La Linterna del Traductor
Interpretación

Círculos viciosos de la interpretación bilateral

Agnieszka Helena Grabarczyk

Ponencia presentada en el Congreso XV Aniversario de Asetrad (Zaragoza, 2018).

El intrusismo y las tarifas bajas que se ofrecen hoy en el mercado se han convertido en la pesadilla de los intérpretes profesionales. Es posible que el problema radique en que la interpretación de enlace está atrapada en una serie de círculos viciosos que perjudican al mercado. En este artículo se pretende identificar estas contradicciones, analizar los motivos y las consecuencias, pero también revertir la perspectiva para convertir lo que hoy parece un panorama desolador en nuevos retos y oportunidades para la profesión.

Agnieszka Helena Grabarczyk

Agnieszka Helena Grabarczyk es traductora-intérprete jurada de polaco especializada en inter­pre­ta­ción de conferencias, inter­pre­ta­ción de enlace y mediación cultural. De nacionalidad polaca, reside en Málaga desde el 2010. Entre los años 2011 y 2017 trabajó como traductora e intérprete en el Consulado de Polonia en Málaga. Hoy trabaja también como profesora en el Departamento de Traducción e Interpretación, en la Universidad de Málaga. Se licenció en Etnolingüística por la Universidad de Poznan, en Polonia, en el año 2007, y posteriormente se especializó en traducción e interpretación en cursos de posgrado en Málaga y en Cracovia. Ha realizado varios cursos sobre nego­cia­ciones inter­na­cio­na­les y protocolo internacional por la Escuela Diplomática de Varsovia. Es, además, autora del libro Mediación cultural en la inter­pre­ta­ción bilateral de nego­cia­ciones empre­sa­riales (2009) publicado por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga. Desde mayo del 2017 es la socia profesional número 2731 de Asetrad.

En mi opinión, la interpretación de enlace está atrapada en una serie de círculos viciosos que perjudican al mercado.

El intrusismo y las tarifas bajas que se ofrecen hoy en el mercado se han convertido en la pesadilla de los intérpretes profesionales. Paradójicamente, en el mundo globalizado, la demanda de la interpretación debería ir creciendo, la calidad del servicio profesional debería importar más que nunca y, obviamente, nunca ser barata. En mi opinión, basada en mi experiencia profesional, el problema radica en que la interpretación de enlace está atrapada en una serie de círculos viciosos que perjudican al mercado. En este artículo pretendo identificar estas contradicciones, analizar los motivos y las consecuencias, pero también revertir la perspectiva para convertir lo que hoy parece un panorama desolador en nuevos retos y oportunidades para la profesión y proponer una visión diferente del servicio de interpretación profesional para las empresas. Porque está en nuestras manos, las de los intérpretes, reaccionar para romper estos círculos y enseñar a los clientes potenciales nuestra profesión para que, de esta manera, reconozcan el valor añadido del servicio que les ofrecemos y lo mucho que podemos aportar a sus negocios.

Quizás es un tópico, pero dada nuestra situación en el mercado laboral, creo que no está de más recordarlo: a los intérpretes nos encanta nuestro trabajo. En su momento decidimos especializarnos en la complicada disciplina de la comunicación interlingüística, dedicamos horas a nuestra formación y seguimos formándonos, porque conocemos perfectamente los desafíos de la profesión y reconocemos la importancia de la calidad junto con los riesgos que supone un trabajo mal hecho.

Sabemos perfectamente lo peligroso que puede resultar delegar una cuestión tan delicada, tan personal y tan cultural como una conversación a una máquina.

No obstante, parece que el mercado nos está infravalorando: no trabajamos tanto como nos gustaría trabajar o nos vemos obligados a rechazar ofertas de encargos interesantes por precios muy por debajo de nuestro nivel de profesionalidad. Asimismo, vemos cada vez más situaciones en las que el trabajo de nuestros sueños está simplemente mal hecho por personas sin cualificaciones adecuadas que aceptan tarifas bajas. Muchos pensamos que no podemos hacer nada contra esta situación, que así está avanzando el mundo, que los clientes no aprecian la calidad y prefieren pagar poco o simplemente prescinden de la interpretación profesional porque «todo el mundo habla inglés». Somos testigos también de cómo nuestro lugar se ve ocupado por los «aparatos de última generación» que interpretan hasta 80 idiomas directamente al oído, aunque sabemos perfectamente lo imperfectos que son y lo peligroso que puede resultar delegar una cuestión tan delicada, tan personal y tan cultural como una conversación a una máquina.

