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¿Nostalgia de la traducción?

La autora de este artículo le ha dedicado gran parte de su vida a la traducción. Pertenece a la generación que traducía con máquina de escribir y se documentaba en bibliotecas. Tras muchos años traduciendo y dirigiendo varias empresas de traducción, hace tres años decidió que era hora de jubilarse y cambió la frenética Barcelona por un rincón verde de la isla de La Gomera.

Isabel Sancho
En casa de Isabel Sancho (Barcelona, 1957) todavía se recuerda que a los nueve años se puso a traducir el libro Moudaïna, ou deux enfants au coeur de l’Afrique porque la niña decía que esos negritos podían decir lo mismo en español. En 1979 tuvo la oportunidad de traducir, a mano y en la biblioteca, Jean le Bleu. Fue una experiencia tan emocionante que decidió hacerlo su profesión. Poco después se matriculó en la EUTI de la UAB mientras seguía traduciendo libros. En 1985 fundó su primera empresa de traducción (Link) con dos socias. En 1990 se asoció con otro traductor para crear Eurolink Traductors, que seguiría dirigiendo sola a partir de 2005. En 2013 transfirió el negocio y se mudó a La Gomera. Desde entonces, cuando no está en la huerta, ejerce de traductora. Actualmente está ilusionada con un proyecto para enseñar la profesión a niñas en Sierra Leona.

Cuando me propusieron escribir un artículo sobre la traducción desde la distancia pensé en la nostalgia de la traducción, en la añoranza que a veces siento de cuando practicaba asiduamente ese ejercicio mental tan enriquecedor, tan placentero y euforizante. Pensé en la emoción que siento, ahora, en mi retiro, cuando, por gusto, me pongo a hacer una traducción. Sin prisas, sin mil cosas más que atender. Con ganas de ponerle el alma, con la tranquilidad de ir a hacer algo bien, anticipando la gratificación. El original en una pantalla, en la otra, el Word al 200 %. Entre las dos, las nubes sobre el valle. Ajusto la silla, estiro la espalda, me remango y allá voy… Y, por la ventana, el cielo va cambiando de color. Pensé en explicar el goce de ese flujo profundo en que transcurren las horas cuando estoy enfrascada en una traducción.

Pero otro de los lujos que me puedo permitir en el retiro es seguir mis humores. Y ahora estoy de humor cínico. Y perezosa. La pereza es otro de los lujos de la jubilación. Tantos años sin podérmela permitir que, ahora, cuando algo me da pereza, me regodeo.

Me da pereza remover mis recuerdos y mis archivos. Después de casi tres años fuera del mundo de la traducción, no me acuerdo nunca de nada. No echo de menos ni la empresa, tan cuca, ni el despacho, más cuco aún, ni la gent de casa, tan estupenda, ni los colegas, tan estimulantes, ni la competencia, tan buenos, ni los clientes ni los ingresos. En general no había queja. Pero no lo echo de menos.

No echo de menos esas tardes interminables, pasando correcciones con una clienta al teléfono. Aceptando sugerencias, dando explicaciones, intentando sinceramente mejorar una traducción normalmente mejor que el original. Las defensas argumentadas de las buenas traducciones, las disculpas y promesas de enmienda de las malas traducciones. No añoro a los clientes que no tienen razón. Ni a los que sí la tienen. Ni a los fáciles de complacer ni a los exigentes. Ni a los muy comunicativos, los que te llaman para avisarte de que te mandan un email. Ni a los lacónicos, los que en el asunto ponen «traducción», adjuntan el texto y no dicen ni a qué idioma…

No echo de menos las tardes de desesperación, cuando ya tenías la traducción lista a tiempo para la entrega al día siguiente y el cliente enviaba un nuevo original. Y al comparar las dos versiones solo aparecían palabras negras sueltas, como insectos atrapados en una telaraña roja, a lo largo de todo el documento… Nada, solo unas cuatro mil palabras, que las necesita cuanto antes, por favor. Y tenías que leer los dos textos en paralelo e ir aceptando cambios que eran solo chorradas que no afectaban a la traducción, y lo peor, cuando no lo podía acabar yo y tenía que avisar al traductor de que se lo iba a mandar de nuevo con los cambios marcados. Aaagh.

