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Cuando pensamos en correctores de textos, la primera carpeta que se abre en nuestro cerebro es la de los correctores que trabajan para las editoriales, esos profesionales de la lengua que dedican sus esfuerzos a garantizar la calidad de los libros que llegan a nuestras manos. Pero hay más correctores: los otros.

Ana González Corcho
Ana González Corcho es traductora, revisora, correctora y poseditora EN>ES y está especializada en textos técnicos, médicos y de marketing. Estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, pero ya durante los últimos años de carrera empezó a traducir y revisar; desde entonces, no ha dejado de hacerlo. Posee el Diploma in Translation del Chartered Institute of Linguists y fue cofundadora de Atwords, Traducción Técnica, donde trabajó como traductora y revisora y fue responsable de calidad de 1998 a 2013. Después creó Elocutio Servicios Lingüísticos para seguir dedicándose a la traducción y la corrección y, en los últimos tiempos, también a la posedición. Su pasión, casi vicio, por la revisión y el control de calidad de las traducciones la ha llevado a formarse con distintos cursos especializados de corrección, QA y posedición. Es socia de Asetrad y de UniCo.

Los otros correctores y las otras correcciones

Ser correctora es estar condenada a explicar muchas veces a qué te dedicas. Sin embargo, gracias al esfuerzo de los propios correctores y, sobre todo, de las asociaciones profesionales, parece que en los últimos años el oficio de la corrección ha dejado de ser un total desconocido. A pesar de ello, siguen existiendo muchos factores que juegan en nuestra contra: la diversidad de perfiles profesionales que puede ejercer un corrector, la gran variedad de tareas que se nos encargan, la confusión con otras tareas afines (como la maquetación o la revisión especializada) e incluso las distintas denominaciones del oficio —corrector, revisor, asesor lingüístico—, que también contribuyen a crear una cierta confusión.

Mi intención al escribir estas líneas es trazar un boceto, que por definición es algo sucinto y seguramente incompleto, de los distintos tipos de corrección y revisión, así como delimitar el oficio del corrector de traducciones y, de paso, sacar del armario (¿o debería decir «destapar»?) a los correctores más desconocidos: los otros, los que no corregimos textos literarios ni editoriales.

Mi intención es (...) sacar del armario a los correctores más desconocidos: los otros, los que no corregimos textos literarios ni editoriales.

¿Técnicos o artistas?

Trabajar con la lengua confiere a nuestro oficio un halo de bohemia que lleva a confundirlo con una actividad creativa, en especial cuando hablamos de revisión y corrección literaria. Lo que en un principio puede parecer un factor positivo se convierte en algo perjudicial para esta profesión. Primero, porque favorece una diferenciación entre un supuesto trabajo creativo y otro que no lo es, y segundo, y mucho más grave, porque pretende justificar el pago de tarifas bajas o la gratuidad de un trabajo que se hace por amor al arte en lugar de como oficio llevado a cabo por profesionales preparados específicamente para ello. Amar tu trabajo no significa no cobrar por hacerlo, a nadie se le ocurre no pagar a un arquitecto al que le apasiona su profesión.

Un revisor o un corrector no es un artista, es un profesional que conoce las normas, técnicas y herramientas necesarias, y que además cuenta con las habilidades y experiencia pertinentes para que un texto, en cualquier soporte y de cualquier tema, cumpla con su objetivo inicial: transmitir una determinada información a un lector de un tipo concreto con una finalidad específica en un contexto dado. Malas noticias: que el texto sea una novela y el objetivo sea el deleite del lector no nos convierte en artistas.

Malas noticias: que el texto sea una novela y el objetivo sea el deleite del lector no nos convierte en artistas.

Esta definición de profesional que tiene los conocimientos y pericia suficientes para que un texto sea de calidad se aplica tanto si estás corrigiendo una novela como un ensayo clínico o el folleto publicitario de un coche. El tipo de competencias lingüísticas generales que el corrector debe tener no varía en función de si corrige un cuento o una hoja de especificaciones técnicas. Por supuesto, cada texto tiene sus necesidades propias y los problemas que habrá que solventar serán distintos en cada caso; en ocasiones hará falta imaginación para encontrar propuestas que solucionen algunas cuestiones, pero todo eso forma parte de la especialización, no de la creatividad artística.

Es posible que este planteamiento suene extraño, pero a poco que nos paremos a reflexionar objetivamente sobre ello, veremos que no hay un tipo de corrección que esté por encima de otro: todas comparten su fundamento y finalidad, y la dificultad de un trabajo u otro dependerá de la complejidad del propio texto y de sus requisitos, no de su naturaleza y, menos aún, de si está impreso en un libro.

La corrección no es un extra

La revisión y la corrección no son elementos extras de la traducción ni de la redacción de un texto, sino que forman parte consustancial de ambos procesos. En el momento en que se consideran un valor añadido, una especie de extra, al trabajo de traducción o redacción, estamos tirando la primera piedra, tamaño dolmen, sobre nuestro tejado. Todo traductor sabe que su texto debe revisarse y corregirse; todo editor, responsable de proyectos, redactor o escritor debiera saberlo.

