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Policías y ladrones: los microrrelatos

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Policías y ladrones: los microrrelatos

Algo tendrá el bacalao cuando lo bendicen

Durante la pasada asamblea general de Asetrad celebrada en Cáceres, se celebró el sorteo correspondiente al certamen de recetas Con las manos en la masa. La suerte sonrió a Ana Hermida y Jesús Negro que, curiosamente, contribuyeron con sendas recetas de bacalao. El premio: un ejemplar para cada uno de un título de la colección Culinaria. ¡Enhorabuena!

Trece valientes, trece, han respondido a nuestra convocatoria, y nunca nos habíamos alegrado tanto de elegir al ganador por sorteo y no mediante un jurado: lo habríamos tenido francamente difícil, por la gran calidad de todos los textos presentados. El sorteo tendrá lugar durante el próximo Congreso de Asetrad, que se celebrará en mayo del 2018 en Zaragoza. ¿El premio? El ganador podrá elegir entre La ciencia en la sombra, de J. M. Mulet, reseñado por Ángela Blum en este mismo número y A is for Arsenic: The Poisons of Agatha Christie, de Kathryn Harkup. Por si el ganador necesita documentarse, de cara a su próximo relato.

Recomendamos prudencia: las siguientes líneas no son para débiles o timoratos. Rezuman sangre, crueldad, violencia explícita y suspense. Contienen escenas inquietantes, guiños lingüísticos, humor negro y más de una vuelta de tuerca.

Quién sabe; tal vez estemos asistiendo al nacimiento de una estrella del género policiaco.

1. Una gran obra
Guadalupe Aznar Barea

Comprobó que el revólver seguía en la mesilla de noche, apuntando a la puerta. Como era habitual al despertar, le resultó imposible recordar dónde se encontraba. A tientas, encendió la luz y buscó los zapatos: el izquierdo apuntaba al sur, el derecho al oeste: estaba en Lisboa.

Echó un vistazo bajo las sábanas: vestido, siempre listo para saltar de la cama. Fue hasta la ventana. Un barrio céntrico, un cuarto piso, un patio interior: una huida difícil. Debió haber estudiado las vías de escape antes de acostarse, como solía hacer. Se desvistió, sacó la ropa sin estrenar de la maleta y fue poniéndosela con atención, como un actor a punto de salir a escena. Estuvo ensayando frente al espejo toda la tarde, asomando y escondiendo el revólver entre los pliegues del pañuelo de seda que llevaría.

De recepción, por fin, subieron un recado: Teatro da Trindade, fila 4, butaca 10.


2. Otro clavo
Juan Carlos Bracero

¿Recuerdan los informativos del 21 de enero de 2014? No hubo nada demasiado interesante, eso ya se lo adelanto yo por si no lo recuerdan. Pero sí que hubo una noticia que casi hizo que me atragantara con un muslo de pollo. Pete Hamlin, joven de veinticuatro años de origen británico, había asesinado a su madre y a su hermano de cuatro meses la noche anterior. Su única familia. A su madre le cortó el cuello con un machete; y al bebé... Dios. Con una mano colocó un clavo herrumbroso en la sien del pequeño, y con una piedra que sostenía en la otra, asestó un golpe firme y seco para que el clavo le atravesase el cráneo.

Hoy estoy de nuevo frente a la televisión. Otro bebé muerto. Otro clavo. Dos años después. Voy a por ti, hijo de puta. Me importa una mierda estar retirado.


3. Cosecha
Aitziber Elejalde Sáenz

Era época de cosecha. Mientras atravesaba una extensa llanura dentro de los límites de velocidad estipulados para no llamar la atención, observó cómo las máquinas devoraban los campos de trigo y la brisa traía pequeñas briznas de paja que brillaban con los rayos del sol. Pensó en lo tranquila que debía ser la vida en el campo y por un instante olvidó su cometido. Pero los cuerpos que llevaba en el maletero pesaban sobre su conciencia. Hacía calor, el termómetro del todoterreno marcaba 35 grados. Un día ideal para cosechar, pero no tanto para transportar ese tipo de mercancía, a esa temperatura se aceleraba la descomposición. Pensó en cómo había cambiado su vida en 48 horas. Solo dos días antes había recibido la carta y luego apareció él. Alguien de su pasado que volvía, como las codornices vuelven cada año en época de cosecha.


