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Traducción editorial: Escritores traductores

Lydia Davis

En este artículo, la autora nos presenta a la escritora y traductora Lydia Davis como introducción a la entrevista realizada a Víctor Úbeda, traductor al castellano del relato Samuel Johnson está indignado (Lydia Davis, Emecé, 2004).

María Causadias
Nacida en Barcelona, María Causadias Tortajada es licenciada en Ciencias de la Información por la UAB. Trabajó un tiempo en la radio y en un gabinete de prensa, si bien pronto se dedicó a la corrección editorial y a la traducción de sus dos lenguas vernáculas, castellano y catalán. Paralelamente cursó estudios superiores de francés e incorporó más tarde el inglés y el portugués como lenguas fuente. Aunque especializada en ciencias sociales, su preferencia es la traducción literaria, por lo que hizo un postgrado en la UPF, con un trabajo final, teórico y práctico, sobre la escritora y traductora norteamericana Lydia Davis. Como traductora, ha publicado cuatro libros, entre ellos dos relatos de Francis S. Fitzgerald al catalán, publicado por Agde Llibres. Actualmente estudia Narrativa en la Escuela de escritura del Ateneu de Barcelona.

Lydia Davis nació en Northampton (Massachusetts) en 1947, es hija de escritores, autora de varios libros de relatos y de una novela, y traductora de autores franceses como Proust, Flaubert, Foucault, Blanchot y Leiris, y del holandés A. L. Snijders, así como crítica literaria y profesora de escritura creativa en la Universidad de Albany (Nueva York).

Reconocida como una de las mejores narradoras de relato breve de Norteamérica, recibió una prestigiosa beca de la Fundación McArthur en 2003, por su mérito excepcional en el ámbito de la narrativa. Desde 2005 es miembro de la Academia Norteamericana de Artes y Ciencias, y en 2013 recibió el premio bienal Man Booker Internacional, con el que se distingue a los mejores escritores de habla inglesa y que fue otorgado con anterioridad a Alice Munro (2009) y a Philip Roth (2011), entre otros. La calidad de sus traducciones fue reconocida asimismo por el Gobierno francés mediante la concesión de la Orden de las Artes y las Letras en 1999.

Lo primero que sorprende de los relatos de Davis es el carácter universal de lo minúsculo, la extrapolación del detalle que permite, precisamente, abordar lo abstracto. Los relatos, algunos con la brevedad de un chiste o de un aforismo, de un epitafio o de un proverbio, se apoyan en estructuras narrativas muy esquemáticas, aunque de ningún modo sencillas, pero abordan temas complejos: las relaciones interpersonales, la muerte, las paradojas de la sociedad en que vivimos.

En ese trabajo de destilación, la escritora prescinde por lo general de nombres y apellidos, condensa la acción en el mínimo espacio imprescindible, deja que sea el lector quien descubra la emoción, el dolor, la ironía; lo convierte en coconspirador, según lo adjetiva Orner; le contagia el hastío o el asombro; le invita a conjugar algún persistente estribillo o a jugar con las palabras.

Davis es especialista en pequeños relatos que arrancan de la vida cotidiana, irónicos, minimalistas, tiernos o crueles, con un punto de vista radicalmente original.

Davis es especialista en pequeños relatos que arrancan de la vida cotidiana, irónicos, minimalistas, tiernos o crueles, con un punto de vista radicalmente original: un calcetín es una excusa para analizar las ruinas de una relación conyugal, la economía doméstica se convierte en un balance financiero, o los propósitos de Año Nuevo pueden ser proporcionalmente inversos a los que la mayor parte de la gente planificaría.

Algunos de los relatos cortos incluidos en su último libro Ni quiero, ni puedo, surgieron, como explica la autora, durante la traducción de Por el camino de Swann, de Marcel Proust. Respondían al deseo de querer condensar un relato completo en un espacio mínimo, como contrapunto a su entonces absorbente actividad como traductora. La falta de tiempo acabó por convertirse, pues, en un factor positivo, ya que le permitió crear historias minúsculas con una técnica impecable.

El desafío de traducir a Lydia Davis no radica en su complejidad léxica, sino en la minuciosidad y la sencillez aparente de sus historias, en mantener el ritmo minucioso, la sorpresa y el tono involuntariamente humorístico, según sus propias palabras, en el relato sutil de las minúsculas tragedias de la vida cotidiana.

«El humor —decía Lydia Davis en una entrevista de Andrew Lawless para la publicación digital Three Monkeys Online— ha ocupado un lugar central en mi vida y en mi trabajo por tanto tiempo que es difícil imaginarse que no hubiera sabido lo graciosas que eran mis historias antes. Ahora lo sé, pero repito: no escribo con el propósito de ser cómica (y por supuesto, no todas las historias son graciosas). Mi manera de escribir refleja únicamente mi manera de percibir la vida, que incluye un montón de humor, así como también la dosis apropiada de tragedia».

Davis entronca con una fértil tradición norteamericana, la del relato breve, pero es muy difícil clasificar su estilo en alguna de las tendencias al uso.

Davis entronca con una fértil tradición norteamericana, la del relato breve, pero es muy difícil clasificar su estilo en alguna de las tendencias al uso. Alejada tanto del realismo como del simbolismo o el modernismo, pero claramente influenciada por todas ellas, reconoce como fundamental la fascinación que sintió por Beckett en sus años jóvenes.

Se trata, en suma, de una autora que aporta un enfoque absolutamente personal, femenino, cuyo minimalismo y sobriedad pone de relieve una mirada entre patética e hilarante, que de alguna manera establece una complicidad inmediata con el lector, por causa, precisamente, del desencaje del punto de vista y de la estructura narrativa habituales.

En cuanto a la «forma», Lydia Davis entiende la prosa como si fuera un poema, exactamente con la misma economía de recursos. La diferencia, en su opinión, estriba en que el poema opera con unidades de significado «explosivas», que solo se desplegarían plenamente en la mente del lector.

Como traductora, asimismo, es muy consciente de las resonancias de cada palabra, de cada frase, de cómo el cuerpo, la forma y el sonido de los vocablos modifican de distinta forma el sentido. En coherencia con lo anterior, considera que el traductor no debe ocultar con su propio estilo el del texto original.

Bibliografía

Davis, Lydia. Samuel Johnson está indignado (Víctor Úbeda, trad.). Barcelona: Emecé, 2004.

Davis, Lydia. Cuentos completos (Justo Navarro, trad.). Barcelona: Seix Barral, 2011.

Davis, Lydia. El final de la historia (Justo Navarro, trad.). Barcelona: Alpha Decay, 2014.

Davis, Lydia. Ni puedo ni quiero (Inés Garland, trad.). Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2014.

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