No echo de menos las traducciones tontas, de textos tontos, superfluos, las mentiras y exageraciones publicitarias, esas traducciones que lo único que hacen es encarecer aún más (un porcentaje mínimo del marketing) el producto. Qué rabia me daba participar del consumismo del lujo, aunque fuera de refilón. Aunque fuera una gozada coleccionar adjetivos dentro de dos o tres campos semánticos adecuados a cada producto. Pero más rabia me daba traducir listas de ingredientes en siete idiomas que no va a leer nunca nadie, como mucho el diseñador que los encaja en un tipo de cuatro puntos en negro sobre fondo rojo, en su pantalla de 27 pulgadas con el zoom al 300 %. Cada vez que compro galletas, reniego.

La publicidad de los perfumes me daba picores. Eran traducciones fáciles y divertidas, una especialización agradable y agradecida. Te sentías satisfecha con el resultado y bien pagada. Pero algo en el alma no estaba conforme. Tener que repetir las sandeces que el copy había ideado para adornar la venta de un frasquito carísimo… Después de explicar quién diseñaba el perfume y de narrar su biografía, y cómo era el perfume —la única parte supuestamente técnica, la que me gustaba— empezaba el marketing, el posicionamiento, la elección de la actriz, su historia, el guión del anuncio, el director, con su biografía, los diálogos del anuncio, las otras piezas publicitarias, el packaging… Hasta el cartón de la caja tenía su mística. Y, para colmo, a veces estaba el making-of del anuncio. Ahí ya ineludiblemente, año tras año, perfume tras perfume, me daba cuenta de que eso no estaba bien.

La publicidad de «estilo de vida» era una tentación. Vinos, coches, perfumes, estilográficas, diseño… Tan fácil de traducir, de chorrada hiperbólica en ristra de epítetos con pretensiones poéticas… La mayoría de buenos traductores se lucen. Y si no es cosa de todos los días, es un descanso, un trabajito relajado. Pero la sensación de estar trabajando para el enemigo no te la quita nadie.

Para aliviar mi conciencia, a veces decidía que una traducción era importante y me la podía tomar en serio. Recuerdo las instrucciones de mantenimiento de unas montañas rusas, las instrucciones de seguridad de un parque acuático… Eran las traducciones-cruzada. Pero no las echo de menos.

Ni siquiera echo de menos las disquisiciones lingüísticas, las discusiones semánticas, las charlas sobre gramática comparada y todos los discretos placeres que me propinaban los traductores cuando tenían a bien.

Y, por supuesto, no echo de menos las webs de traducción. Ni ProZ ni el TranslatorsCafé. Los foros de traductores, qué pesadilla. Eso no quiero ni recordarlo. Si alguna vez sin querer me rozo con alguno, me da sarpullido.

Es extraño; ahora mismo, el único episodio que recuerdo con cariño de todos mis años en la empresa fue un sábado o domingo por la mañana, yo sola en la oficina, tenía que acabar algo antes del lunes. Y va el ordenador y no se pone en marcha. Quién (de mi edad) no conoce el pánico ante el ordenador que no funciona, con la fecha de entrega cerniéndose. Diagnostiqué acertadamente que era la fuente de alimentación, localicé una que funcionaba en un ordenador viejo, se la puse al mío, y ¡sorpresa! funcionó. Qué placer. No sabía que sabía. Claro, como siempre había algún hombre dispuesto… Y eso, curiosamente, es la mayor satisfacción que recuerdo de mi vida profesional. Pero, ya os digo, es cuestión de humor.

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