La Linterna del Traductor
Corrección y revisión

Un riesgo fundamental o la posibilidad no tan remota de perdernos en la corrección

Marian Ruiz Garrido

Una cosa es escribir y otra corregir, dos actividades muy distintas y con distintos grados de complejidad; y otra, más distinta y compleja aún, es amar el lenguaje. Hay amores que matan y los hay que matan y dejan escenarios que para sí quisiera Tarantino. El riesgo que corremos como correctores es saltarnos varias gasolineras en la búsqueda de la excelencia y acabar derrapando en ciertas líneas rojas.

Marian Ruiz Garrido
Marian Ruiz Garrido estudió Filología Hispánica en los Estudios Universitarios y Técnicos de Guipúzcoa (E.U.T.G., Donostia), y Arte y Decoración en el Instituto Politécnico Diocesano Nieves Cano, de Vitoria-Gasteiz (Álava). Fue redactora y correctora en Edidec (2000-2004) y trabajó de forma periódica en la reforma de interiores (1987-2013), tanto por cuenta ajena como propia. Es técnico editorial y, desde 2015 y como autónoma, se dedica en exclusiva a la corrección y edición de textos para particulares. Colabora con las publicaciones digitales Capítulo 1 y MoonMagazine, y es autora del blog marianruiz.com. Es socia de UniCo.

Corregir por encima de nuestras posibilidades

A las dificultades de carácter lingüístico se nos suma la tarea de lidiar con los clientes y, ¡quién lo diría!, hasta con los compañeros de profesión.

Velar por el buen uso del idioma nunca debería restar espacio a otro propósito: ser útiles, didácticos, respetuosos con quien puede incluso pecar de impertinente. ¡Eh!, que el otro lo sea no debería arrebatarnos la paz ni forzarnos a sacar la catana. No hay más que ver cómo se lo montan la RAE o la Fundéu cuando algún usuario pretende subírseles a las barbas. Con qué finura, qué ingenio; cuánta contención no exenta de picardía y cuánto sentido de la propia dignidad.

Porque están las posibilidades y están las realidades, y las realidades son territorios llenos de maleza y emboscadas. Nuestras casas de correctores tienen puertas y ventanas que nos invitan a cuestionar los límites y a conducirnos con pasión contenida.

¡Ah! y, sin embargo, en el fragor de la batalla, se nos olvida que somos propietarios de estas casas; que las asociaciones de correctores son ya entes serios que buscan no solo dar visibilidad a la profesión, sino conducirse con derechos y deberes. Con una ética que salvaguarde no solo la casa de uno, sino la del otro.

Pero, a veces —en el fragor de la batalla—, nos comportamos como meros supervivientes.

Anécdotas que manchan

Recientemente me he visto involucrada en dos situaciones que me han hecho pensar si no nos estamos perdiendo en la corrección: una compañera, que denominaré A, cuestionaba la legitimidad de ciertas afirmaciones que hacía otra compañera, que llamaré B. Y algo que sucedió en privado acabó trascendiendo. Es fácil que B no haya vuelto sobre el mensaje para verificar cuánto de razón podía contener la crítica y que la rabia por haberse visto denostada suplantase cualquier razonamiento posterior.

Se alaba en público, se corrige en privado, sugiere la máxima.

Imagen de un rompecabezas

Puzle. Imagen de Hans Braxmeier, en Pixabay.

Se alaba en público, se corrige en privado, sugiere la máxima. Puede que la compañera A solo pretendiera sacar de un error a la compañera B. Y puede que luego quisiera hacer extensible la aclaración a quienes estuvieran tentados de jalear lo que consideraba un error de B. Vaya por delante que antepuso la validez del escrito de B y que no era un problema de contenido, sino de sentido; aun así, la desproporción entre el espacio reservado a la crítica frente al de la alabanza dejaba poco lugar a las dudas. Más que indicar una inexactitud, revelaba un afán manifiesto por hacer valer la propia razón. En otro grupo, un miembro manifestaba que se había negado a leer la obra de Robert McKee titulada El guión porque mantenía la tilde, cuando la Ortografía de la RAE se la ventiló en 2010.

