La Linterna del Traductor
Corrección y revisión

La lengua que no cesa: charla con Elena Álvarez Mellado y Elena Hernández Gómez

Elena Álvarez Mellado y Elena Hernández Gómez

Mientras mana o deja de manar

La norma mana del uso, pero… mientras mana o deja de manar, los trabajadores de la lengua (véanse traductores, revisores y correctores) vivimos en una permanente zozobra, en un desequilibrio hacia un lado o el otro, en función de las necesidades del texto. Y necesitamos tablones a los que agarrarnos, sobre todo, cuando llegan sunamis en forma de cambio lingüístico.

Vamos a pedir tablones a dos mujeres que en su día a día timonean sus naves en lados lejanos, que no opuestos, de este maremágnum. Elena Hernández, junto a su equipo, saca todos los días la norma de su estantería y la pone a trabajar a nuestro servicio en el departamento de RAE Informa. Elena Álvarez Mellado está atenta a todos los fenómenos lingüísticos que se producen a pie de hablante para analizarlos científicamente. Ambas han sido muy generosas y han respondido a nuestro cuestionario-carta de navegación.

Elena Álvarez Mellado
Elena Álvarez Mellado es lingüista computacional y estudiante de posgrado en la Universidad de Brandeis (Massachusetts). Ha trabajado en proyectos de tecnología lingüística en la UNED, en Fundéu y en Molino de Ideas. Compagina su labor como lingüista con la faceta de divulgadora: ha escrito el libro Anatomía de la lengua, es parte del consejo editorial de la revista Archiletras y escribe una columna sobre lengua para eldiario.es, columna por la que recibió en 2017 el Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes.

Elena Hernández
Elena Hernández. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, se incorporó en 1988 al Seminario de Lexicografía de la RAE como redactora del Diccionario histórico de la lengua española. Desde 1998 es la responsable el Departamento de «Español al día» de esa institución, desde donde ha dirigido y coordinado, como redactora jefe, la elaboración del Diccionario panhispánico de dudas (2005) y la Ortografía de la lengua española (2010), así como la versión básica de esta última (2012). Gestiona la sección de consultas lingüísticas de la cuenta @RAEinforma en Twitter y colabora en el programa de Onda Cero Por fin no es lunes con una pequeña sección sobre dudas idiomáticas llamada «Dice la RAE».

Parece que el cambio lingüístico más evidente en este momento es el tira y afloja con el lenguaje inclusivo y las posibilidades de nuevos morfemas de género como la terminación -e. ¿Cómo analizáis esta tensión lingüística y cuál es vuestro pronóstico al respecto?

Elena Álvarez Mellado: A mí me parece de los fenómenos lingüísticos más interesantes de estos años. Por un lado, sabemos que, en principio, el género como marca gramatical o la noción de no marcado no son algo que podamos cambiar los hablantes de forma consciente o voluntaria. Forma parte del andamiaje gramatical que escapa a nuestro control como hablantes individuales. Pero, a pesar de que se supone que esos cambios están fuera de nuestra voluntad, existe una parte de los hablantes (y en especial en determinadas situaciones comunicativas) que tienen una cierta inquietud social y deciden meterle mano y hacer propuestas creativas. Prosperará más o menos, será más o menos probable que arraigue, pero en cualquier caso es fascinante ver a los hablantes reflexionar sobre los usos lingüísticos y hacer cosas con la lengua que, supuestamente, no era esperable que hicieran. Y eso es interesantísimo, no solo desde el punto de vista de la gramática: creo que tendemos a aproximarnos a este fenómeno solo desde la perspectiva gramatical, cuando es un fenómeno que se puede analizar desde la sociolingüística, el análisis del discurso o incluso la semántica de prototipos. Pienso mucho sobre esto y la única conclusión a la que llego es que cada vez lo tengo menos claro, así que me temo que no tengo pronósticos. Solo la certeza de que este es un fenómeno fascinante que presenciar. Tengo mucha curiosidad por descubrir qué habrá pasado con este tema dentro de veinte años.

