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Interpretación: Experiencias que marcan

El punto de inflexión de una carrera profesional

Esther Moreno Barriuso
Esther Moreno Barriuso es intérprete de conferencias desde el 2010 (cuando comenzó su formación reglada) y traductora autónoma a tiempo completo desde el 2004. Antes de eso, se dedicó a programar en Java en Londres para un importante banco de inversión y a investigar los efectos de las operaciones de miopía y astigmatismo sobre la óptica del ojo del paciente como parte de su tesis doctoral. Anteriormente se licenció en Ciencias Físicas por las universidades de Cantabria y Zaragoza porque siempre le gustó la física del arco iris y de la olla a presión. El interés por los idiomas —habla inglés, francés, alemán y trata de abrirse camino en la intrincada selva del árabe— lo lleva de serie, desde que siendo pequeña abordaba a turistas incautos en su ciudad natal al grito de «Please, can you tell me what time it is?» mientras se escondía el reloj bajo la manga del abrigo.

Hace un par de meses, las responsables de la sección de interpretación de La Linterna se pusieron en contacto conmigo para que compartiera con los lectores algún momento concreto que haya marcado mi vida profesional como intérprete. Acepté, a pesar del pavor absoluto que le tengo al folio en blanco desprovisto del apoyo de un texto fuente, y mi primera duda fue plantearme cuál había sido ese momento puntual que había supuesto un punto de inflexión en mi carrera. Vaya por delante que a mí lo que más me gusta de mi profesión es tener la oportunidad de satisfacer mi curiosidad continua por cualquier tema que me pongan delante, asomándome a ventanas que dan a mundos que, en muchas ocasiones, hasta desconocía que existían. La cirugía endovascular, el entrenamiento de caballos que participan en competiciones de doma clásica, cómo se enfrenta al pánico un himalayista, cuál es el proceso de fabricación de un azulejo o cómo se vive padeciendo espondilitis anquilosante. Esa fase previa de chapuzón en una piscina oscura, donde todo lo que lees o escuchas es al principio ininteligible, hasta que va cobrando forma —a base de meter horas y ganas— y acaba dando como fruto un estupendo glosario y la seguridad de que no vas a ciegas, es un disfrute tremendo.

A mí lo que más me gusta de mi profesión es tener la oportunidad de satisfacer mi curiosidad continua por cualquier tema que me pongan delante.

A la hora de interpretar, está claro que el grado de satisfacción depende de factores variopintos: influye el que te hagan sentir parte de un equipo bien armado que se esfuerza por conseguir un mismo fin; es gratificante que valoren tu esfuerzo. Sin embargo, por encima de todo, lo más satisfactorio es sentir que tu labor facilita la comunicación entre dos conjuntos disjuntos que están deseando entenderse y que, gracias a los puentes que tú tiendes, salen del congreso o del evento con la información que andaban persiguiendo con avidez. Con estas premisas se caerían de esta categoría de «proyectos gustosos» los eventos donde el organizador persigue gritar a los cuatro vientos —mejor si es en boca de un presentador famoso— que su empresa es la mejor y los asistentes lo que persiguen son las bandejas de canapés con las que se da por finalizada la fiesta. Pero de todo tiene que haber en la vida de un intérprete y de todo se aprende.

Lo más satisfactorio es sentir que tu labor facilita la comunicación entre dos conjuntos disjuntos que están deseando entenderse.

Sin embargo, si tuviera que buscar un momento en el que sentí que el público bebía nuestras palabras y que el puente que estábamos tendiendo era su único asidero fue aquella ocasión en la que, junto con otros compañeros, fui intérprete del V Congreso Internacional Fundación Síndrome de West. El síndrome de West es una enfermedad tremenda, compleja y con manifestaciones variadas, y para la cual no existe cura a día de hoy. Se manifiesta con espasmos infantiles (un tipo especial de crisis epiléptica), que suelen ir acompañados de retraso psicomotor, hipsarritmia, trastornos del espectro autista y pérdida de habilidades adquiridas. Este congreso bienal lo organizan con gran esfuerzo los padres de estos pacientes. Padres que se encargan de localizar e invitar a los mayores expertos mundiales en esta enfermedad para poder escuchar de primera mano cómo ha avanzado desde la bienal anterior la investigación sobre esta enfermedad y qué nuevos tratamientos podrían estar disponibles en los años venideros para, si no logran curar, al menos frenar o ralentizar el deterioro de estos chavales. Padres que están presentes, muchas veces acompañados en la sala por sus hijos, tras hacer malabares para encontrar un hueco en sus rutinas sobrecargadas. En situaciones así quieres darlo todo, quieres aprovechar las pausas para aclarar términos con los ponentes o con otros médicos ahí presentes, quieres hablar con los padres para entender mejor el día a día de esa enfermedad. Fue un día en el que, además de enormemente afortunada, me sentí verdaderamente útil, que es lo mejor que le puede pasar a un intérprete. Fue una experiencia de esas que dejan un poso duradero.

Fue un día en el que, además de enormemente afortunada, me sentí verdaderamente útil, que es lo mejor que le puede pasar a un intérprete.

Sin embargo —y volviendo al inicio de este texto—, si tuviera que buscar un punto de inflexión en mi carrera profesional, ese sería sin duda el día que decidí que tenía que convertir en realidad esa idea que llevaba tantos años rondándome en la cabeza: la idea de formarme como intérprete. Llevaba ya casi seis años como traductora autónoma y, a pesar de no encontrarme en la mejor situación ni económica ni personal, decidí invertir un año para comprobar si realmente aquel era mi sitio. Y fue de las mejores decisiones que he tomado en toda mi vida. Fue un año muy duro a todos los niveles, combinando la traducción con horas de práctica de interpretación (sabía que me lo estaba jugando todo a una carta y que no me podía salir mal, que había dos bocas que alimentar), pero nunca le podré agradecer lo suficiente a mi profesora y ahora habitual compañera de cabina que me enseñara el camino y me diera las pautas necesarias para entrar con conocimiento de causa en ese mundo; el buen hacer y la experiencia ya me lo tendría que ir ganando yo luego poco a poco. Sea como fuere, esa sensación de haber encontrado por fin mi sitio después de haber dado tantos tumbos vitales no se paga con dinero.

Esa sensación de haber encontrado por fin mi sitio después de haber dado tantos tumbos vitales no se paga con dinero.

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