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Una Navidad extremeña

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Una Navidad extremeña

Relato presentado al Concurso de Narrativa 2017 convocado por Asetrad («Viaje por tu Extremadura real o imaginada»).

Craig  Cavanagh
Craig Cavanagh es un traductor freelance que vive en Alcalá de Guadaíra desde hace 9 años. También ha trabajado en el campo del periodismo deportivo, retrasmitiendo partidos en directo y escribiendo las crónicas en inglés desde un punto de vista que pretendía ir más allá del mero relato de los partidos. A pesar de las exigencias de la traducción profesional, siempre ha intentado mantener una relación cercana con la escritura y ha tenido la suerte de participar ocasionalmente en proyectos de una índole más artística. Además de participar a menudo en concursos de relatos cortos, ha escrito dos novelas: 11 Noches (en español, en colaboración con su mujer) y Costa del Trolls en inglés. Para más información: www.craigcavanaghtranslations.org .

1: Mérida 2007

Antonio miró a Sofía desde detrás de su andador. Lo agarró con todas sus fuerzas, como si encarnara su resolución de dar ese paso y para que ella lo viera. Con ese paso, ella sabría que van hacia delante. Parte de su deuda con ella quedaría amortizada.

Él acabó en rehabilitación después del accidente que causó. Un accidente mientras huían de la policía después de verse envueltos en un embrollo de malversación de fondos y otros asuntos turbios que pondrían en peligro su vida, la de su mujer y la de sus hijos. Y aun así, se quedó con él. Habían pasado de una vida de lujo inimaginable a rozar la miseria, pero ella lo cogía de la mano, le enjugaba la frente y lo consolaba tras cada fracaso.

Quería regalarle ese paso. Ese paso significaba un futuro juntos. La miró y soltó las manos del andador. Vio abajo su cuerpo atrofiado y le pidió que trabajara en tándem con su cerebro para que las piernas se movieran. El dolor era insoportable, pero la mirada lo inspiró, y la pierna avanzó, y otro. ¡Dos pasos! Era agonía para él, pero sabiendo lo que le había hecho, se dio cuenta de que no era nada. Intentó dar el tercer paso, pero se cayó al suelo.

—Anduve —él dijo.
—Anduvimos —dijo ella.

2: Puerto Hurraco – Navidad 2017

Después de los pasos, vinieron el juicio, la condena, el encarcelamiento y la espera. No lo abandonó, llevándole calcetines zurcidos y otros artículos que podía permitirse con su exigua nimiedad. Se veía obligada a peinar las tiendas en busca de ofertas y aceptar la benevolencia de la parroquia.

También tenía que trabajar. Nunca lo había hecho antes pero ahora se ganaba 8 € la hora limpiando oficinas. Los compañeros sabían su trasfondo, y querían saber hasta dónde estaba dispuesta para ganarse ese sueldo miserable. Había un atasco que limpiar. Suspiró mientras se puso los guantes de goma, pensando en las otras Navidades que habían pasado en las Maldivas o Cabo Verde. Metió la mano hasta el codo y le alcanzó un chorro de mierda de gerencia media que ahora cubría esa muñeca antes acostumbrada a relojes de Cartier.

El turno significaba mucho para los dos; por toda la noche pagarían 74 €. Con ese dinero tendrían para la factura de la luz y les sobraría algo para la cena de Nochebuena. En el autobús la gente se dio cuenta de su aroma particular, pero no lloró, no tenía ganas de llorar. ¿Por qué iba a llorar? Iba a pasar la Navidad con su marido, era lo único que pedía. Ella no era criminal, pero había disfrutado de las ganancias ilícitas de su marido, y entonces se merecía castigo, pero en el castigo había la oportunidad de vivir de nuevo, vivir sencillamente.

Su marido, Antonio, no puede trabajar. No puede hacer trabajo físico debido a su condición, y no puede ejercer de lo suyo gracias a la inhabilitación. Por lo tanto, todo recae en Sofía, ahora sin coche, en un piso de una habitación en la parte menos salubre del pueblo.

La temperatura esa noche era de tres grados bajo cero. De la parada de autobús al piso había diez minutos, pero las calles heladas dificultaban el paso. Vio a un grupo de jóvenes y apretó el puño para agarrar los billetes con todas sus fuerzas. Metió la llave entre dos dedos para que estuviera lista si venían a por ella. Para todo el mundo en ese barrio, lo que llevaba en la mano cambiaría la navidad. Tanto se centraba en alejarse de la pandilla que perdió el equilibrio, dejando caer los billetes, casi brillando contra el fondo la calle nevada. Dos chicos aparecieron, ¿quién puede decir que no quisieran ayudarla al principio? Ellos no vieron los billetes, pero la mirada de ella delató la verdad. Uno puso la bota encima del botín y ella seguía su curso como buenamente podía.

Antes de trabajar, no pudo comer. Sabía que no iba a haber nada en el piso. El poco dinero que le quedaba tendría que durar hasta año nuevo. Se miró en el espejo de bolso antes de entrar. Quería parecer feliz por él. Una vez dentro, se sorprendió al ver que había vendido un libro que significaba mucho para él. Le dieron 15 € pero con el dinero pudo comprar pasta y tomate frito, una botella de vino peleón y una tarjeta de Navidad. Dentro ponía simplemente, «Con amor siempre, Antonio». Para Sofía, esta comida superó a cualquier langosta: estos momentos hacían que todo valiera la pena.

El día siguiente era Nochebuena. Solo les quedaban monedas para gastar en la tienda que nunca cerraba. Sabían que pronto estarían otra vez sin luz, pero mientras, comieron dos filetes de pollo caducados y un paquete de fideos, cantaron villancicos y decoraron el piso. Solo tenían un portátil antiguo que era de su hija y lo llevaron a la plaza donde se podía pillar wifi gratis.

—Deberíais estar con nosotros —dijo su hija por Skype desde Barcelona.

—El autobús es duro para tu padre, y yo debo trabajar —respondió Sofía.

—Tiene que haber una manera de mandaros dinero —siguió.

—Lo vigilan todo, te meterás en un lío. Estamos bien.

Se despidieron y volvieron con cuidado al piso, miraron lo que les quedaba y se dieron cuenta de que por primera vez entendían el mensaje de la Navidad. La música sonaba diferente, la carne barata sabía mejor en sus bocas. Fuera, un grupo de niños cantaban enfrente de una iglesia vieja y se cogieron de la mano. Los huesos de las piernas de Antonio se resentían por el frío, al igual que la cadera de Sofía, pero se preguntaron, mientras compartían ese momento, si eran las únicas personas en el mundo disfrutando de navidades verdaderas. Y al sonido de «Noche de Paz», Antonio se acercó a Sofía y la besó, susurrándole al oído: «andaremos».

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