Elena Hernández Gómez: La cuarta ola feminista en la que estamos inmersos ha puesto el foco, entre otras cosas, en el lenguaje y, en efecto, en estos momentos es máxima la polarización entre quienes piensan que esa es una lucha que hay que librar de manera activa y quienes piensan, como yo, que no es ese el terreno en el que hay que centrar los esfuerzos reivindicativos, porque son los cambios sociales los que tienen reflejo en la lengua, y no al revés. Así se constata en fenómenos como la creación de femeninos para profesiones que no lo tenían por la sencilla razón de que no había mujeres ejerciéndolas (abogada, ingeniera, bombera, arquitecta, diputada, ministra, etc.), en la aparición de femeninos morfemáticamente explícitos en nombres que eran comunes en cuanto al género (presidenta, jefa, jueza, concejala, incluso, aunque con timidez aún, pilota, etc.) o en la conversión de epicenos masculinos en comunes o incluso con femenino flexivo (María es un genio/una genio/una genia). Todos esos fenómenos son posibilidades que el sistema lingüístico pone a disposición de los hablantes y que se activan, se materializan, de forma espontánea cuando emerge una nueva realidad que debe ser nombrada. Pero intervenir de forma artificial, incluso impositiva —como ocurre ya, por desgracia, en muchas instancias administrativas e incluso docentes— en el sistema de la morfología de género creando artificiosamente mecanismos —seudomorfemas como @, x, e, los dos primeros, por cierto, solo válidos en la escritura— para evitar el uso genérico de masculino gramatical, imprescindible para el adecuado funcionamiento del todo el entramado sintáctico, me parece inútil y peligroso. Inútil, porque cualquiera que ponga el oído en una conversación espontánea en el metro, en el mercado, en el bar... comprobará que el verdadero mecanismo lingüístico inclusivo sigue siendo el uso genérico del masculino gramatical (¡ay, cómo nos han colado la etiqueta de «lenguaje inclusivo» para esa neolengua reivindicada por un cierto sector del feminismo —que no todo— como si el que hablamos el común de los hablantes no lo fuera!); peligroso, porque divide a las personas, también a las mujeres, en un terreno, la lengua, que es justo la herramienta que debe servir para entendernos y para luchar, todos juntos, por la igualdad real. Mi pronóstico: a medida que la mujer ocupe la posición que le corresponde a todos los niveles en la sociedad remitirá la fiebre inclusivista, que recordaremos como un mal sarampión.

Otro de los fenómenos de nuestros días es la manipulación lingüística en favor de intereses políticos o económicos. Se habla del lenguaje de la posverdad, pero nadie sabe muy bien a qué se refiere el término. ¿Existe un tipo de lenguaje específico para engañarnos? ¿Cuáles son sus características?

Elena Álvarez Mellado: La verdad es que yo no sé qué es la posverdad o por lo menos no entiendo el concepto, más allá de que es una etiqueta periodística que se ha puesto de moda. ¿La posverdad es mentir con descaro? ¿Apelar a las emociones en el discurso público con intenciones maliciosas? ¿Dar información manipulada para desencadenar el sesgo de confirmación de la audiencia? Juraría que todo eso se ha hecho siempre. Pero no lo sé, a lo mejor hay algo que se me escapa.

En cuanto a los mecanismos que ofrece la lengua para la manipulación y la mentira en el discurso público, es imposible no hablar de Lakoff y su análisis de los marcos de metáforas. Los términos en los que se habla de un tema (las metáforas que usamos para referirnos a él) influyen en cómo conceptualizamos ese tema y también en cómo lo abordamos. Hay un estudio de hace unos años en el que se medía experimentalmente cómo reaccionaba una población ante distintas versiones de una misma noticia sobre el aumento de crímenes en su ciudad. Según la noticia estuviese redactada usando unas metáforas u otras (en un caso se describía la criminalidad como si fuera un virus; en el otro, como si fuese una bestia que anda suelta), los vecinos eran partidarios de tomar medidas preventivas o medidas punitivas. Es un ejemplo experimental de cómo se puede manipular o dirigir la opinión pública a través de la lengua de forma sutil. Políticos y publicistas manejan bien estos recursos, así que a los ciudadanos de a pie nos vendría bien conocerlos para evitar que nos la cuelen.