No hay razones por debajo de estos comportamientos, sino emociones.

Es fácil que la compañera B estuviera en buena disposición de atender la observación de la compañera A cuando se dirigió a ella en privado. Después, alguien con buena voluntad y sin calibrar las consecuencias —inspirada por un afán de revancha o de mero lucimiento personal, quién sabe— puso altavoz y rompió las vallas, de modo que lo reservado pasó a ser público. Es difícil resistirse a un momento de gloria en un mundo competitivo. La resultante es que A se vio puesta en evidencia. El secuestro emocional estaba servido.

Recoger los destrozos

Cuando se trata de evaluar ciertos comportamientos que manchan y dejan el patio hecho unos zorros, miramos para otro lado.

Cuidamos a los clientes (solo faltaría…) y reciclamos los desperdicios y nos llevamos las manos a la cabeza cuando vemos caquitas y papelitos y plastiquitos tirados por ahí o márgenes de ríos a punto de colapsar. Nos sobreviene una especie de espasmo de amor instantáneo y, al mismo tiempo, ganas proporcionales de asesinar a alguien. Pero cuando se trata de evaluar ciertos comportamientos que manchan y dejan el patio hecho unos zorros, miramos para otro lado. A ver quién es el guapo que se mete ahí.

Pero lo que ensucia no surge de repente, no es aquello de «¡huy, si ayer no estaba!». Retrocedemos. Anteayer nos fuimos dejando una respuesta demasiado corta o airada o vacía. O puede que hiciéramos un uso meramente utilitarista del otro; que apenas diéramos las gracias.

Imagen de un rascacielos visto desde abajo

Arquitectura. Imagen de Michel Gaida, en Pixabay.

Sueño con que hagamos del lenguaje algo sostenible. Y para mí, hacerlo sostenible es cuidarlo, pero es antes cuidar las propias actitudes y comportamientos.

Los antiguos decían aquello de «ser hombre de palabra». Seámoslo hasta las últimas consecuencias: hombres y mujeres de palabra. Esto implica amarlo sin desmesuras que ladeen a ese hombre o a esa mujer para rebajarlos a segunda división… por un quítame allá una coma; aunque sea criminal (bueno, en este caso, ya no estoy tan segura…). En fin: echémosle humor. Usemos las palabras para el humor y defendámonos con ingenio si somos nosotros los agraviados.

Es alucinante pensar que con las veintisiete letras del alfabeto podemos divertir, intrigar, persuadir. Y que podemos también intimidar, violentar, desprestigiar. Antes de que la casa se nos llene de restos más costosos de reciclar, vayamos limpiando; quizá una disculpa o un «se me calentó la boca» sirvan de dique. Pues vale. Algo hacen.

Con el código deontológico en la mano

Y con el código de buenas maneras hemos topado. Si asimilamos los valores que impulsan nuestro desempeño como correctores, ejercer la profesión desde ahí afirmará un cierto modo de ser amables e invitadores.

El primer apartado del vademécum comportamental de Asetrad, en el capítulo de deberes generales, dice textualmente:

Los miembros de Asetrad se abstendrán de cometer acciones que puedan menoscabar el prestigio de la profesión.
Evitarán la competencia desleal.

Y en el que se refiere a la relación entre profesionales:

Los miembros de la asociación deberán regirse por el principio de solidaridad profesional. No causarán perjuicio injustificado a otros profesionales y brindarán su ayuda a los compañeros que la necesiten, especialmente a los menos experimentados.

El de UniCo dice lo mismo y en términos similares:

Evitarán la competencia desleal.
El principio de solidaridad profesional deberá estar siempre presente. Estarán dispuestos a ofrecer su ayuda a los compañeros que la necesiten, especialmente a los menos experimentados.

De haber sido Cristo el redactor de estos códigos —disculpas por el desbarre—, habría dicho «ama y haz lo que quieras, como si ese “loquequieras” implica corregir». Todavía hay que decirlo.