La revisión y la corrección no son elementos extras de la traducción ni de la redacción de un texto.

Vamos a repasar cómo suele revisarse y corregirse una traducción. La variedad de procedimientos y métodos de trabajo hace imposible una descripción única; del mismo modo que cada maestrillo tiene su librillo, en este caso, cada empresa (llámese editorial, agencia de traducción, desarrollador de software, o similares) tiene su flujo de trabajo con más o menos fases y más o menos preocupación por la calidad del texto, lo que condiciona el número de revisiones y validaciones.

Primera revisión: la que realiza el propio emisor, en este caso, el traductor. Sin duda alguna, es la más difícil de todas, porque nuestros ojos aman los errores que cometen nuestras manos; al fin y al cabo, están familiarizados con ellos. Esta primera revisión que hace el traductor es una especie de todo en uno: una revisión que, por un lado, coteja el texto final con el original, comprueba que la traducción es correcta y que se ha trasladado el mensaje al idioma de destino sin errores ni omisiones, y, por otro, es una corrección monolingüe en la que el autor de la traducción comprueba que ha aplicado correctamente las normas gramaticales y ortográficas. Para superar con éxito esta ardua tarea de cuestionarse a sí mismo, lo primero que hay que hacer es «cambiarse de gafas»: hay que empezar a leer como un revisor, no como un traductor ni un escritor. Hay pequeñas ayudas para encontrar las gafas de revisar: hacer esa revisión con otro formato o en distinto soporte, leer las traducciones en voz alta y, por supuesto, suele ser una buena idea dejar reposar la traducción y retomarla después de un tiempo. Después de esta primera revisión, ¿el texto está listo? Todos sabemos que no.

¿Qué es lo que ocurre a partir de ahora? La línea de producción comienza a bifurcarse por cintas transportadoras que llevan a puntos diferentes, y pueden pasar cosas muy distintas en función de las características del texto:

La menos deseable: nadie más revisa ni corrige esa traducción. Aunque es arriesgado, suele ocurrir con frecuencia; de hecho, es lo que sucede en muchas ocasiones con los clientes directos. En este caso, es muy importante que el traductor sea consciente de que no va a haber ningún proceso de revisión ni validación final de su trabajo, y es fundamental que sea consciente de ello por dos motivos: uno, porque su texto debe tener una calidad publicable y, por tanto, debe encargarse de la corrección o contar con un corrector, y dos, porque debe cobrar en función de esa exigencia.

La menos deseable: nadie más revisa ni corrige esa traducción. Aunque es arriesgado, suele ocurrir con frecuencia.

Revisión de traducción o bilingüe: un revisor se encarga de llevar a cabo la revisión bilingüe de la traducción cotejando el texto de origen con el texto final. En el caso de las empresas de traducción que cuentan con la certificación de cumplimiento de la Norma de calidad ISO 17100:2015, es requisito indispensable que exista traducción + revisión independiente. Es decir, debe haber un revisor diferente al traductor que se asegure de que la traducción es correcta y de que no se pierdan contenidos ni se transmitan incorrectamente. En el caso del traductor autónomo que trabaja para clientes directos o agencias, esta revisión no suele existir, a no ser que se cuente con un colega y se trabaje en tándem. Esta práctica es más habitual de lo que podría parecer en un principio y ofrece excelentes resultados para conseguir una traducción de calidad, además de para mejorar los conocimientos de los traductores y revisores que participan en ella.

Corrección de estilo: utilizamos la denominación propia de la corrección editorial, pero el procedimiento de revisión es exactamente el mismo para cualquier texto. En la corrección de estilo, el corrector se encargará de los errores gramaticales, sintácticos y léxicos. Procurará que el texto transmita su mensaje de la forma más adecuada al registro elegido por el autor y conforme a la norma.

Corrección ortotipográfica: como su propio nombre indica, se corrige el texto para que cumpla las normas ortográficas vigentes y para enmendar los errores de puntuación. También unifica el uso de elementos ortotipográficos según las indicaciones del cliente para evitar imprecisiones e irregularidades.

Corrección de pruebas: se trata de una verificación final en el formato y soporte definitivos antes de imprimir o publicar un texto, por ejemplo, en una página web.