Elena Hernández Gómez: Gracias al desarrollo de las neurociencias, en los últimos años ha quedado muy debilitada la creencia ilustrada de que es el pensamiento racional y objetivo lo que guía nuestro comportamiento sociopolítico. Hoy sabemos que ese comportamiento tiene una base fuertemente emocional e inconsciente, y viene determinado por el marco mental, el sistema conceptual de ideas y relaciones desde el que juzgamos lo que nos rodea, lo que consideramos justo e injusto, bueno o malo. Por eso hoy son tan importantes conceptos como el relato, la narrativa, la forma en que se enmarcan los hechos, las palabras con las que describimos las cosas. Un ejemplo perfecto de esto es la etiqueta «lenguaje inclusivo» a la que antes me refería, que nos sitúa en un marco mental según el cual el lenguaje que se aparta de los dictados que aquel impone es excluyente y, por tanto, injusto. No es real, pero funciona a nivel inconsciente: ¿qué persona decente se opondría a algo llamado «lenguaje inclusivo»? Por eso es una etiqueta peligrosa, además de falsa: porque sitúa del lado de la injusticia a quienes no comulgan con esos postulados, aunque su apoyo a la lucha por la igualdad sea inequívoco, o atrae de buena fe a personas que creen que tienen que defender esa neolengua para luchar contra la discriminación de las mujeres. Hay que tener mucho cuidado con las metáforas o etiquetas que se utilizan para hablar de según qué cosas. Hay metáforas que nos predisponen a favor o en contra del hecho al que se refieren: si hablo de guerra contra el terror, algo intrínsecamente malo, como la guerra, se convierte en algo justo o bueno porque lucha contra algo peor: el terror(ismo); o si hablo de la inmigración como una invasión, el marco en el que sitúo el fenómeno tiene fuertes connotaciones negativas. Todo esto lo sabe muy bien mi colega Elena Álvarez Mellado, que ganó el premio Miguel Delibes de Periodismo con un artículo titulado «Metáforas peligrosas: el cáncer como lucha». Hoy hay una rama de estudio, la neuropolítica, que está desentrañando cómo funcionan todos estos mecanismos y es un hecho que hay muchas instancias de poder interesadas en utilizar todo ese conocimiento en su favor, y no necesariamente en el nuestro.

¿Cómo analizáis el fenómeno de la lengua de Internet?

Elena Álvarez Mellado: Junto con la cuestión de género, es, con mucha probabilidad, mi fenómeno lingüístico favorito de nuestro tiempo. Es una cuestión fascinante: hasta ahora teníamos una separación relativamente nítida entre la oralidad y la escritura. Pero con las redes sociales y los servicios de mensajería, esa frontera clara se ha vuelto borrosa y nos encontramos con un tipo de escritura conversacional que en realidad se parece mucho a lo oral. Pero esa escritura pseudooral carece de tono, de gesto y de todos los matices propios de la oralidad. Así que, de alguna manera, a los hablantes parece que se les queda pequeña la escritura tradicional para las necesidades comunicativas que estas formas de interacción requieren, por lo que idean todo tipo de recursos para dotar de expresividad oral a lo que ponen por escrito (como las mayúsculas, los asteriscos, los GIF, los emojis). Hay trabajos interesantísimos en lingüística que estudian estos fenómenos: pienso en el trabajo que realizan lingüistas como Carlota de Benito, Ana Estrada o Gretchen McCulloch (al otro lado del charco).

Elena Hernández Gómez: Considerando la Red en un sentido amplio, que incluye no solo ya la pantalla del ordenador, sino también la más escueta de los dispositivos móviles, sean tabletas o teléfonos inteligentes, frente al lenguaje de los soportes o canales de comunicación escrita tradicionales (libros, periódicos, revistas, cartas…) se percibe de inmediato su principal característica: la diversidad. Diversidad no solo en relación con los distintos marcos en los que puede inscribirse la comunicación electrónica (páginas web, blogs, foros, chats, correos electrónicos, mensajes de texto en aplicaciones de mensajería instantánea como WhatsApp, redes sociales como Facebook o Twitter…), sino diversidad también en el tipo de actos comunicativos que albergan esos marcos.