No obstante, en vez de quejarnos como colectivo, tal vez deberíamos analizar la realidad y admitir que no es tan injusta como parece, asumir una parte de la responsabilidad y así poder cambiar la situación actual. Esta frase puede parecer sacada de un libro de autoayuda, pero el objetivo es ese, animarnos y empezar por nosotros mismos, porque, si no ponemos de nuestra parte, nada va a cambiar. Porque en toda esta historia de los profesionales infravalorados hay muchas cosas que no cuadran.

«Pensaba que negociar a través de un intérprete iba a ser lento y molesto, pero ahora veo lo mucho que me ayudarías y te necesitaría mañana también».

Gracias a la globalización, el mercado de la comunicación interlingüística es ahora más amplio que nunca. Hoy casi todas las empresas, incluso las más pequeñas, tienen medios y aspiran a alcanzar el mercado global. Ese fenómeno crea una enorme necesidad de negociaciones, conversaciones, presentaciones y diálogos entre personas que hablan diferentes idiomas. Incluso las personas físicas se mueven con total libertad y facilidad, y estudian, trabajan, crean empresas, compran casas y utilizan servicios de toda clase en territorios de lenguas que desconocen. Justo ahora es cuando nuestra profesión debería estar en auge. Entonces, ¿por qué no nos contratan? Una parte de la respuesta me la dio uno de mis clientes, con quien trabajé como intérprete de enlace durante una misión comercial de tres días. Me contrató para un día completo de reuniones. Al final de la jornada, me dijo: «Una pena que no te haya contratado para los demás días. Pensaba que negociar a través de un intérprete iba a ser lento y molesto, pero ahora veo lo mucho que me ayudarías y te necesitaría mañana también». Pero no pude trabajar los demás días, porque el presupuesto para la misión estaba cerrado. Pensé, entonces, que probablemente esta situación sucede mucho más a menudo de lo que pensamos, porque en aquel momento se dieron todas las circunstancias de un proyecto ideal de interpretación: había trabajo que hacer y había dinero, porque el proyecto estaba financiado por los fondos de la UE. Pero no me contrataron por una única razón: porque el empresario pensó que el intérprete le iba a molestar y no le iba a ayudar en nada. No porque tuviera malas intenciones o prejuicios contra los intérpretes; sencillamente, no sabía cómo trabaja un intérprete y qué le podía aportar.

Así llegamos a nuestro primer círculo vicioso, el que empieza con el punto de vista del empresario. Se ha comprobado que las empresas son capaces de gastar mucho dinero siempre y cuando estén convencidas de que ese gasto significa una inversión, es decir, que o les traerá beneficios o les protegerá frente a alguna pérdida considerable. Por eso, ninguna empresa que se precie se atrevería a prescindir de un abogado, un contable o un informático, a los que normalmente contrata con un altísimo nivel y, por tanto, a cambio de tarifas más altas, porque saben que de esta elección puede depender el éxito de su negocio.

Los empresarios muchas veces confían la tarea de sus negociaciones extranjeras a un trabajador que tiene un B2 de inglés.

Mucho menos nos imaginamos una situación en la que, en vez de un abogado, ese trabajo lo desempeñe una persona que haya asistido a unas clases de derecho en verano o que, en vez de un contable, lo haga alguien que sacaba buenas notas en matemáticas en el colegio o que, en vez de un informático, se ha contratado a cualquiera que alegue que tiene un ordenador. Por desgracia, es lo que a menudo ocurre con la interpretación. Los empresarios muchas veces confían la tarea de sus negociaciones extranjeras a un trabajador que tiene un B2 de inglés, o prefieren asistir a unas cuantas clases del idioma del país, pensando que, con eso, el Translator en el móvil y chapurreando inglés, es suficiente.

Resulta todavía más ilógico si tenemos en cuenta que el mundo empresarial sí está concienciado de que una buena comunicación es la clave del éxito de un negocio y que existe todo un mercado de trabajo, muy bien pagado, orientado a mejorar las destrezas comunicativas tanto de los propios empresarios como de sus empleados: cursos de negociación, oratoria, comunicación intercultural... ¿Por qué entonces prescinden de los profesionales que han dedicado toda su vida a la formación en estas áreas?

