La Linterna del Traductor
Panorama

Voluntariado y discriminación positiva

Berna Wang

Podemos negarnos a traducir sobre o para determinadas actividades o empresas, pero también podemos favorecer con nuestro trabajo no remunerado otras actividades o grupos. Y enseñar a estos que, si quieren traducciones de calidad, unificadas y en un plazo determinado, no pueden depender del trabajo voluntario.

Berna Wang
Berna Wang nació en Madrid (España), en 1957. Nos cuenta: «Soy traductora (de inglés a español) y profesora de la Escuela de Escritores y de su máster de Narrativa. También corrijo y edito textos en español, y doy talleres en los que trabajamos con el cuerpo, la mente y la escritura. Hace un tiempo, escribí y publiqué dos libros de poesía: Pequeños accidentes caseros y La mirada oblicua. Me incluyeron en la antología La escritura plural: 33 poetas entre la dispersión y la continuidad de una cultura. Durante muchos años fui poeta en excedencia, pero en 2019 terminé Cosas que me explica mi madre, gracias (en parte) a una ayuda a la creación literaria de la Comunidad Autónoma de Madrid. También soy meditadora y madre. Pero nada de eso me define del todo: estoy siempre en transición».

Llegué a la traducción por un camino raro. Venía del mundo de la música: había estudiado violín de niña, lo había dejado con la excusa de la Reválida de sexto, lo había retomado a los 21 y, tres años después, decidí dejarlo de nuevo sin saber a qué iba a dedicarme. Así que tenía 24 años y estaba un poco perdida.

Como había que pagar facturas y comer (y, a ser posible, cenar), me puse a trabajar de lo primero que encontré. Y era tan aburrido que tenía que hacer algo para conseguir levantarme por las mañanas. «¿Qué me gustaba en el instituto?», pensé. «Lengua y Literatura e Inglés».

(Sí, justo de lo que vivo ahora).

Así que me matriculé en inglés y, en un par de años de ir a clase todos los días, tenía mis certificados de proficiency. Dejé aquel trabajo, que me estaba enfermando (literalmente) y, como no sé quedarme quieta, me metí a hacer cosas como voluntaria. Dejé aquel trabajo, que me estaba enfermando (literalmente) y, como no sé quedarme quieta, me metí a hacer cosas como voluntaria. Di clases de inglés en Yeserías, que entonces era la cárcel de mujeres de Madrid. Y empecé a traducir para Amnistía Internacional.

En realidad, lo mío nunca ha sido una vocación estrictamente lingüística. O no del todo. Me gustaban las lenguas, devoraba todo lo legible (malo y bueno) y cuando era pequeña quería ser escritora… Pero mi frase favorita de niña era: «¡Esto no es justo!». Por eso a nadie le extrañó que a los 21 años me casara con el padre de mi hijo que, en aquel entonces, era abogado laboralista.

Mi marido estaba en el grupo de abogados de Amnistía (que, además, se reunía en nuestra casa porque yo les daba de cenar). Y así fue como conocí a esta oenegé, gracias a las tortillas de patata improvisadas con patatas de bolsa.

Yo sigo convencida de que me dieron el puesto porque era la que tecleaba más rápido y no porque fuera buena traductora.

Y por eso, cuando dejé mi trabajo como auxiliar de contabilidad en una pequeña fábrica de confección, fui a la oficina de Amnistía, en la calle Recoletos, y empecé a traerme documentos a casa para traducir.

Unos meses después, decidieron contratar a alguien que tradujera profesionalmente. Nos presentamos a la prueba siete personas. Yo sigo convencida de que me dieron el puesto porque era la que tecleaba más rápido y no porque fuera buena traductora. A día de hoy, creo que la única persona que conozco que escribe más rápido que yo es mi hijo y a veces pienso que es porque me pasé el embarazo estrenándome como traductora en un despacho compartido de la sección española de Amnistía, tecleando en una máquina de escribir eléctrica sobre una mesa de metal que, si sonaba a demonios desde fuera, desde dentro del líquido amniótico debía de ser una pesadilla.

Dibujo de una mujer mecanografiando

The Type Writer, de Ten Eyck. Publicada en Scientific American 6 (27). Agosto de 1872, Nueva York (EE. UU.)

Esta fue mi primera experiencia positiva como traductora voluntaria. Para mí fue todo un privilegio llegar a la organización justo cuando esta empezaba a crecer en muchos sentidos, no solo en membresía, sino también en conciencia lingüística. Y desde esa horrible mesa metálica gris, sede (junto con la correspondiente silla) del Servicio Español de Traducción de Amnistía (cuya única traductora era yo), hasta el actual Centro de Recursos de Lenguas, con profesionales de la traducción y la edición en plantilla, más los autónomos, han pasado casi 36 años, muchos jefes, muchas situaciones, muchas reorganizaciones… no todas buenas, como cabía esperar. Lo que quiero destacar aquí es que la organización se dio cuenta de que, si quería traducciones de calidad, unificadas y en un plazo determinado, no podía depender del trabajo voluntario (y que yo, sin querer, había averiguado que me gustaba y sabía traducir —en aquel momento, con un abogado a un lado y un profesor de inglés al otro— y que había quien pensaba que valía la pena pagarme por ello). Lo que quiero destacar aquí es que la organización se dio cuenta de que, si quería traducciones de calidad, unificadas y en un plazo determinado, no podía depender del trabajo voluntario. De los primeros glosarios en Word a la base de datos terminológica en Multiterm, del télex y sus cintas perforadas a Twitter, han pasado más de media vida y muchas cosas.

