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Vena literaria

A ver salir el sol

Autor
Monse («sin t») Beltrán es traductora y revisora desde hace más de media vida. Viajera con un pie en España y otro saltando de aquí para allá. Aficionada a la fotografía y a los relatos cortos.

—Venga, levántate, que se hace tarde.

—Hmmmmm —¿por qué la despertaba tan temprano? Si cuando abrió el ojillo vio que había muy poca luz todavía. ¡Qué sueño!

Entonces se fue acordando. La noche de antes le había dicho: «Papá, mañana me despiertas para ver salir el sol, ¿vale?». Pero ahora tenía mucho sueño…

Sacó el piececito de la sábana. Brrr, qué frío. ¿Cómo podía hacer tanto frío por la mañana, con el calor que hacía anoche? Antes de dormirse había tenido que encaramarse al alféizar de la ventana (usando los cajones de la mesita de noche como escalera, claro) y se había tumbado ahí, en las baldosas frescas para ver las estrellas. También miraba el suelo, buscando luciérnagas, pero hacía mucho que no veía ninguna. Se acordaba de una vez, hace muuucho tiempo (¿el verano anterior, cuando era chica?), que Papá la llevaba de la mano alrededor de la casa y en la parte de atrás, que estaba oscuro, veían las lucecitas que parecían colillas de cigarrillos. Sí, hacía mucho que no veía ninguna.

—Vamos, ¿todavía estás acostada? ¡Que no llegamos!

¡Qué pereza! Pero ya estaba despierta. Saltó de la cama. ¡Qué frío estaba el suelo! ¿Dónde estarán las chanclas? Tengo que tener cuidado de no despertar a mi hermana, que no le gusta despertarse tan temprano. No entiendo por qué no le gusta ver salir el sol, con lo bonito que es. A lo mejor es que cuando eres mayor ya deja de gustarte.

Salió corriendo del cuarto, descalza, desliándose el camisón de florecitas que le había hecho Mamá (siempre se despertaba con el camisón hecho un gurruño alrededor de la cintura) y se encontró a Papá.

—Pero ¿dónde vas descalza? Anda, búscate una rebeca, que hace fresco.

Volvió a entrar en el cuarto. No se dio cuenta y le pegó un golpe a la cama. Su hermana soltó un gruñido de queja y se dio media vuelta en la cama. Dormía sin almohada. Yo no podría. Qué incómodo dormir sin almohada. Pero no se despertó del todo. Menos mal.

Ya tenía la rebeca. También se la había hecho Mamá y la lana le picaba un poco, pero bueno. Volvió a salir del cuarto y bajó las escaleras. ¡Ah! Ahí están las chanclas, al lado de la puerta. ¿Quién las habrá dejado ahí?

Papá ya iba subiendo la cuesta del pino, así que echó a correr para pillarlo. ¡Qué grande es Papá y qué mano más fuerte tiene! Tenía que andar deprisa para no quedarse atrás, aunque por el caminillo iba detrás de él porque las jaras le arañaban la cara y no quería que se le pegara ninguna hoja de esas pegajosas en la rebeca. Además, estaban mojadas. El rocío de la mañana, como dice Mamá.

Enseguida llegaron arriba, al merendero, con sus bancos de granito en círculo alrededor de la roca redonda que hacía de mesa. Era muy curiosa, porque tenía un canalillo alrededor que siempre se llenaba de pinocha. Y, con suerte, encontraba piñones también ahí.

Papá la alzó y la puso de pie en el banco que había más cerca del pino grande. Allí, al fondo, entre el pino y el depósito, ya se veía el cielo cambiando de color.

—El sol va a salir dentro de dos minutos —qué bonito. Cuánto sabe Papá—. Mira, el cielo se pone de los colores del arco iris. ¿Te sabes los colores del arco iris?

—Sí. Rojo, anaranjado, amarillo,verdeazulañilyvioletaaaa. ¿Qué color es el añil? ¡qué nombre tan raro!

—Pues míralo, ¿lo ves? Entre el azul y el violeta.

—¡Ah! Es como un azul oscuro… ¡Mira! ¡Parece una boina naranja!

—Sí, ya está saliendo, ¿ves cómo sube? Ahora es un semicírculo.

—¡Qué bonito, Papá!… Tengo frío.

Papá se puso detrás de ella y le rodeó el cuerpecito con los brazos. Así está mejor, más calentito.

—Ya brilla mucho. No lo puedo mirar.

—Ea, pues vámonos para casa.

La cogió en brazos y bajaron la cuesta.

—Venga, métete en la cama otra vez.

Hmmmm. ¡Qué bien! Qué bonito ha sido. Y ahora puedo dormir otro rato…

 

A la memoria de mi padre
Nueva York, 19 de octubre de 2006.

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