4. Desconsuelo
Raquel G. Rojas

Cuando encontraran su cadáver, susurró mentalmente a la negra boca de su Beretta 92, aún habría algún compañero que dudaría de que hubiese sido un suicidio. Alguno de esos recién salidos de la Academia, con la cabeza llena de estadísticas y teorías sobre análisis de la conducta; después de todo apenas un uno por ciento de las mujeres en España se quitaban la vida con un arma de fuego. Puede que ni siquiera les convenciera el hecho de ver junto al cuerpo esa caja, sin matasellos, con lo que quedaba del único testigo de su caso, aquel niño de nueve años al que había jurado proteger. Quizá pensaran que el cabrón que la había dejado allí no se habría largado sin matarla también a ella y simular el escenario. ¿Gastarían tiempo y recursos en una investigación forense? Quién sabe, a lo mejor les daba hasta para escribir una novela.


5. Hombre de palabras
Ana Ibáñez

Cuando el asesino atravesó su corazón con el puñal comenzaron a brotar de su pecho las palabras hasta caer exangüe. Tras borrar su rastro, el homicida emprendió la huida con los bolsillos repletos de adjetivos, sustantivos, verbos y hasta alguna que otra frase hecha.

A la policía le resultó imposible esclarecer el suceso pues en el escenario del crimen, entre las palabras que el asesino, por descuido o deliberadamente, dejó, había demasiadas conjunciones disyuntivas.


6. Querida Ámber
Elena Invernón

Querida Ámber:

Te escribo esta carta porque necesito hablar con alguien. Contigo. No hace falta que la leas. Puedes romperla o hacer lo que quieras.

Un relámpago iluminó la habitación. Te imaginé sentada en el alféizar sosteniendo tu taza favorita, llena a rebosar de chocolate humeante. Casi hasta podía olerlo.

A veces, me pregunto dónde estarás y qué estarás haciendo. Pero me duele tanto que necesito tumbarme y tratar de controlar mi respiración.

A veces, pienso que lo mejor sería dejarme llevar.

Todavía tengo pesadillas. Sueño con lo mismo desde hace meses: tu desaparición.

Hacía sol y saliste a correr. Siempre seguías la misma ruta. Pero esta vez, te despistaste. Cuando atravesabas el bosque, comenzó a diluviar. Al llegar a Melrose, decidiste coger el autobús. Mientras lo esperabas, un relámpago iluminó el cielo.

Deberías haber estado ahí.

Cuando la policía llegó.

Pero no.

¿Dónde, entonces?

¿Dónde estabas?

Siempre tuyo,

Álex


7. The stillness in the air
Cruz Losada

Imagine that… she was found near “Verbum” (the busy multi-tribal bar near the forest). A policeman who fancied himself a character in a novel said “she knew too much”. Hanna with her rancid romantic explanations, murmured “she always had a weakness for bad boys”. Crumpled up in her dead hand a post-it with the words “I heard a fly buzz – when I died” in her own writing, “Emily Dickinson”, I thought. Nobody knew much. The police gave her lots of work; maybe someone didn’t know well the difference between an interpreter and a snitch, it happens a lot, people don’t really know what we do. Or maybe it was just the generic “kill the messenger” habit. Anyway, there she was curled up, looking asleep wrapped in her bright green jacket, dead as a doornail. All the warmth gone from her. She was my friend and she loved Emily Dickinson.


8. La casa herida
Shaila Mélmed

El ser humano no puede crear nada mejor que él. Eso solía decir su abuela.

La inspectora sonríe y se pregunta qué diría si viera el cuerpo masacrado de aquel cabrón. Probablemente algo como los ojos abiertos de un muerto buscan víctimas...

Lo conocía muy bien: sus fraudes, su capricho por la violencia, y la ley del silencio que parecía inmunizarlo. Y, sobre todo, conocía bien las bestialidades que perpetraba entre aquellos muros que había levantado para ocultarse del resto del mundo. Pero las paredes de su imperio tenían ojos IP y, quizás, hartas de presenciar palizas y violaciones como quien ve una película, habían decido actuar.

Entre arcadas, el técnico le muestra las grabaciones y balbucea algo sobre un fallo en el sistema domótico. Ella discrepa: aquella casa inteligente cargaba con demasiados fantasmas en sus entrañas de hormigón e informática; y había sido capaz de matar a su dueño.