En esta intrincada selva electrónica, los ejemplares que más interesa analizar son los que muestran un mayor grado de desviación con respecto a los usos de la escritura normativa tradicional. Y estas desviaciones aparecen, sobre todo, cuando el intercambio comunicativo es informal e interpersonal y, en especial, cuando se trata de interacciones privadas, sean estas de tú a tú o en el ámbito de un grupo escogido o autorizado de personas unidas por lazos emocionales o intereses comunes.

Este tipo de interacciones comunicativas se caracteriza por su naturaleza híbrida en la medida en que, siendo manifestaciones escritas, presentan rasgos propios de la comunicación oral. En pocas palabras, un porcentaje elevado de quienes se expresan a través de estos medios escribe como habla. Así, nos encontramos a menudo, sobre todo cuando la comunicación se produce en tiempo real, ante lo que se ha dado en llamar conversación escrita. Justo la dinámica conversacional de muchas de estas interacciones propicia la aparición de rasgos de escritura que son ajenos a las convenciones normativas que regulan la comunicación escrita, llamémosle, ortodoxa. Nada que objetar, salvo que quienes así escriben en esos ámbitos sepan que no pueden trasladar esas «licencias» a la comunicación escrita formal.

Como profesionales de la lengua, nos enfrentamos muy a menudo a trabajos, ya sea de traducción o de corrección, para los que nos piden adaptar el texto a una variedad de español determinada (Argentina, México, por ejemplo) o lo que es más peliagudo: al español neutro. ¿Existe el español neutro? ¿Hay suficientes diferencias entre las variedades de español como para que se necesite adaptación de, por ejemplo, un texto técnico o un guion de cine?

Elena Álvarez Mellado: Es un tema interesantísimo (y un escollo nada fácil al que os enfrentáis los traductores y correctores), pero me temo que no tengo el conocimiento suficiente para emitir una opinión fundamentada. Lo que sospecho es que quizá la extrañeza o las dificultades de comprensión mutua que puedan darse entre distintas variedades de español disminuirían si estuviésemos más acostumbrados a escuchar variedades distintas a la nuestra. El español que oímos a diario en los medios de comunicación es muy homogéneo y nos estamos perdiendo una riqueza enorme. Quizá en vez de aspirar a usar variedades supuestamente neutras (que en realidad nunca lo son) estaría bien que todos los hispanohablantes tuviésemos una mayor exposición a distintas variedades. No estaría mal empezar por casa: ojalá en los medios de comunicación de España se oyeran más variedades lingüísticas y hubiese una mayor diversidad de acentos.

Elena Hernández Gómez: Creo que sucumbir a la tentación del subtitulado es tener muy poca confianza en la inteligencia de nuestro lector o espectador. Salvo en casos extremos de argot delincuencial, donde incluso un hablante del propio país ajeno a esa jerga podría sentirse perdido, las diferencias que se dan entre las distintas variedades del español en cada uno de los países hispanohablantes son perfectamente descodificables por hablantes de otras variedades. Se entenderá todo o casi todo con ayuda del contexto y de la intuición, y el subtitulado no hará sino impedir que  hablantes de una determinada variedad aprecien y disfruten las particularidades de otra variedad. En el caso de las obras de arte (teatro, cine, novela…), no tengo duda: no intervendría en ningún caso. Sería casi como aceptar que no pueda ponerse en escena un texto de Lope o Calderón sin actualizarlo porque contiene voces o construcciones ajenas al espectador de hoy. En cuanto a los textos técnicos, quizá en casos concretos de conceptos con variantes léxicas muy dispares podrían aclararse las posibles dudas del lector con notas del traductor indicando los equivalentes en otras variedades y, en último término, para solventarlas, siempre puede recurrirse a la consulta de un buen diccionario. En cuanto al español neutro, es una variedad facticia, un estándar artificial en el que priman rasgos de la variedad numéricamente más amplia, que es la mexicana, con la consiguiente exclusión de rasgos lingüísticos característicos de otras variedades que tienen todo el derecho a gozar de visibilidad y aprecio. En definitiva, no creo que el español neutro aporte beneficios que compensen el empobrecimiento que puede causar. No lo considero necesario.

