Helena Cortés Gabaudan (Salamanca,
1962) trabaja desde noviembre de 2005
como directora del Instituto Cervantes,
primero en Bremen y actualmente en
Hamburgo. Tras estudiar y doctorarse
en la Universidad de Salamanca, pasó a
ser profesora titular de Lengua y Literatura
alemanas en la Universidad de Vigo
a partir de 1992. Como germanista, ha
centrado su investigación en el campo
del pensamiento mítico y la mitología
germánica (El Señor del Fuego. Mitos y
símbolos del herrero germánico. Un estudio
sobre mitos, antropología, tradiciones
populares y simbología. Editorial
Miraguano, Madrid, 2004) y la figura
de Hölderlin (Claves para una lectura
de Hiperión. Política, ética y estética en
Hölderlin, Ediciones Hiperión, Madrid,
1996). Además, ha realizado numerosas
traducciones de obras de Hölderlin,
Heidegger y Goethe, entre otros. Destaca
su reciente traducción rítmica del
Fausto (Editorial Abada, Madrid, 2010).
Es miembro del Consejo Editorial de La Linterna del Traductor.
Existen unos cuantos códigos deontológicos
para traductores, pero muy pocos se
refieren a la traducción literaria en particular.
De entre ellos, uno de los primeros que
se encuentra en Internet ni siquiera llega a
reunir más de 7 normas, y las que incluye
apenas tienen que ver con lo que realmente
garantiza la calidad de una traducción
literaria; es un mero listado de requisitos
básicos del traductor en general y de aspectos
legales (vid. el código deontológico
del traductor literario redactado por el
Consejo Europeo de Asociaciones de Traductores
Literarios, ceatl). Ante esta carencia,
hemos redactado, entre bromas y
veras, un pequeño código personal para
traductores literarios noveles, un decálogo
que solo se basa en los cientos de horas
solitarias, ingratas, desesperantes, pero
siempre felices, pasadas frente a los textos
de los grandes autores.
DECÁLOGO DEL BUEN TRADUCTOR LITERARIO
- Humildad (o, lo que otros llaman fidelidad
al texto). No trates de ser más brillante
que el propio autor; en general,
la mayor literalidad posible en fondo
y forma es la mejor norma, aunque
siempre creando un texto propio y sin
caer en la burda copia. Si tienes siempre
la tentación de mejorar el original,
si te gusta adaptar y añadir cosas de tu
cosecha o cortar y simplificar las partes
complejas, escribe novelas, pero no
traduzcas. Y, en particular, si eres poeta
y te encanta traducir poesía, haz un
esfuerzo: olvida tu condición por un
instante y sé solo traductor. El lector no
quiere leer tus versos.
- Sensatez. Algunos escritores son gente rara, sí, ¡pero no tantos! En general no escriben
estupideces ni insensateces. Así pues, si algo te sorprende sobremanera o parece no tener
ningún sentido, es casi seguro que te has equivocado. Indaga. Seguro que algo se te está
escapando.
- Sentido estético. Traducir correctamente el contenido de la obra original puede ser relativamente
fácil, pero no hay que olvidarse de la forma estética. Analiza a fondo los recursos
estilísticos y estéticos empleados por el autor y trata de lograr lo mismo en tu propio
idioma. De no ser así, tanto daría hacer un buen resumen del contenido como traducir la
obra.
- Paciencia. Si quieres traducir literatura no puedes tener prisa, es labor interminable de
investigación, reescritura, relectura. Una recomendación: cuando hayas acabado de traducir,
olvida tu versión en un cajón durante un tiempo suficientemente largo como para
borrar de tu mente el original y haz una última lectura sin tener presente más que tu
sentido lingüístico y literario: en este momento, y solo en éste, tómate todas las libertades
que quieras con el texto hasta que a ti te suene bien, hasta hacerlo completamente tuyo,
hasta que deje de ser una traducción y se convierta en tu texto: ganará en fluidez, no sonará
a traducción y tendrá un estilo homogéneo.
