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¿Los intérpretes ofrecemos servicios sexuales?

Virginia Cabañas
Virginia Cabañas Carrero es traductora e intérprete de conferencias desde 2000. Es licenciada en Traducción e Interpretación por el centro universitario Cluny ISEIT donde asimismo cursó el I Máster en Interpretación de Conferencias. Ha sido docente de interpretación consecutiva, simultánea, enlace y chuchotage en distintas universidades y cursos. Es miembro de Asetrad y trabaja con inglés, francés y español, aunque el italiano está cada vez más presente en su vida. Es capaz de compaginar su trabajo de madre con los viajes profesionales, traducciones e  interpretaciones.

A veces las rabietas sirven para poco, o para mucho, según se mire, y según el fin que queramos conseguir. Por eso, quiero usar mi derecho a la rabieta y a la pataleta, así como esta columna, para declarar y afirmar públicamente que en los servicios de interpretación profesionales NO se incluyen los servicios sexuales.

Quizás algunos piensen que esto que acabo de decir es una perogrullada. Incluso alguno pueda pensar que estamos en el siglo xxi y que eso de mezclar churras con merinas no pasa. Otros pensarán que quién ha dicho que un intérprete tenga que acostarse con un cliente.

Sea como fuere, lo cierto es que sí que sucede. Sí que hay mucha gente que confunde términos. Sí que hay agencias que ofrecen un 2 por 1. Sí sigue pasando hoy en día. Sí escuchamos comentarios machistas. Sí vivimos situaciones desagradables. Sí y sí.

Todo este revuelo personal viene tras la lectura de un anuncio donde se solicitaban intérpretes de acompañamiento. Hasta ahí, todo entraría dentro de lo normal. Una empresa que necesita un servicio de un profesional. El «problema» es que no solo se pedía un intérprete de acompañamiento, sino que además se decía que «podía incluir servicios sexuales de manera voluntaria». Reconozco que mi primer instinto fue asesino, de frustración, de incredulidad. «¿Pero qué se han creído? ¿Me he equivocado y me he pasado a los anuncios de contactos?», pensé.

Cierto es que las dos profesiones más antiguas del mundo son la de hetaira y la de intérprete. Y, hasta que no estaba escribiendo este artículo, no había sido consciente de la posible vinculación entre las dos. ¿Quizás La Malinche fuera la primera intérprete a la que le obligaron a dar servicios sexuales? ¿Fue la primera de nuestras vengadoras provocando una guerra y ayudando al enemigo por haber sido regalada como si de un objeto se tratara? ¿Por qué la profesión de intérprete, sobre todo de acompañamiento, inspira ese plus?

¿Quizás por tratarse de dos profesiones antiguas se han creado vínculos entre ellas? Es decir, que un intérprete puede prestar servicios sexuales sin que a nadie se le arquee una ceja. O que el cliente en cuestión piense que su acompañante lingüístico está muy bueno/a y que por qué no pasar una noche de lujuria entre reunión y reunión.

Y que conste que yo no critico que nadie se acueste con quien le venga en gana, sino que se relacione una cosa con otra. ¿Y por qué esta profesión y no otra? ¿A alguien se le ocurre mirar morbosamente a la asesora fiscal que está preparando la declaración del IVA? ¿Alguien haría alguna propuesta deshonesta a un catedrático de derecho constitucional que imparte una lección magistral? ¿Un hombre le daría la llave de su habitación a la conductora del autobús?

Para gustos, colores, claro está, pero a lo que me refiero es a que algunas profesiones llevan asociados servicios sexuales implícitos. Y la interpretación de acompañamiento es una de ellas. No logro entender muy bien por qué. Y ya no sé si se trata de una cuestión de machismo, sexismo, discriminación o paternalismo.