En este frenesí de realidades cambiantes y cambio lingüístico acelerado solo nos queda la certeza de la norma, que es nuestra salvación para darle uniformidad y sentido al texto en el que trabajamos. Es el corsé del que tanto nos quejamos y que tanto necesitamos. ¿Cuándo conviene aflojarlo y cuándo no queda otra opción que apretar?

Elena Álvarez Mellado: Entiendo que nadie mejor que el profesional de la corrección o de la traducción para saber qué procede en cada caso. A los lingüistas, en cambio, lo que nos compete es entender la lengua tal y como es, no cómo creemos que debería ser o cómo dice la norma que debería ser. Al fin y al cabo, lo que llamamos norma culta es una parcela relativamente pequeña de la inmensidad que es la lengua. Quizá justo esa sea una de las labores de correctores y traductores: trazar la frontera entre lo que entra dentro de la jurisdicción de la norma culta y lo que no.

Elena Hernández Gómez: Los correctores son profesionales con criterio. Un buen corrector sabe que la norma es cambiante en el largo plazo y graduable en el corto: el margen de aplicación de los juicios normativos es amplio y va de la censura de lo claramente incorrecto, fruto del error o del desconocimiento de la gramática, a la recomendación de lo que resulta nada más que preferible por acomodarse al uso mayoritario de los hablantes cultos de hoy. Es preciso, por tanto, que el corrector analice el tipo de texto que tiene entre manos y, en su intervención, conjugue equilibradamente la innegociable corrección lingüística con el respeto por las elecciones del autor siempre que estas no conculquen el núcleo duro de la norma. Las etapas de transición normativa, donde conviven usos emergentes y usos declinantes, son las más difíciles de gestionar desde el punto de vista de la corrección, porque uno sospecha que aquello que se está condenando hoy acabará aceptándose mañana. En esos casos, quizá lo más honesto sea la advertencia al autor y una simple recomendación.

Vamos con otro de nuestros caballos de batalla, en especial, en algunos campos como la gastronomía, la ciencia o la medicina: el manejo de los neologismos. ¿Cuándo cruza el préstamo la frontera entre barbarismo y neologismo? ¿Cuándo se despoja de la cursiva?

Elena Álvarez Mellado: Todo es neologismo. Lo que pasa es que algunos son tan viejos que ya no nos acordamos de que en su día lo fueron. Como lingüista, lo más interesante de los neologismos es observar los cómos: cómo entra una palabra nueva y cómo se aclimata al nuevo entorno. 

Elena Hernández Gómez: Una de las vías más importantes de ampliación del léxico de una lengua ha sido siempre, en cualquier época, el préstamo, esto es, la incorporación de voces de otras lenguas, fenómeno especialmente frecuente en ciertos ámbitos, como los que citas. Por lo general, el préstamo va asociado a la aparición de nuevas realidades o conceptos que traen incorporado el nombre en la lengua del país donde han surgido o que ha contribuido a su divulgación. No es un fenómeno rechazable, salvo que se trate de neologismos innecesarios fruto del esnobismo o del desconocimiento de la existencia de equivalentes en la lengua propia, pero sí hay que hacer una neta distinción formal y tipográfica entre los extranjerismos que se acomodan a nuestras reglas ortográficas y los que no. Solo estos últimos deben escribirse en cursiva, marca que indica, simplemente, que su configuración gráfica y la pronunciación asociada no son las esperables en una palabra española. Si el extranjerismo mantiene ese apartamiento de nuestra ortografía, deberá mantener la cursiva; la perderá cuando se adapte o cuando no planteando problemas de adaptación a nuestra ortografía se haya incorporado al caudal léxico de los hispanohablantes, como ha ocurrido con anglicismos como box, set o kit. La adaptación, ya sea gráfica (como en cruasán, del fr. croissant), ya sea fónica (como en wifi, pronunciado [güífi]) es la vía de acomodación de los préstamos a nuestra lengua, de modo que su incorporación sirva a las nuevas necesidades expresivas sin poner en riesgo la simplicidad de nuestra ortografía.