Cada día lo vemos en las redes sociales: a uno se le va la olla y a otro, que no pierde ripio, se le va la mano; y lo ridiculiza repartiendo normas y oremus como mandobles.

Porque hay quien se viene arriba cuando se trata de censurar. Cada día lo vemos en las redes sociales: a uno se le va la olla y a otro, que no pierde ripio, se le va la mano; y lo ridiculiza repartiendo normas y oremus como mandobles; por el artículo treinta y tres, que no hay espacio ni para ser amable ni para ofrecer argumentos racionales.

El desconocimiento del otro o su impericia a la hora de expresar algo con poco acierto no lo vuelve criminal. Desconocer la ley es un principio de derecho civil; solo de derecho civil. No lo recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Actuar con responsabilidad es más que corregir textos

La cuestión de fondo es lo que enredan actuaciones así y la desconfianza que suscitan. Quien se ve ofrendado en sacrificio público redacta una carta de despido que guarda con celo en el cajón de agravios. Ese pobre ingenuo que había depositado su confianza en nosotros se cortocircuita; quizá chisporrotea un poco… y colapsa. Y si no colapsa, se parapeta, atranca puertas y ventanas y se dedica a vivir hacia adentro.

La práctica de la corrección, desde mi punto de vista, invita a la didáctica, pero a una didáctica que uno practica consigo mismo antes que con otros. Uno corrige su propio comportamiento y se da lecciones de ética; y luego ya, si eso, va y hace lo que quiere. Las primeras tachaduras deberían dirigirse hacia las formas en que uno se desempeña. De lo contrario, la idea de suscitar amor por el buen uso del idioma resulta baldía.

Amemos la ortografía y la sintaxis, pero no las convirtamos en diosas o estaremos a un paso del fundamentalismo.

Porque el lenguaje no es solo la herramienta. No tenemos el lenguaje como un artilugio que manejamos con destreza para enmendar errores ajenos. Somos lenguaje. No hay acción ni pensamiento que podamos deslindar de él. Así que, amemos la ortografía y la sintaxis, pero no las convirtamos en diosas o estaremos a un paso del fundamentalismo.

Solo una mirada de largo alcance nos convierte en protagonistas de historias que están más allá de las letras. No las armemos en términos de conquistadores y conquistados. La lengua no merece un trato así (y la historia está llena de conflictos así).

Acabo, no sin antes…

Yo, que fui cocinera antes que monja —más que fraile— y que me he movido en aguas no solo lingüísticas, sé que en todos los grupos humanos hay quienes despuntan por sus conocimientos. No descubro la pólvora. Y es significativo que también en cada grupo haya quienes, porque saben más, se comportan con cierta arrogancia que trasciende el orgullo de saber; y quienes, en el lado contrario, practican una humildad que tampoco es virtuosa. Podría decir, si me atreviera, que a unos les falta modestia para compartir lo que saben sin menospreciar y los otros carecen de cierta autoestima para defender la propia mirada sin perder la dignidad ni el estilo; y para agradecer a quien ofrece.

Nadie es infalible. A mayor altura se sitúa uno y desde mayor altura puede ser la caída. Y a menor altura, menor también la credibilidad que ofrece. No es la profesión la que nos hace; somos nosotros quienes hacemos de la profesión un lugar habitable, deseable. Cuando la rivalidad en forma de competitividad nos ciega, estamos a un tris de ponerlo todo perdido.

Deberíamos tener presente que estamos rodeados de letras tanto como de miradas. Y que, si no embridamos los caballos antes de saltar a la arena, ser corrector profesional acabará siendo una profesión de alto riesgo.

Entre normas, criterios y oficio, hagamos del lenguaje un ente tan sostenible que, de verdad, nos ampare a todos.

Entre normas, criterios y oficio, hagamos del lenguaje un ente tan sostenible que, de verdad, nos ampare a todos. Y que nosotros, correctores que vivimos de lo que arroja el mantel, hagamos de lo sostenible un sustantivo de lingüística aplicada y comportamental.

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