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Un guiri y la lengua de Cervantes

Craig Cavanagh
Craig Cavanagh es traductor de francés y español al inglés. Nacido en Liverpool, vive en Alcalá de Guadaíra (Sevilla) con su mujer Mar y su hijo, Nicolás. Escribe y publica en plataformas digitales (aunque sus dos obras en inglés están disponibles en tapa blanda para los amantes de lo tradicional). Si bien a primera vista sus obras pueden predecir un futuro distópico, tratan otros asuntos de cierta relevancia en nuestras vidas, como es el amor y temas de menor importancia. En 2012, terminó un proyecto de novela en español con la indispensable ayuda, el consejo y la labor de corrección de su mujer filóloga, Mar. Durante sus incursiones en el mundo del periodismo trató de ver más allá que el simple tipo que da patadas a una pelota, intentando analizar y explorar la mente de los futboleros en tierras andaluzas, buscando saber qué era exactamente «el orgasmo futbolístico».

Cuando llegué a estos lares jamás pensé que escribiría algo en la lengua de Cervantes. En aquel entonces, me hubiera quedado contento con que la lista de la compra me saliera bien. Me bajé del avión en Madrid conociendo únicamente dos palabras: cerveza y servicios. Creía, lógicamente, que, si usaba la primera (que ni siquiera sabía pronunciar bien), acabaría necesitando la segunda; aún tendría que esperar un tiempo para descubrir el comodín de caña. Las ganas de escribir que nacieron años antes tuvieron que quedarse en segundo plano, mientras intentaba entender una mínima parte de lo que hablaban los cuarenta millones de compatriotas nuevos que de repente tenía.

Escribir es, creo, la última pieza en el puzle del aprendizaje. Muchos abandonan o se caen en el camino, pensando: «¿Realmente me va a hacer falta esto?». Conozco a muchas personas que se conformaban con eso de «defenderse medianamente bien» como meta; tengo amigos que sienten el mismo amor por el subjuntivo que la mayoría de mis paisanos por la Unión Europea.

Pero yo no quería que me metieran en ese lote. Quería llegar a escribir algo en español, y eso se convirtió en mi meta. Dos cosas me ayudaron en mi camino hacia ese éxito personal: un ascenso en el trabajo a jefe de estudios me sacó del aula y me puso a explicar a señoras de Sevilla por qué su pequeño y adorable Borjita no avanzaba en inglés. También tenía que escribir los informes, y me quedé con las correcciones de la secretaria; poco después, mejoraba yo sus correcciones. También estoy en deuda con las páginas de citas por internet: en ellas podía escribir y refinar mis habilidades todos los días. Supongo que hay una pequeña parte de ellas que me ayudaron a mejorar en lo que he escrito después.

Portada de 11 noches Portada de Costa del Trolls

Cuando escribo, no me marco ningún ritmo; ya tengo suficiente con los clientes de traducción. Así, escribir debe ser un acto divertido y transportador que me lleve lejos del ancho ibérico, de los manuales de termos y de abogados con alergia a los puntos (mi récord es una sola frase con 437 palabras).

Escribir no quiere decir que vayas a compartir tus palabras con nadie; puede ser solo para ti o para el mundo. Cuando abres la boca, te pones en evidencia. El lenguaje hablado puede ser más traicionero.

Tengo amigos que sienten el mismo amor por el subjuntivo que la mayoría de mis paisanos por la Unión Europea.

Como cuando una vez, aún algo verde, mis compañeros de piso me presentaron a un grupo de amigos. Todo iba bien, a pesar de que intenté decir «hola» de siete maneras diferentes, y entonces vino la pregunta que me apartó del terreno de juego: «¿Qué hay?».

Creo que mi cerebro no estaba preparado para esa pregunta y actuó sin consultar el resto de mi ser. Respondí diciéndoles qué había en el salón. Como no hubo ninguna indicación de no seguir, continué y empecé a crecerme, metiendo algunos y ningunos con una facilidad poco vista en la capital.

Craigh Cavanagh en Sevilla

En Sevilla

Desde entonces, ha llovido mucho, pero cuando escribo, incluso cuando traduzco, pienso en aquel guiri intentando hacerse entender para no enrollarse tanto. Escribir en otro idioma me ha ayudado cuando escribo en inglés: hay una clara diferencia entre mi forma de expresar las cosas ahora y entonces.

La inspiración viene de muchas fuentes. Muchas veces me dan un tema para un concurso y tengo que adaptarla al mismo. Otras, la vida cotidiana te ofrece un sinfín de elementos que pueden convertirse en historias. En mi última colección de relatos, una historia cuenta cómo uno inventa una app que te ahorra la necesidad de soltar palabrotas, y el inventor acaba recibiendo el premio Nobel. Otra se inspiró en el Festival Fyre, que tenía como propósito sacar toda la pasta posible a unos cuantos niños ricos.

Y entonces vino la pregunta que me apartó del terreno de juego: «¿Qué hay?».

Dicho esto, mis vivencias también han servido para llenar páginas. Así que os dejo mi primera historia sentimental mientras aprendía español.

Uno de mis alumnos me dijo que una amiga suya buscaba un intercambio. Me parecía una idea estupenda, aún más cuando vi que la chica era maja. Al principio, recurríamos más a su inglés para que los encuentros fueran menos confusos. Entonces era el 97, y quedar era una tarea ardua, sobre todo para dos personas sin móviles. Para solucionar este asunto, maquinamos un plan: yo la llamaba a las 4 los jueves para organizar las siguientes quedadas. Era muy sencillo, quedábamos en algo, se lo repetía para estar seguro de los planes, colgaba… y la volvía a llamar para darme cuenta de que lo había entendido al revés. Y nuestro plan andaba genial, hasta que un día llamé, y ella no cogió el teléfono. Era una voz diferente, muy diferente.

Craigh Cavanagh en Alcalá de Guadaíra

En Alcalá de Guadaíra

Con la sabiduría de la experiencia, podía hacer o decir miles de cosas para salir de esa situación ileso, pero elegí la peor. La otra voz (calculaba que pertenecía a una señora de unos 130 años) repitió la orden: «¡OIGA!».

Lo oí, pero no hablé. Seguía en silencio. Pronto, hice algo peor que quedarme en silencio: entré en pánico y empecé a respirar más fuerte, sin darme cuenta. Ahora la vieja pensaba que al otro lado del teléfono tenía, en vez de simplemente un guiri tonto, un guiri tonto y pervertido. Aquello no iba bien.

Me recompuse y me dije a mí mismo que tenía que ser capaz de tener esa conversación. La vieja ya me decía que llamaba a la policía, así que había llegado el momento de rectificar.

—¿Se puede poner...? —Me detuve. No sabía pronunciar su nombre. Nunca lo había dicho. Siempre habíamos estado dos, nunca tres, no había necesidad de decir los nombres, porque era obvio quién hablaba con quién. El caso es que no era capaz de decirlo bien.

—¿Se puede poner… Aworwa? —dije finalmente, y en cuestión de segundos, la vieja pasó de estar acojonada a muerta de risa.

—¿Con quién quieres hablar, hijo? —repitió.

Intenté decir Aurora, pero otra vez me salió Aworwa, creo que la segunda vez fue peor. La vieja se reía a carcajada limpia y llamó a otros para escucharme.

—¡Dilo otra vez, hijo! —me pidió. Abatido, colgué el teléfono.

Por último, hay una persona que siempre ha sido capaz de convertir estas ideas disparatadas en algo que se acerca a literatura: mi editora, que es mi mujer, Mar.

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