mínimo servicio, y nosotros responderíamos con una aceptación por escrito de ese pedido, como aconsejan las buenas prácticas comerciales. Y, añado, todo el mundo respetaría los plazos de entrega y los vencimientos del pago, aunque no hubiera documentación que los avalara. Pero ese es otro tema.

A pesar de mi pequeña digresión, no es mi intención hablar ahora de la conveniencia de exigir un pedido (que sí, que es conveniente), sino resaltar que, a pesar de esa tendencia a ser un tanto laxos a la hora de exigir formalidades documentales, las cosas suelen salir sorprendentemente bien en un alto porcentaje de los casos. Al menos, esa es mi experiencia, tras veinticinco años de profesión. Tal vez por ese motivo muchos tendemos a dar por supuesto que el de enfrente va a ser «formal» y va a cumplir sus compromisos, aunque estos solo sean verbales y aunque no entren dentro de lo que estrictamente puede considerarse una relación laboral o comercial. Aunque, por supuesto, gente informal hay en todas partes, y los batacazos simplemente «ocurren».

Esta publicación funciona única y exclusivamente por la buena voluntad que ponemos todos los que participamos en ella, desde los autores hasta la dirección, y por el valor de nuestra palabra dada al equipo. Nadie persigue a los autores con el látigo para que publiquen; todo lo más, a veces hay que darles un «toque» para recordarles la fecha de entrega, ya que suelen ser colegas igual de ocupados que nosotros. No hay compensaciones económicas por cumplir nuestra labor, pero si no la cumpliéramos, tampoco habría sanciones económicas, y posiblemente ni siquiera trascendiera más allá de las paredes virtuales de nuestra virtual redacción. Tampoco existe un contrato que nos ate y nos obligue a seguir al pie del cañón, a respetar las fechas de las diferentes fases y a no dejar tirado al equipo en mitad de una edición. En resumen, no hay nada, aparte del amor propio, que nos impida mandarlo de repente todo a la mierda (pardon my French) cuando nos frustramos porque las cosas se ponen difíciles (y creedme: a veces se nos ponen bastante difíciles). Sin embargo, aquí estamos un número más, porque hemos dado nuestra palabra al resto del equipo y porque sabemos que, si cualquiera de nosotros tirase la toalla, los demás tendrían que trabajar el doble o que, en el peor de los casos, el número no saldría. Y eso no nos lo podemos permitir, porque hemos asumido un compromiso con Asetrad, sus socios y, en general, todos los lectores que nos siguen dando un voto de confianza, un número tras otro.

Solo sabiendo eso se puede llegar a entender la gran satisfacción que supone para nuestro equipo haber conseguido editar un número más.

Gracias a todos por esa confianza de la que somos depositarios.

Un cordial saludo,

Isabel Hoyos Seijo
Directora

Isabel HoyosIsabel Hoyos es traductora autónoma desde 1990. Traduce del inglés al español temas médicos, científicos y técnicos. Socia número 66 de Asetrad, prácticamente desde los inicios de la asociación. Fue jefa de redacción de La Linterna del Traductor desde febrero del 2010 a diciembre del 2014, fecha en la que asumió la dirección de la revista. Voraz lectora, también le gusta dibujar mandalas, tocar la guitarra y cocinar, pero La Linterna ocupa últimamente buena parte de su tiempo libre.

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