A finales de 1988 me hice autónoma. Seguí traduciendo para Amnistía y, durante un tiempo, volví a ser voluntaria, esta vez y, debido a mis cuatro años de experiencia, coordinando y revisando al resto de los traductores voluntarios.

Mientras tanto, había empezado a traducir para una agencia.

Yo ya tenía claro que iba a hacer objeción de conciencia en determinados temas (el de las armas, el más evidente), pero, hasta unos años después, en 1991, no pensé que también podía hacer «objeción positiva» o «activa». En enero de ese año, en vísperas de mi mudanza a Orihuela y de la primera guerra del Golfo (cuando Irak invadió Kuwait), lo único que se me ocurrió que podía aportar contra la guerra y que estaba a mi alcance era no cobrar la traducción de los textos que contribuyeran a detener esa guerra.

Meses después, ya en Orihuela, vi el anuncio de un artículo cuyo título me sonaba. Buscando en mi disco duro, descubrí que, en efecto, lo había traducido yo sin saber para quién era. Estaba publicado en Papeles para la paz (la revista de título más cacofónico del mundo hispanohablante), del Centro de Investigación para la Paz (CIP) de la Fundación Hogar del Empleado. Contacté con el Centro para que me enviaran un ejemplar, cosa que hicieron, junto con una petición de presupuesto, porque les había gustado la traducción y querían contar conmigo.

Para hacerlo corto: estuve traduciendo mucho tiempo para el CIP (hasta que desapareció) y cada año les subía la tarifa un porcentaje más alto que lo habitual porque tanto el Centro como yo éramos muy conscientes de que la tarifa estaba por debajo de lo que se pagaba en el mercado.

La mayoría de mis clientes en el ámbito de los derechos humanos, las relaciones internacionales y la investigación para la paz —tal vez todos— han llegado a través de mi relación profesional con Amnistía y con el CIP: Creo que cuando más he disfrutado en toda mi vida profesional como traductora ha sido en esas sesiones a tres en las que podíamos estar dos horas para traducir cuatro versos. el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, el Seminario de Investigación para la Paz, el Centro Noruego para la Resolución de Conflictos (NOREF) y otras entidades y fundaciones que desaparecieron tragados por la crisis de hace diez años.

En mi otra especialización, el budismo tibetano, me pasó algo parecido: empecé a corregir a vuelapluma algunos de los textos que usábamos en clase (canciones de realización del místico tibetano Milarepa, plegarias); luego, ya de un modo más formal, me encargaron editar las traducciones del tibetano que hacía otra persona. Más adelante, empecé a traducir textos del inglés que revisaban, conmigo, dos personas: una traductora griega que sabía tibetano, francés e inglés (y que, además, había estudiado traducción y conocía, a veces de memoria, el texto original tibetano cuya traducción al inglés yo retraducía) y una persona que conocía bien el fondo del texto. Eran textos sobre filosofía que incluían estrofas en verso. Creo que cuando más he disfrutado en toda mi vida profesional como traductora ha sido en esas sesiones a tres en las que podíamos estar dos horas para traducir cuatro versos. También en este caso llegó un momento en que, obviamente, se dieron cuenta de que, si querían las traducciones en un plazo razonable y que les diera prioridad, tenían que ser clientes; es decir, tenían que pagar, por poco que fuera.

En parte, supongo que he tenido suerte; en parte, esa suerte la he salido a buscar. Contado así, quizá parezca que todo ha sido fácil, pero no lo ha sido. Existe el chantaje emocional directo («es para la causa») o pasivo-agresivo, tanto para apurar plazos como para pedir descuentos por volumen. También hay situaciones que bordean la condición de falso autónomo. Y las oenegés y las organizaciones religiosas están dirigidas por personas que, como en cualquier otra empresa, pueden practicar el acoso laboral y la discriminación de género. Si la organización está pagando otros servicios (alquiler, imprenta, limpieza de los locales, transporte) a precio de mercado ¿por qué no la traducción? Una traductora me advirtió de que tuviera en cuenta (y dijera a mi cliente) que si iban a pedir una subvención para una publicación, debían pedir suficiente para pagar una tarifa digna a todos los profesionales, traductores también. Si la organización está pagando otros servicios (alquiler, imprenta, limpieza de los locales, transporte) a precio de mercado ¿por qué no la traducción?

En cualquier caso, sigo traduciendo por amor al arte, literalmente. Empecé a traducir fragmentos breves de textos budistas en Facebook a petición de una amiga, pero alguien (desesperado porque no encontraba cierto texto) me pidió que abriera un blog, donde es más fácil guardar y ordenar los textos, y buscarlos. Así que, hace unos años, volví a la blogosfera con dos blogs con traducciones pro bono: Dharma en español, para textos budistas (sobre todo de divulgación) y Traducciones (y otros textos) para todo lo demás.

Disfruto mucho traduciendo; creo que es de las cosas que mejor se me dan y hay textos que me gustan tanto (por su belleza, por su profundidad, por su utilidad) que siento la necesidad de que tengan acceso a ellos otras personas. Por los comentarios que recibo (algunos realmente conmovedores), parece que ha sido una buena decisión. Creo que pocos placeres hay mayores que sentirse útil… y traducir lo que quiero y cuando quiero, sin presiones.

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