9. Pura bondad
Pilar Ramírez Tello

Los seres humanos somos poco fiables. Yo, por ejemplo, siempre me he considerado una buena persona. Generosa, amable, amiga de mis amigos... Las cualidades básicas habituales asociadas al concepto. Sin embargo, aquí estoy, con un cadáver como única compañía. Y tan contenta, la verdad. Sin remordimientos. Sin malos rollos. Sin sentimiento de culpa. El cadáver con la mejilla apoyada en la mesa, y yo no siento nada. Si acaso, como mucho, una leve inquietud por cuestiones logísticas. Porque ¿qué se hace después de matar a alguien? ¿Borro mis huellas y huyo? ¿Me deshago del cadáver? ¿Llamo a la policía? Menos mal que mi madre ya no puede echarme un sermón, pobre. Aunque sigue con los ojos abiertos y diría que me mira mal. No, no me arrepiento en absoluto.


10. La voz silenciada
Manuel de los Reyes

Marta se tapó la boca mientras contemplaba horrorizada el cadáver que yacía a sus pies, flotando bocabajo en el inmenso lago de sangre que se alimentaba de sus innumerables heridas, como afluentes abiertos a cuchilladas.

—… no se ha llevado nada —balbuceaba Tomás al teléfono, hablando con la policía—. Lo pillamos con las manos en la masa… ha escapado, sí… tenía un arma…

Hizo una pausa para limpiarse las manos en el pantalón.

—… horrible, tan rápido… y la ha matado —gimoteó con la sonrisa pegada al auricular—… la ha asesinado, está muerta…

¡¡¡NO!!!, exclamó de súbito Marta. ¡Mentiroso, fuiste tú! ¡Tú me has matado! Aunque nadie podía oírla ya, tomó una decisión mientras Tomás colgaba, dispuesto a repetir su versión de los hechos cuando llegase la policía.

Quizá su marido creyese haberle apagado la voz, pero ella no pensaba abandonar este mundo sin antes romper el silencio.


11. Sonríe
Dolors Planiol

Ya es hora, la veo salir desde mi escondite. Mira en mi dirección, sabe que estoy aquí, me espera. Los primeros días trató de rehuirme, después me ignoró y hoy…

Hoy me sonríe. Por fin es mía.

Empezamos nuestra rutina. Siempre la he seguido de lejos, no quería acosarla. Pero esta vez me acerco más. Me lo ha dejado claro. Es lo que desea. Pasamos por el parque en dirección al metro, pedimos un café para llevar y… ¿Dónde está? Hay mucha gente, la he perdido. Corro, forcejeo, no puedo perderla, hoy no.

Ahí, ahí está. Me espera en la boca del metro sonriendo. Se me ponen los pelos de punta. Su sonrisa ha cambiado, se ríe de mí. No, no puede ser. Me ha traicionado. Me miro las manos. Unas esposas cuelgan de mi muñeca derecha. En la otra punta, un agente me sonríe.


12. Declaración a sangre fría
Rocío Sánchez González

—Sí, la até. Me hizo sufrir. La até desnuda, de brazos y piernas. Quería que se sintiera vulnerable, impotente, quería que me rogase que la matara. La agarré del cuello y quise estrangularla. Cuando empezó a convulsionar, la solté. Aún tenía que sufrir más. Me eché a reír, me empezaba a sentir recompensado, aún tenía la imagen de los dos grabada. Sentí calor por todo el cuerpo, nervios en el estómago, sudores fríos; no podía parar. Cogí la tenaza de hierro forjado de la chimenea y le asesté un golpe en la cabeza, y otro, y otro. La sangre brotaba, recorría su cuello, sus pechos, pasando por su ombligo hasta bañarla por completo. Seguí golpeándola hasta que se desplomó, sin vida. Aún no había acabado. Seguí hasta oír el crack de sus costillas al romperse —hizo una pausa—. Nada más que añadir, señoría.


13. Maldito insomnio
Llorenç Serrahima

Otra vez la cama le había escupido. Otra vez las sombras de la estación por única compañía. Otra vez esperando el tren del sueño que nunca llegaba. Ya bastaba. Decidió que esta vez iba a ser diferente. Saltó a las vías en busca del sueño perdido. Lo intuía socarrón al fondo del túnel cuya boca se le acercaba amenazante con cada paso que daba. Se metió en la negrura sin miedo: encontraría el destello que iluminase el camino hacia su ansiado sueño. Apenas lo vio. Sintió la punzada en un costado y le fallaron las piernas. Mientras un reguero cálido empezaba a acariciarle la cintura, notó cómo unas manos le robaban el reloj. Incapaz de  moverse, desde el suelo oyó alejarse el tic tac familiar. Sonreía plácidamente. Por fin le invadía el sueño buscado. Bueno, quizá no el buscado, pero sueño al fin.

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