- Cultura. Si no tienes cientos de horas de lectura acumulados, si careces de una sólida cultura
general y de cierta experiencia vital, si no conoces los clásicos y te aburre cualquier
libro que no esté lleno de acción y diálogos, si nunca ganaste un premio de redacción en
el colegio ni leías por las noches con una linterna debajo de las sábanas para que no te
riñeran, si nunca viajaste a los países cuyas lenguas traduces, en definitiva, si no tienes
gusto por la literatura: por favor ¡no te hagas traductor literario! Se gana más con los
manuales de autoayuda y los libros de cocina.
- Naturalidad. Es más importante que la obra suene bien en tu idioma y conseguir un
texto natural y fluido, carente de todo artificio, que el que se cuele alguna disculpable
metedura de pata. Y el que esté libre de error, que tire la primera piedra.
- Buena pluma. Si no tienes talento para escribir con gracia y soltura en tu propio idioma
no podrás ser nunca un buen traductor literario. Solo el que escribe bien traduce bien.
- Dominio de tu lengua. Ser bilingüe ayuda mucho, pero no es garantía de buena traducción.
Conocer bien la lengua de partida es un requisito técnico tan elemental como saber
leer y escribir, pero no aporta nada más. Conocer bien la lengua de llegada, haberse
perdido por sus más enrevesados vericuetos, saber jugar con ella, poder burlarse de
ella: esa es la condición para ser un buen traductor. Busca a quien domine muy bien la
lengua extranjera y tendrás, con suerte, un correcto traductor. Busca quien domine a
fondo su lengua materna y casi seguro que habrás encontrado a un buen traductor.
- Actualidad. No envejezcas a propósito una traducción para acercarla a la época del
autor. Piensa que los lectores contemporáneos del autor pudieron disfrutar de una
lectura fluida y natural en el idioma de su tiempo. No castigues a tus lectores con una
barrera idiomática artificial que solo provoca distancia. Para que el original siga siendo
tan accesible como en su tiempo, cada generación necesita una nueva traducción.
- Amor. O lo correcto no es igual a lo bueno. Cuántas traducciones hubo más o menos correctas
que son perfectamente olvidables, por grises, planas, carentes de toda vida. Tal
vez con un excelente adiestramiento se pueda conseguir un número aceptable de correctas
traducciones. Pero siempre hubo, hay y habrá muy pocas buenas traducciones.
En traducción literaria, traducción correcta no equivale a buena traducción. Porque
también hacen falta grandes dosis de empatía. Si a pesar de haber renegado del texto
más de mil veces, en el fondo has acabado sintiendo pasión por él y su autor, es señal
de que eres un traductor. Si en caso de existir la máquina del tiempo lo que más te
gustaría sería tener una entrevista con el clásico al que estás traduciendo, es señal de
que eres un traductor. Si lo que más te gusta al llegar a casa es sentarte ante tu libro, y
nunca te vas a la cama sin haber traducido al menos unas cuantas líneas —porque ése
es el momento que más disfrutas del día— es señal de que eres un traductor. Y es que,
además de profesión, hace falta un poco de vocación.
Estos diez mandamientos se encierran en dos: amarás a la literatura sobre todas las cosas
y a los textos que traduces como a ti mismo.
Conclusión
Hacer traducciones literarias es lo más parecido a tener hijos: es una gestación larga y
complicada, cuanto más se acerca el inexorable plazo de entrega más insoportable y más
pesado se vuelve el asunto, hay momentos en que detestas al que te embarcó en aquel lío y
te preguntas cómo pudiste aceptar; y llega siempre ese momento de extremo dolor, cuando
tienes que sacar fuera como sea la cabeza del infante, en que te juras a ti mismo que
nunca volverás a caer en semejante empresa… pero, en general, una vez que el niño ya
está fuera y lo miras, solo queda amor incondicional por tan trabajoso producto, pese a los
muchos fallos que pueda tener. Y es que ¿hay alguna madre que piense que sus hijos son
feos? En resumen, la traducción literaria no es una profesión, no da de comer ni se aprende
en la academia: es una vocación y un talento. Si no disfrutas con ella, no la ejerzas.
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