Desgraciadamente, las malas interpretaciones tienen demasiada visibilidad.

En esta parte se encuentra el eslabón débil de nuestro círculo, y parece que los empresarios no saben que contratar a un intérprete cualificado es una inversión. Por tanto, no ven por qué deben pagar mucho por este tipo de servicios y, si se atreven, buscan los recursos más baratos. Así, no son los buenos intérpretes quienes realizan estos servicios, sino personas que no saben muy bien lo que hacen, y el resultado es catastrófico, no solo para el empresario, sino sobre todo para la profesión. Porque una mala interpretación trasmite el mensaje al mundo de que los intérpretes no solo no ayudan, sino que molestan y que, en realidad, cualquiera lo haría mejor. Desgraciadamente, las malas interpretaciones tienen demasiada visibilidad, y así el círculo se cierra y se perpetúa, y los empresarios ven cada vez menos beneficios en el hecho de invertir en un intérprete.

¿Y nosotros? ¿Estamos tan seguros de lo que podemos aportar al mundo empresarial?

Lo primero que se nos viene a la cabeza al pensar en el valor añadido que ofrecemos los profesionales frente a los «intrusos» es la formación. Esa formación que obtenemos en las carreras de Traducción e Interpretación y en los cursos de máster de Interpretación. En los planes de estudios del grado de Traducción e Interpretación en España aparece la división entre interpretación simultánea, consecutiva y bilateral, y así también trasladamos nuestra oferta al mercado.

Por el momento, está universalmente aceptado que la reina de todas las interpretaciones, la gran simultánea, es la que indiscutiblemente necesita especialización, formación y mucha práctica. No se discute que es una tarea muy difícil que debería ser realizada por un intérprete profesional y, por tanto, las tarifas siguen siendo altas. En segundo lugar está la interpretación consecutiva, aunque los propios intérpretes muchas veces decimos que es igual o incluso más difícil que la simultánea, por el nivel de estrés que supone hablar en público y la carga de memoria o la dificultad de la toma de notas. El mercado, los clientes y los «intrusos» ya no son tan unívocos como en el caso de la simultánea. Al público en general ya no le parece tan difícil, porque hay tiempo suficiente para pensarse la traducción y no hay que usar equipo que espanta a quien no lo haya usado nunca; por tanto, hay más personas que, sin ser conscientes de las dificultades que conlleva, se prestan a hacerlo a tarifas muy por debajo de las que cobran los profesionales, y hay clientes que no ven este servicio como algo que debería realizar un profesional. Por eso, las consecutivas mal hechas resultan muy evidentes. Un ejemplo perfecto de ello son las ruedas de prensa de los clubes de fútbol, muchas de las cuales se han hecho virales por los errores de los intérpretes, cómicos para el público, trágicos para la profesión.

Todos conversamos todos los días, por lo que prevalece una sensación de que no hay que prepararse.

En tercer lugar se encuentra nuestra protagonista, la interpretación bilateral o, como se denomina en los países anglosajones, la «interpretación del diálogo». No implica utilizar ningún equipo y consiste en interpretar una conversación. Esta modalidad es la que, muy erróneamente, se considera la más fácil, la que menos formación y práctica necesita, por lo que también es la más barata. Al fin y al cabo, todos los que sabemos idiomas hemos empezado por interpretar conversaciones de nuestros amigos o familiares. Todos conversamos todos los días, por lo que prevalece una sensación de que no hay que prepararse, ni formarse tanto para poder interpretar un diálogo. Los cursos y materiales de formación para esta modalidad son mucho menos elaborados que para las demás modalidades. Esas opiniones sobre la interpretación bilateral son también muy comunes entre los mismos intérpretes. Partiendo de esta premisa —que no hace falta tanta especialización en la materia— se refuerza la afirmación de que la interpretación bilateral la puede realizar cualquiera y es lo que al final ocurre, que la realiza cualquiera que sepa dos idiomas, porque total, ¿en qué difieren sus competencias de las de los profesionales?

Si no nos tomamos en serio nuestra formación y práctica de estas competencias, no podremos competir como profesionales frente a los «intrusos».

