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La noche del traductor

Relato ganador del I Concurso Literario de Asetrad «Leyendas y tradiciones locales», Córdoba 2016.

Cruz Losada
Después de algunas incursiones en otras selvas profesionales (museos, investigación etnográfica, periodismo y algún otro frondoso bosque), y tras realizar algunas escaramuzas en sus orillas, en 1995 Cruz Losada se adentró finalmente en la gran selva de la traducción en donde continúa soportando incomodidades, sorteando peligros y descubriendo maravillas. Acostumbrada al estilo selvático tradicional ha desarrollado sus habilidades en varios campos: en la actualidad sus tareas se concentran en la traducción de software y otro material de gestión empresarial y de documentos de imagen corporativa, la localización y la traducción de material de marketing. Lee todo lo que puede, cocina lo que se le ocurre y tiene una enfermiza obsesión por las gárgolas, los monstruos y la producción de calamitosas cosechas veraniegas de tomates. Sueña con encontrar tiempo para escribir.

La historia que os voy a contar es el relato de lo que me sucedió una noche durante el mes más desesperanzado y ruin del año en Galicia.

Era una noche fría y cristalina y me había ido a trabajar a la cocina, el lugar más caliente de la casa. Estaba traduciendo las exquisiteces, lujos y mimos que esperaban a los clientes de los establecimientos de una página web de hoteles de lujo; el texto era cutre y repetitivo, y entonaba el mismo mantra con diferentes variaciones (goce, disfrute, exclusivo, selecto) pero las imágenes de la página daban pie a soñar y volar a otros lugares más exóticos o cosmopolitas que mi aldea.

Sobre las dos de la madrugada, cuando mi mente se encontraba recostada entre las líneas de la pantalla del ordenador y el espectacular lecho de caoba de un hotel en South Kensington vestido con sábanas de algodón de Frette, llamaron a la puerta. En circunstancias normales me habría aterrorizado; sin embargo, algo me llevó a levantarme y abrir sin pensarlo dos veces. Ante mí encontré a un hombre no demasiado alto con una llamativa mata de pelo negro y ojos verdes como manzanas sin madurar, era de una palidez tan intensa que su piel parecía fosforescente.

—Buenas noches, soy Antón de Cereixido, venía buscando un traductor.

A pesar de la anormal normalidad con la que había abierto la puerta de mi casa en mitad de la noche, de pronto me encontré en un estado de contemplación alucinada, consciente de ser testigo y parte de algún tipo de realidad fantástica, y no fui capaz de contestar.

—Verá, necesito sus servicios profesionales para entender a una señora o señorita que parece encontrarse en apuros y habla una lengua que no entiendo.

—Lo que usted necesita entonces es un intérprete —contesté, e instantáneamente me di cuenta de lo absurdo de mi precisión interprofesional y de la situación en general. También en ese momento me percaté de que el visitante nocturno no estaba solo y de que, medio escondidos detrás de la higuera, había unos individuos demacrados, todos ellos vestidos con una especie de chándal raído de algodón negro.

Suspendida en aquel estado de mágico asombro, acompañé a Antón y su hueste por el camino sombrío y serpenteante que baja hasta la hondonada del bosque que hay enfrente de mi casa.

En un viejo sofá abandonado junto a un gran castaño estaba sentada una mujer menuda y pálida envuelta en una túnica rojiza; sobre el regazo tenía enlazadas las manos flacas y largas, y enmarcada por la enmarañada melena, como anidada en ella, se distinguía su cara tan blanca que parecía iluminada por una luz cenital imposible, pues era una noche sin luna.

Is as Éirinn mé —dijo con una voz melodiosa pero grave, casi masculina. Reconocí inmediatamente el idioma que me había acostumbrado a escuchar de forma regular, aunque intermitente, durante tantos años, pero que nunca logré aprender.

Do you speak English?

Al oír mis palabras, sus enormes ojos sin fondo se iluminaron y volvió a hablar:

I am of Ireland, I am a banshee from the Holy Land of Ireland.

—¿La entiende usted? —preguntó expectante Antón.

—¿Quiere decir si le entiendo?

—A ella.

—Sí, entiendo lo que dice… ella.

Antón de Cereixido me miraba con una mezcla de perplejidad, alivio y ansiedad. Pensé que sería ridículo y pedante por mi parte empezar a hablar de complementos directos e indirectos con un alma en pena, un espíritu que además parecía particularmente desasosegado, así que continué conversando con la banshee.

Me contó la historia de cómo había llegado hasta allí: habiendo ido a anunciar la futura muerte de un marinero a un puerto de la costa irlandesa, cayó en la bodega del barco, en donde permaneció aturdida y asustada al ver que, por razón de las raras influencias que sobre la magia tiene el mar (pues es lugar donde otras fuerzas reinan), sus poderes feéricos no surtían efecto. Cuando finalmente pudo salir, se dio cuenta de que había llegado a otras orillas que no eran irlandesas. Desorientada y sin entender los idiomas que hablaban los mortales de aquellas tierras, vagó por bosques, caminos y aldeas hasta llegar a este lugar en donde triste y desesperanzada llevaba varias noches encontrándose con Antón y sus compañeros. Su único anhelo era volver a la isla con la que estaba tan profundamente ligada.

Una vez transmitida la historia que la banshee me había relatado y tras un corto intercambio de pareceres entre las dos criaturas sobre su común interés profesional —el anuncio de la muerte— en los ojos de Antón de Cereixido, que hasta ahora habían estado animados y verdeando de forma intensa, apareció una cierta sombra de tristeza y pesadumbre.

—Hay una forma de volver rápidamente a Irlanda. Dígaselo, por favor.

El alma de los grandes ojos verdes contó que «O Buraco da Moura», una galería con un manantial que había cerca de allí, era una de las entradas a un sistema de pasajes que unían entre sí lugares mágicos a lo largo de la costa del Atlántico y, añadió entornando los ojos, «se dice que incluso con otros lugares mucho más remotísimos del planeta».

A la entrada de la mina de agua, los dos espíritus se quedaron frente a frente, cada uno de ellos mirando a los ojos profundos y espectrales del otro, ambos susurrando palabras en las lenguas antiguas de sus gentes. Los demás componentes de la Compaña miraban la escena presos de un embeleso macilento; junto a ellos, yo escuchaba aquella especie de conjuros de una belleza luminosa y eterna; la danza de palabras que intercambiaban aquellos fantasmas era pura y feliz armonía, hasta el punto de que mi instinto profesional de intentar comprender lo que allí se decía se desvaneció.

La luz de la mañana disolvió poco a poco la magia de aquella noche que había traído hasta mi puerta al «cliente» más interesante que he tenido nunca. Aun así no estoy segura de que quiera conservarlo en mi cartera.

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