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Interpretación: Experiencias que marcan

La ardua tarea del comunicador

Paco Lema
Paco Lema es licenciado en Filología Inglesa por la Univer­si­dad de Santiago de Compostela, diplomado en Lenguas Moder­nas Europeas por la Universidad de Hull en el Reino Unido y máster en Traducción e Inter­pre­ta­ción por la Universidad de Mánchester, en el Reino Unido. Tras haber trabajado como tra­duc­tor e intér­prete durante varios años, en plantilla y como autó­nomo, hoy en día se centra en la interpretación de forma autónoma. Disfruta mucho trabajando en varios temas: médico, técnico, jurídico, etc. Se especializa en el ámbito económico y financiero.

Mi trabajo como intérprete me lleva a eventos y situaciones en las que nunca creí que iba a estar, en todo tipo de temas y contextos: desde congresos médicos a negociaciones políticas, pasando por cursos de formación, reuniones de empresas más o menos conocidas, etcétera.

Y me considero afortunado al poder trabajar como intérprete porque siempre me pongo a prueba y aprendo algo nuevo, ya sea en una reunión sobre defensa o en un simposio sobre literatura afgana.

Sin embargo, el trabajo que más me impactó no fue para ninguna persona conocida ni tuvo trascendencia mediática. Aunque me tocó tan hondo que nunca lo olvidaré.

Tras terminar mi máster me quedé unos años trabajando en Inglaterra. Estaba empezando y en aquella época trabajaba para varias agencias y hacía todo tipo de trabajos: juicios, servicios sociales, congresos, etc. En una ocasión me llamaron para interpretar en una cita médica concertada en un hospital. Se habían olvidado de avisar al intérprete y cuando la paciente llegó a su cita vio que no podía comunicarse con el médico sin intérprete. Por lo tanto, me pidieron que fuese lo antes posible. Cuando llegué allí me presenté al médico y a la paciente. Ella no puso muy buena cara y me dijo que había especificado que quería que la intérprete fuese mujer. Llamé a la agencia para explicarle lo ocurrido y me dijeron que podían enviarle a una intérprete mujer otro día, pero que desafortunadamente ese día ya era demasiado tarde. Le comenté a la paciente lo que ocurría y que tenía dos opciones: concertar una nueva cita médica con una intérprete mujer para otro día o quedarse conmigo, que ya estaba allí. Además le aseguré que, si optaba por que me quedase, me mantendría neutro e imparcial y que estaba acostumbrado a tratar ese tipo de temas, tanto para clientes hombres como mujeres. Tras unos momentos de duda, la paciente decidió que me quedase.

A continuación le contó al médico su historia, una historia que siempre recordaré. Hacía poco que había llegado a Inglaterra como refugiada política junto a sus tres hijos y dos sobrinos. En su país había una guerra, de esas que tampoco trascienden a los medios, responsable de haberla torturado a ella y de matar a toda su familia excepto a sus tres hijos y a dos de los hijos de su hermana. Estaba en un país cuyo idioma desconocía y con un clima extraño, pero en el que esperaba vivir en paz. Sin embargo, su lucha estaba asegurada.

El médico traía los resultados de unos análisis que confirmaban que padecía una grave enfermedad que probablemente había contraído cuando fue torturada. No iba a ser un camino fácil, pero había esperanza.

Durante la cita no hubo exploración física, ya que se había realizado en una visita anterior. Pero la paciente vivió momentos de tristeza y tensión, sobre todo cuando el médico tuvo que pedirle detalles cuyo recuerdo era doloroso.

Para mí se trataba de algo nuevo: ¿cómo gestionar una situación en la que eres el comunicador de noticias nefastas y cuyo receptor está destrozado? Recordé lo que me habían enseñado en el máster e intenté tener mucho tacto y mantener una actitud profesional y neutra, pero reconozco que fue difícil. Aunque con una película conmovedora puedo llorar fácilmente, en este caso me contuve e, imitando al médico, luché para reprimir mis sentimientos y que no interfiriesen en la delicada situación. Me concentré en mantenerme imparcial y reproducir el mensaje del médico y de la paciente lo más fielmente posible.

Fue una cita larga, cargada de información y emociones. La paciente escuchó atentamente las explicaciones del médico a través de mi boca y fue calmándose poco a poco.

Finalmente abandonó la cita con sus recetas en la mano tras agradecernos a ambos nuestro trabajo. No he vuelto a saber de ella. Estaba muy agradecida, pero creo que tanto el médico como yo estábamos igual de agradecidos de poder ayudar.

Siempre me había gustado la interpretación, pero ese día tuve claro que era mi vocación. Me sentía bien ayudando a que dos personas pudiesen comunicarse.

Y actualmente, más que intérprete, me veo como comunicador, como facilitador de la comunicación entre las personas. En otras ocasiones, los beneficiarios de mis servicios son más numerosos. Pero en el fondo la labor es la misma y siempre me llena de la misma forma.

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