Este es otro, y quizás el más importante, de los grandes círculos viciosos de la interpretación bilateral. Si nosotros mismos no sabemos cuál es el valor añadido que aportamos al ejercicio de esta modalidad como profesionales, difícilmente podemos hacérselo ver y vendérselo al cliente potencial. Si no reivindicamos el nivel de especialización necesario y las dificultades intrínsecas de este tipo de servicio, que requieren un dominio muy profundo de las diferencias culturales y los diferentes estilos conversacionales, la gestión de la comunicación entre todos los participantes, un cambio constante del código lingüístico, etc., si no nos tomamos en serio nuestra formación y práctica de estas competencias, no podremos competir como profesionales frente a los «intrusos».

Afortunadamente, a finales del siglo xx se produjo un cambio, y la interpretación bilateral, de la que antes no se hablaba prácticamente nada, ha empezado a estar cada vez más en el foco del interés de investigadores y formadores. Se ha reafirmado la gran diversidad de los campos y de las características particulares en los que es necesario tener una formación específica, y eso ha llevado a varias organizaciones y asociaciones a publicar guías o códigos deontológicos, sobre todo en los ámbitos judiciales y sanitarios. Por fin se han reconocido las graves consecuencias a las que puede dar lugar un error en la interpretación cuando se trata de los ámbitos de más relevancia para la vida del ser humano: su salud y su seguridad.

Por el momento, tenemos que concluir que los intérpretes en España no pueden ganarse la vida interpretando para los servicios públicos.

Desgraciadamente, el panorama teórico en este caso no va de la mano con la práctica. En España, al tratarse del sector público, la contratación de intérpretes se rige por limitaciones presupuestarias, y la importancia de un servicio de calidad queda en otro plano. Ya se están debatiendo en muchos foros las consecuencias desastrosas de la contratación de empresas por licitaciones públicas para la interpretación judicial, pero la triste realidad es que las condiciones que se les ofrecen a los intérpretes para colaborar con los órganos judiciales son inaceptables para los profesionales; por tanto, a menudo se deja en manos de personas no cualificadas. El sector sanitario público tampoco emplea a intérpretes profesionales, sino que se sirve de voluntarios y familiares u otros miembros del personal con conocimiento de idiomas. Es necesario hacer todos los esfuerzos posibles para mejorar esta situación, pero los cambios implican una transformación del sistema e incluso una transformación social. La calidad de la interpretación, es decir, un servicio prestado por intérpretes profesionales, debe ser considerado un derecho de los usuarios. Sin embargo, desde el punto de vista económico no constituye estrictamente una inversión; en otras palabras, no siempre se traduce en dinero. Así que, por el momento, tenemos que concluir que los intérpretes en España no pueden ganarse la vida interpretando para los servicios públicos.

No obstante, de algo hay que vivir. El sector empresarial es donde hay dinero, donde la interpretación de calidad puede ser hasta decisiva para el éxito del negocio y, por tanto, constituye una inversión. Actualmente, hay muy poca formación disponible sobre la interpretación en el mundo empresarial, así que un intérprete, aunque formado, cuando va a interpretar a una reunión de negocios, tiene dos herramientas: una es la formación sobre las reglas de profesionalidad en la modalidad de interpretación bilateral en otros sectores y la otra, su propia intuición.

El resto se gana con experiencia. He podido comprobar que las necesidades de los clientes en los dos sectores, público y privado, son distintas, y que aplicar al pie de la letra el código deontológico, por ejemplo, de la interpretación judicial, puede provocar desconfianza en nuestros clientes. Ser profesionales en un juzgado significa ser exactos, literales, neutrales, imparciales, casi invisibles; por otro lado, no importa que la audiencia se prolongue o que sea aburrida para las partes. Aplicar todas estas premisas en el sector privado empresarial resulta perjudicial para la percepción de nuestro trabajo y las expectativas de nuestros clientes.

En una negociación tenemos que ser parte del equipo negociador, participamos como uno más, sin ideas propias, pero siempre a favor del cliente.

