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Panorama: El dedo en el ojo

¿Y quién soy yo para decidir quién puede y quién no?

En nuestro mundo compuesto de infinitos mundillos (el de la traducción, el de la interpretación, el de la corrección, etc.) sacamos muy a menudo a colación el tema del intrusismo, aquella amenaza aparentemente constante que parece que padecemos los que estamos «dentro del mundillo», por parte de los de «fuera».

El intruso es para los de «dentro» de nuestro mundillo casi como alguien que se mete en tu casa sin llamar a la puerta. Como un ladrón que entra cuando duermes y te la juega delante de tus propias narices.

Eso de por sí presupone un sentido de la propiedad profundamente arraigado en los que estamos «dentro»: este mundillo es mío y que no se le ocurra a nadie entrar sin mi permiso.

Pero ¿por qué nos sentimos tan amenazados? ¿Por qué nos da tanto miedo la entrada de «otros» en nuestro universo? ¿Por qué al recién llegado se le mira siempre (bueno, no siempre, pero muy a menudo) con cara de pocos amigos y con miradas altivas?

Supongo que por una simple cuestión de supervivencia, en la mayoría de los casos: mors tua, vita mea.

Sin embargo, en otros casos, se considera intruso no a alguien que venga de fuera, sino a alguien que de repente se cuela en nuestro mundo, sin saber exactamente «de qué va la cosa».

Esto se da sin duda tanto en traducción como en interpretación, pero tal vez los intérpretes seamos aún más recelosos a la hora de hacerles un hueco a los nuevos, a los que nunca antes hemos visto, por miedo precisamente a que, por así decirlo, se nos meta cualquiera en la cabina. El porqué, francamente, no lo sé, pero siempre he tenido la sensación de que el gremio de los intérpretes es bastante más cerrado y menos integrador que el de los traductores. Tal vez se deba a la exposición a la que estamos sometidos, por encontrarnos a menudo en la misma sala que nuestros oyentes, o al lado mismo del orador, delante de micrófonos y cámaras. Esta exposición hace que nos sintamos amenazados de manera mucho más personal y directa ante la posibilidad de un trabajo mal hecho y, por tanto, ante las posibles críticas de quienes nos escuchan y nos pueden relacionar con un intérprete poco profesional o directamente con un mal intérprete.

En todo caso, creo que a veces somos demasiado herméticos y les hacemos la vida prácticamente imposible a personas perfectamente capacitadas para desempeñar nuestro trabajo.

Sin embargo, también creo que en parte este instinto conservador es, como cualquier instinto, profundamente natural e incluso positivo, por así decirlo, para la «conservación de la especie».

¿Qué intérprete no se ha encontrado en la situación de tener que compartir una jornada de trabajo con alguien que había llegado a este sector de pura casualidad? ¿Quién no ha tenido que aguantar ocho horas de simultánea prácticamente a solas porque el compañero de cabina no tenía ni idea de dónde se estaba metiendo? ¿Qué intérprete no ha tenido que salvarle la cara al compañero novato (novato y desconocedor por completo de las reglas del juego), con tal de mantener la calidad de un trabajo supuestamente de equipo?

Los que llevamos unos cuantos años en esta profesión (y yo no soy ni mucho menos de las más veteranas) sabemos lo complicado que puede llegar a ser un congreso, de cualquier índole, cuando el compañero de cabina no da pie con bola y te mira con cara de pez fuera del agua, pidiéndote a gritos, aunque sea solo con los ojos, que lo ayudes a salir del lío en el que se ha metido. O la vergüenza y frustración que provoca ver a los congresistas quitarse los cascos, llamar desesperados a los técnicos de sonido, a ver si les arreglan «el traductor», o, lo que es peor, darse la vuelta hacia la cabina y mirar con cara de pocos amigos a aquellos intérpretes que no están haciendo su trabajo y no les ayudan a entender lo que pasa.

Porque de eso se trata. Nuestra profesión no es más que eso: facilitar la comunicación entre personas que no se entienden.

Easier said than done, que dirían los anglófonos.

Pues eso, es fácil decirlo, pero hacerlo no lo es tanto.

Hace falta concentración, preparación, técnica, conocimientos lingüísticos, conocimientos técnicos, horas de vuelo (sí, porque la experiencia ayuda, vaya que si ayuda); en fin, hay que ser intérpretes, no basta con querer serlo.