¿Leen los androides poemas automáticos? Dicho de otra forma, la revolución tecnológica ha traído la traducción automática y los sistemas de reconocimiento de voz que procesan y responden a nuestros mensajes. ¿Cómo creéis que afectará esta revolución a la lengua? ¿La necesaria simplificación para que estos sistemas procesen la lengua provocará, a su vez, que la sintaxis y el léxico también se simplifiquen?

Elena Álvarez Mellado: En absoluto. No creo que la interacción lengua-tecnología conlleve o pueda conllevar en el futuro que la lengua se simplifique para hacerles la vida más fácil a los sistemas de procesamiento lingüístico. Sería como pensar que como el cuerpo humano es muy complejo y diagnosticar es muy difícil, vamos a ver si simplificamos la fisiología humana para que las máquinas nos diagnostiquen mejor… Es al revés: el esfuerzo habrá que ponerlo en crear sistemas que entiendan mejor la lengua y que puedan bregar (o que lo hagan mejor) con la comunicación humana en toda su complejidad. Tenemos que sofisticar los sistemas, no simplificar nuestra lengua.

Elena Hernández Gómez: No soy, en absoluto, una experta en este terreno, de modo que solo puedo manifestar una opinión del todo desinformada, si se me permite la frivolidad: supongo que tendrá que ser la tecnología la que se aproxime cada vez más al lenguaje natural siendo capaz de interpretar y replicar su complejidad, y no al revés. No creo en absoluto que la interacción con las máquinas vaya a modificar para mal la capacidad expresiva del ser humano. En todo caso, será la máquina la que tendrá que aprender a comunicarse mejor lidiando con aspectos tan humanos como la ironía o resolviendo del modo adecuado las posibles ambigüedades que el ser humano despeja sin problemas a partir de la información aportada por el contexto comunicativo o por su conocimiento del mundo.

Por penúltimo (la última pregunta es vuestra), ¿qué obra de referencia consideráis esencial para todo aquel que trabaja con la lengua?

Obras de referencia

Elena Álvarez Mellado: La verdad es que se me hace muy complicado escoger una obra, porque bajo el paraguas de trabajadores de la lengua somos tantos perfiles y tan variados… Probablemente, las obras que yo consulto a diario como lingüista computacional no tengan nada que ver con las que maneja Elena en su trabajo. Pero creo que hay un recurso que nos une a todos: los corpus. Trabajes en la rama en la que trabajes, al final siempre acabas echando mano de ellos. En lingüística computacional son fundamentales, y qué decir en traducción o en corrección (de dónde emana la norma si no es del uso), en lexicografía, en historia de la lengua, etc. A todas las ramas de la lengua les queda bien un corpus.

Que los corpus sean el elemento que compartimos todos los que nos dedicamos a la lengua no es solo una coincidencia simpática. En mi humilde opinión, creo que tiene una lectura trascendental: que la lengua es, por encima de cualquier cosa, uso. Y que, por lo tanto, nuestro trabajo debe ser necesariamente empírico y apoyarse en datos.