El requisito de que el intérprete sea siempre exacto y literal significa que muchas veces en este tipo de trabajos se nos confunda con «diccionarios con patas». Parecemos unos robots que automáticamente repiten lo que se está diciendo, y en consecuencia, es de temer que al final seamos reemplazados por las máquinas. Desde luego, el último requisito de los clientes es que seamos imparciales. En una negociación comercial nadie es imparcial, hay objetivos en juego y estrategias para conseguirlos, y la herramienta, la comunicación, la dominamos solo nosotros. En una negociación tenemos que ser parte del equipo negociador, participamos como uno más, sin ideas propias, pero siempre a favor del cliente. Representamos al cliente, no somos invisibles. Es imposible serlo, porque estamos allí en carne y hueso, las palabras se dirigen directamente a nosotros, y tenemos que dar la imagen adecuada. Por tanto, sería imprescindible, antes de la interpretación, incluso en el momento de la contratación del servicio, quedar con el cliente, hablar de sus expectativas sobre nuestro trabajo, preguntar cuáles son los objetivos que quiere conseguir y cómo piensa hacerlo y, al mismo tiempo, meternos en el tema del que se va a hablar, para poder preparar los glosarios, etc. Los abogados lo hacen, se ven con sus clientes y elaboran estrategias, pero en el mundo de la interpretación, por el momento, es poco común.

Tenemos inculcado que no podemos opinar, ni añadir comentarios nuestros. Solo podemos traducir, pero eso es un requisito imposible de cumplir y realmente al intentarlo parecemos inhumanos, cuando el servicio que prestamos, en cambio, es muy personal. En mi experiencia como intérprete, la primera vez que escuché de mi cliente la pregunta: «¿Qué opinas? ¿Lo crees?», no sabía qué hacer. Pensé que sería poco profesional contestar: «Yo no opino, yo solo traduzco». Sin embargo, posteriormente la escuché mil veces más, y ya me parece de lo más normal, como también me lo parece contestar. Porque la pregunta es razonable: mucha parte de la comunicación no es verbal, y lo no verbal está inmerso en un código cultural que el cliente no domina. Lo conoce solo el intérprete, así que, si lo pide, debe darle su interpretación también de ese código. En vez de «traductores robots», los intérpretes deberíamos actuar como asesores interculturales. Si conocemos cuáles son las intenciones de nuestros clientes, podemos llegar a dar consejos en temas culturales que el cliente no conoce. Normalmente un empresario que necesita ayuda con el idioma desconoce también las costumbres, la mentalidad de la cultura, por lo que ofrecerle cuanta información podamos y que le pueda resultar útil antes de la reunión le hará sentirse más seguro y, más importante, más seguro de la necesidad de tener un intérprete al lado.

Un intérprete de bilateral tiene que ser un excelente comunicador, dotado de un alto grado de empatía y de una expresividad digna de un actor.

Otra habilidad clave del intérprete en la mesa de negociación es la gestión de la interpretación. Al entrar ya hay muchas cuestiones que resolver: ¿dónde me siento?, ¿cómo gestiono los turnos de habla?, etc. El tiempo en los juzgados no importa, pero al empresario le importa mucho, así que tenemos que asegurarnos de que la conversación sea dinámica, que no aburra a nadie, y contar para eso con las intervenciones del intérprete. Los participantes deben tener la sensación de que están interactuando entre ellos y tener confianza en que, aunque no entiendan el idioma, estamos transmitiendo su mensaje; por ese motivo, un intérprete de bilateral tiene que ser un excelente comunicador, dotado de un alto grado de empatía y de una expresividad digna de un actor. Así se gana la confianza del cliente. Porque es precisamente la desconfianza la que destruye el mercado.

Resumiendo, las competencias interpersonales son lo que nos distingue de las máquinas, y romper estos círculos viciosos depende de nosotros: ¿cómo pretendemos trabajar en el mundo de los negocios si no sabemos nada de negocios? La prueba está en que no sabemos vender nuestros servicios, y por ahí es por donde deberíamos empezar. Si nosotros mismos no le añadimos valor a nuestro trabajo, ese trabajo lo podrá hacer cualquiera, incluso los robots. Si nosotros mismos no reconocemos la interpretación bilateral como una modalidad difícil, que necesita formación específica y mucha práctica, no lo reconocerá nadie. Si no nos centramos en el cliente y en conocer sus necesidades y expectativas, nunca se dará cuenta de que él también nos necesita. Así que deberíamos empezar por nosotros, por adquirir la formación adecuada y especializada en el sector, estar seguros del valor añadido que podemos ofrecer con nuestra profesionalidad, haciendo hincapié en las competencias interculturales e interpersonales y, sobre todo, salir a educar a los clientes, hacernos visibles, demostrar lo que sabemos y convencerlos de que realmente somos una inversión.

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