Así que, cuando alguien me hace comentarios del tipo «qué interesante tu trabajo, me encantaría probar» o «a mi hija se le dan bien los idiomas, igual podrías darle alguna clase para que aprenda», cómo decirlo, me enciendo. Tal cual. Y me enciendo de la misma manera cuando alguien hace un cursillo de veinte horas de interpretación y al salir ya se considera un intérprete profesional.

Y no me enfado porque no quiero que estas personas se conviertan en mis rivales. No me enfado por miedo a que me quiten el trabajo. No me enfado por miedo a que entren en mi preciado mundillo.

Me enfado porque sé lo mucho que me costó a mí conseguir sacar treinta minutos de interpretación decente cuando aún estaba estudiando en la universidad. Porque recuerdo las horas y horas pasadas en la facultad, practicando con mis compañeros. Los meses transcurridos en el extranjero, estudiando idiomas, mientras mis amigos se iban de vacaciones a la playa. Las horas pasadas escuchando a mis profesores en sus trabajos, y más tarde a los compañeros más veteranos, de los que casi siempre se aprende más que de cualquier libro. Me enfado porque recuerdo todas y cada una de mis meteduras de pata, consciente de que por lo menos de ellas aprendí algo, a pesar del mal trago y de la vergüenza sufrida por cometer semejantes fallos.

Y me enfado porque considero que la profesión de intérprete no se puede improvisar. Porque creo que la nuestra es una profesión seria, en la que la calidad tiene que ser siempre excelente, en la que la diferencia entre un sí y un no, unas Malvinas o unas Falklands, una pregunta y una afirmación pueden, en un momento dado, hacer fracasar una negociación, interrumpir un encuentro cordial o impedir la comprensión entre personas de todo tipo, desde científicos hasta políticos, pasando por gente de a pie, jueces y letrados, personalidades de la farándula o inmigrantes indocumentados.

Sin nuestra seriedad, nuestra preparación, nuestra profesionalidad, nuestras habilidades innatas y aprendidas, sin una buena calidad, nuestro trabajo puede resultar del todo inútil, cuando no perjudicial. Y los que amamos esta profesión anteponemos el éxito de nuestro trabajo a cualquier forma de «falso compañerismo» o «inclusión gratuita».

Intruso no es el que se mete en este mundo porque le fascina y tiene la voluntad de trabajar duro para convertirse en un buen profesional.

IntérpretesIntruso es el que se mete y realiza un trabajo mediocre (cuando no lamentable), el que no ayuda al compañero de cabina, porque ni se plantea que el trabajo de cabina sea un trabajo de equipo, el que se permite participar en la conversación de sus clientes, añadiendo sus ideas y olvidándose de la transparencia del intérprete. Intruso es el que pasa por alto la confidencialidad. Intruso es el que no sabe estar en un encuentro entre autoridades. Intruso es el que pretende cobrar una miseria, por un trabajo mal hecho que no hace más que desprestigiar el trabajo de todo un gremio, de todo un mundillo hecho de profesionales serios y preparados que saben ofrecer un servicio de calidad.

¿Quién soy yo para decidir quién puede o no puede entrar en este mundillo?

Desde luego no soy nadie, pero tal vez quienes quieran lanzarse a la piscina deban plantearse algunas preguntas, entre ellas:

  • ¿Tengo los conocimientos lingüísticos suficientes para facilitar la comunicación entre personas que no se comprendan entre sí?
  • ¿Conozco la técnica que se me requiere para el trabajo, ya sea simultánea o consecutiva?
  • ¿Estoy dispuesto a pasar horas antes de una jornada de trabajo preparando la terminología y el tema del congreso/encuentro?
  • ¿Tengo la capacidad para trabajar en equipo y compartir mis conocimientos con el compañero de cabina?
  • ¿Tengo experiencia? Y, si no la tengo, ¿tengo la humildad suficiente como para dejarme guiar por profesionales más veteranos y aprender de su trabajo?

Cada persona se conoce a sí misma y cada persona sabe dónde están sus propios límites. Desde luego nuestro mundillo no está cerrado a nadie: cualquier persona capaz y con ganas puede hacerse un hueco en nuestro mercado. Lo único que pedimos los que ya estamos en él es que entren intentando proporcionar siempre la máxima calidad y la máxima profesionalidad.

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