Pongamos algunos ejemplos:

Martes 15 de abril de 2011. 22 horas. Vestíbulo de un hotel. La intérprete se despide del cliente hasta el día siguiente. El cliente le dice el número de su habitación y le pone la llave en la mano. La intérprete lo mira atónita, no sabe qué decir, no sabe cómo reaccionar. La intérprete declina la invitación elegantemente y sube en el ascensor pensando en cómo se comportará al día siguiente cuando lo vea de nuevo.

Jueves 20 de enero de 2012. 20 horas. La intérprete sube en el ascensor de su hotel con el cliente y este se abalanza sobre ella para besarla. Le pide que se vaya con él a la habitación. La intérprete lo empuja hacia afuera cuando la puerta se abre. Sube sola en el ascensor hasta su habitación. No sabe cómo actuará a la mañana siguiente cuando lo vea.

Lunes 30 de octubre de 2014. La intérprete acude al cliente para comentar que tiene un problema de voz y que la van a sustituir. El cliente le dice que no se preocupe, que es muy guapa y que no pasa nada.

Quizá sean ejemplos tontos, o no tanto, de distintas situaciones reales vividas por compañeros y por la que escribe este artículo.

A mí no me vale un «total, no ha pasado nada. Solo quería flirtear. Has dicho que no y ya está». No me vale un «no merece la pena que pienses en ello. A otra cosa, mariposa». No me vale un «no pierdas el tiempo con eso, dediquemos nuestro tiempo a otra cosa más importante». Y no me vale un «venga, si no puedes hacer nada, olvídate de ello».

Y es que para mí sí es importante. Sí que se puede hacer algo. O por lo menos intentarlo. ¿No debemos protestar por las cosas que nos parecen injustas? ¿No debemos luchar por aquellas cosas que nos parecen discriminatorias, independientemente de lo que se discrimine? ¿No debemos tratar de construir entre todos un mundo mejor e igualitario? Quizás soy inocente, ingenua e incluso utópica. Quizás construyo castillos en el aire. Pero no puedo quedarme impasible ante acciones que no me parecen correctas.

Cuando me pasó personalmente, cuando me invitaron a subir a la habitación, hacía relativamente poco tiempo que estaba trabajando de intérprete. No supe reaccionar. Ahora seguramente no actuaría así. No me callaría. Quizás eso marcó un antes y un después en mi comportamiento con los clientes: mayor distancia, evito dar besos a hombres y a mujeres, no hago concesiones, no permito que solo se vea de mí que soy mujer, o por lo menos lo intento. Desde ese momento intento no quedarme a solas con un cliente fuera de horarios de trabajo. Y cuando veo un anuncio donde se ofrecen servicios de interpretación de acompañamiento y se incluyen los posibles servicios sexuales, sí que protesto, me indigno y reacciono. Escribo a la empresa en cuestión. O llamo. O actúo según me dicta mi conciencia. Porque para eso siempre tengo tiempo.

No podemos permitir que se relacionen las dos cosas. No entiendo muy bien por qué habría que permitirlo. Ni ser pasivos ante ello. No me gustan esas actitudes, ni en este ámbito ni en ningún otro.

Desgraciadamente, no se trata de hechos aislados. Se trata de una realidad que muchos intérpretes, en su mayoría mujeres, hemos vivido en nuestras propias carnes. ¿Machismo? ¿Sexismo? ¿Flirteo? ¿Ligoteo? Se llame como se llame resulta inaceptable.

Pensemos en esa misma situación pero con otra profesión. Martes 15 de abril de 2011. 22 horas. Vestíbulo de un hotel. La arquitecta y su cliente han estado trabajando todo el día en un proyecto de decoración de unas oficinas. La arquitecta se despide de su cliente. El cliente le da las buenas noches. FIN.

Y un último comentario antes de terminar: los hombres también sufren este tipo de acoso sexual. A ellos también los invitan a subir a las habitaciones de un hotel. Ellos también padecen las consecuencias de rechazar a su clienta. Ellos también deben enfrentarse al «rato» o al «día de después».

Luchemos todos juntos por un mundo menos sexista.

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