Elena Hernández Gómez: La respuesta que me viene a la mente, sabiendo que no se ajusta del todo al planteamiento de la pregunta, es… Internet. Y es que Internet es hoy casi un todo en uno: un inmenso corpus textual en sí mismo, una ingente biblioteca de obras de referencia, de diccionarios y glosarios de todo tipo, de artículos sobre temas específicos, la vía de acceso a la consulta de todos los grandes corpus y bancos de datos lingüísticos creados por multitud de organismos y grupos de investigación… En suma, poco hay fuera de este inmenso Aleph que es Internet. Y por tanto es hoy la herramienta esencial. Quizá la única obra que yo consulto con mucha frecuencia y aún no tiene posibilidad de acceso fuera del papel es el Diccionario del español actual, de Seco, Andrés y Ramos, en mi opinión, con diferencia, el mejor diccionario de español (aunque solo del español europeo, eso sí) por su metodología y por la cantidad de información gramatical y de uso que aporta. Y sus derivados, como el Diccionario fraseológico documentado del español actual. Seguro que hay muchas otras obras útiles para aspectos parciales, pero no creo que una sola permita en ningún caso resolver todas las cuestiones que el estudio de la lengua nos puede plantear.

Pregunta de Elena Álvarez Mellado a Elena Hernández Gómez

Estamos en el año 2040: ¿qué ha sido de la Academia en ese lapso de veinte años? ¿En qué se ha convertido/en qué crees que debería convertirse? ¿Qué tipo de trabajo realiza? Es decir, ¿qué debería ser la Academia en los próximos veinte años?

Para mí, la tarea fundamental que debe llevar a cabo una institución como la RAE, siempre en estrecha colaboración con el resto de academias que conforman la ASALE, es construir y  mantener el diccionario total de la lengua española: ese gran diccionario, al estilo del Oxford English Dictionary, que analice todo el léxico documentado del español en su vasta dimensión espaciotemporal; que describa las piezas léxicas en todos sus  aspectos: sus variantes gráficas y de pronunciación, su etimología, su distribución geográfica, su ámbito y registro de uso, su morfología, sus significados, su comportamiento sintáctico, las recomendaciones normativas y de uso, si las hubiere, etc. Un diccionario digital potente, que sea a la vez histórico y sincrónico, descriptivo del uso y con orientaciones normativas, con muchas capas de información, personalizable en su consulta en función de los intereses del usuario. En suma, la madre de todos los diccionarios, y nunca mejor dicho, pues una obra de ese tipo constituye, a la postre, una gigantesca base de datos lexicográfica de la que poder derivar después multitud de diccionarios adaptados a intereses parciales o específicos. La RAE es consciente de que elaborar ese tipo de diccionario es una asignatura pendiente que tiene la lengua española y nunca ha dejado de luchar por aprobarla, pero es algo que requiere un compromiso a largo plazo y recursos suficientes. Espero que antes o después ese compromiso y esos recursos queden asegurados y podamos avanzar hacia la meta.

Pregunta de Elena Hernández Gómez a Elena Álvarez Mellado

Mañana te nombran ministra de la lengua (vamos a asumir que existe un Ministerio de la Lengua/de asuntos lingüísticos/del lenguaje y las lenguas y que es un Ministerio de la Lengua del bien, no en plan distopía orwelliana): ¿cuál es tu primera medida como ministra?

Puestas a fantasear (y suponiendo que en esta fantasía estaría bien asesorada por gente sabia y que busca el bien para el mundo), creo que priorizaría la accesibilidad lingüística. Debería ser obligatorio que el Estado se comunicase con los ciudadanos de una forma clara y comprensible para toda la población adulta, con independencia de su extracción social, nivel cultural, diversidad funcional u origen geográfico. Esto pasa por eliminar los textos innecesariamente complejos y gongorinos a los que la administración nos tiene acostumbrados (pienso en la declaración de la renta, los documentos judiciales, las notificaciones oficiales), pero también por revisar las fuentes tipográficas o las lenguas en las que puede uno dirigirse a la administración. En el caso de la complejidad textual, creo que la claridad y la sencillez deberían ser obligatorias para todos aquellos textos que tengan relevancia en la vida de las personas, independientemente de que los firme la administración o no (como los prospectos médicos, los contratos de trabajo o las hipotecas). Al fin y al cabo, la accesibilidad lingüística es una forma de justicia social.

No nos cansamos de leerlas y les plantearíamos muchas preguntas más, pero la lengua no cesa y ya las reclama. Gracias a ambas por prestaros a esta charla y por regalarnos una dosis de vuestra lucidez y conocimientos.

Entrevista de Ana González Corcho

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