Estos tres últimos tipos de corrección tienen otras denominaciones cuando están fuera del ámbito editorial y se suelen solicitar como un solo servicio o varios con diferentes nombres y requisitos. Así, si corriges traducciones de textos técnicos, lo más probable es que te encarguen una revisión con control de calidad (QA o quality assurance) y si corriges textos publicitarios o de marketing te solicitarán revisión con proofreading final, que no deja de ser una corrección de estilo y de pruebas. Lo que diferencia estas denominaciones de las clásicas de la corrección editorial no es la tarea que ejecutas ni los conocimientos necesarios para hacerla, sino la materia que corriges. Si hablamos de corrección de estilo, en una novela te fijarás en la sintaxis de las frases para que la narración y la descripción de los personajes fluyan con naturalidad en español, en que el autor utilice el léxico adecuado, en que no cometa errores de coherencia, en que no haya calcos de ningún tipo, entre otros. Si esa misma corrección de estilo (con la etiqueta de revisión de control de calidad) te la encargan para la traducción de un informe financiero, en lugar de personajes tendremos cargos de departamentos y en vez de vigilar la fluidez del ritmo narrativo atenderemos a las enumeraciones de datos y la adecuada exposición de conclusiones. Si se trata de la corrección ortotipográfica, en una obra narrativa prestarás mucha atención a la puntuación de los diálogos, mientras que en el QA de un informe financiero te fijarás en que los símbolos de divisa, por ejemplo, sean los adecuados y estén correctamente colocados con los espacios que marca la norma. ¿Qué es más difícil? Desde un punto de vista objetivo, ambas tareas tienen el mismo nivel de dificultad. El hecho de que el texto que tienes que corregir te guste o esté creado para gustar no aumenta ni reduce la complejidad. ¿Cuál debe pagarse mejor? Sin duda alguna, deben recibir una remuneración similar. De igual modo que porque un texto sea creativo en su origen no es más fácil de corregir, que al corrector le guste corregir un texto creativo no debe hacer que cobre menos por ello.

El hecho de que el texto que tienes que corregir te guste o esté creado para gustar no aumenta ni reduce la complejidad.

Dos tipos de corrección especial

Verificación final de revisión de experto/comerciales (no lingüistas): este tipo de verificación suele ser un foco de errores y problemas de calidad. En muchos textos, da igual el tipo, intervienen en el texto corregido final actores que no son lingüistas. Puede tratarse de un responsable de producto, un comercial, un editor o un ajustador de guiones que introduce cambios basados en sus preferencias y necesidades, pero con poca, o ninguna, atención a las normas gramaticales y lingüísticas. Si hay suerte, el texto se devuelve al revisor o al corrector para que confirme esos cambios; sin embargo, la suerte suele ser esquiva y, en la mayoría de los casos, esas modificaciones se introducen sin verificación final, con el consiguiente error publicado y achacado a una mala traducción o a una mala corrección, cuando no es el caso. 

Posedición: aquí el traductor no es humano, sino que la traducción es automática. La propia naturaleza del texto traducido exige que la revisión y la corrección sean procedimientos completamente diferentes a los habituales. Poseditar es revisar el resultado de la traducción automática profesional e introducir, de forma sistemática, los cambios mínimos necesarios para conseguir un texto final de calidad similar a la de la traducción humana. Existen dos tipos de posedición: básica, en la que se requieren cambios mínimos para que el texto sea comprensible, no se omita información y no haya errores graves de ortografía ni de gramática, y avanzada, en la que se requieren cambios para que el texto tenga una calidad publicable, y se corrigen todos los errores sintácticos, gramaticales y ortográficos. En algunos casos también se requiere revisar la fluidez y depurar el estilo. Además, a veces el cliente pide una identificación de tipos de errores y su gravedad. En este último caso es necesario informar de patrones de errores y evaluar la calidad de los segmentos, lo que requiere conocimientos lingüísticos avanzados. Un poseditor no es solo un traductor, solo un revisor ni solo un corrector, sino que tiene que combinar conocimientos y tareas de esos tres perfiles profesionales para hacer su trabajo.

La máquina que sabemos manejar

MáquinaPara todas las tareas anteriores, debemos conocer y manejar lo mejor posible la máquina de la lengua, controlar los engranajes de la sintaxis que ponen en movimiento las piezas, en este caso, morfológicas, y adecuar las entradas, pasos, vallas de seguridad, accesos de toda esa maquinaria para colocar en su posición correcta comas, puntos, comillas e incluso algún punto y coma. Todo ello sin olvidarnos del entorno, que en esta máquina se llama contexto, peligroso y determinante, que obliga a ponerse casco o guantes, a trabajar a una temperatura o a otra, a seguir una suerte de prevención de riesgos laborales para nuestro texto. Si manejamos bien la máquina, obtendremos un producto de calidad excelente: un texto no solo correcto, sino además pertinente, idóneo y adecuado para el fin y el usuario que lo esperan.

La materia prima no depende de nosotros; conviene no olvidarlo.

Somos técnicos de la lengua y se nos debería valorar por nuestros conocimientos y pericia a la hora de manejarla, no por el contenido de los textos ni en función de si el texto está impreso y encuadernado ni si el mensaje es o no creativo. Con esta visión unificadora, los correctores editoriales mejorarían sus tarifas y «los otros» correctores, su reconocimiento profesional. Así pues, vayamos a una, porque todo son ventajas.

La materia prima no depende de nosotros; conviene no olvidarlo.

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