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Empresaria de fotodepilación
Colofón: No solo de pan vive el traductor

Empresaria de fotodepilación

María Sampedro
María Sampedro

María Sampedro se licenció en filología inglesa en el año 1987 por la Facultad de Filología de la Universidad de Valencia y, aunque cursó el cap, siempre ha trabajado en el campo de la traducción. Sus comienzos fueron en una importante empresa de importación y distribución, realizando labores de traductora e intérprete, durante once años. En diciembre de 1999, con el cambio tecnológico, y ante el asombro de propios y extraños, saltó al mundo de la traducción freelance. Desde febrero de 2010 es copropietaria de una franquicia, sin abandonar su trabajo de traductora.

Soy traductora. Me gusta mi profesión. Desde que terminé mis estudios he vivido de la traducción y tengo la intención de seguir en ello mientras el cuerpo y el mercado aguanten.

La soledad del traductor como profesional liberal es un hecho. Esta sensación de soledad se acentúa cuando durante once años se ha estado trabajando con ciento diez compañeros, aunque haya llovido bastante desde entonces.

Tengo una amiga que vive también esta soledad aunque de manera diferente: es directiva en una empresa del sector del metal, situada en un polígono industrial, en la que trabajan treinta hombres. Un día, charlando de estas cosas, decidimos que teníamos que montar un negocio que nos llenase este vacío, pero que nos permitiese seguir desempeñando nuestros trabajos. A ella le gusta dirigir su empresa y a mí me gusta traducir.

A esta conclusión llegamos hace unos tres años y desde entonces barajamos varias posibilidades que hubo que descartar. En octubre del año pasado, visitamos la Feria de la Franquicia y, después de informarnos de stand en stand, salimos decididas a valorar las posibilidades de montar una franquicia de fotodepilación y fotorrejuvenecimiento, sector totalmente alejado de nuestras profesiones, pero en alza en época de crisis.

Buscamos una bonita población con un número de habitantes suficiente y sin competencia en el sector, creamos una sociedad limitada de nueva empresa (se tarda solamente cuarenta y ocho horas, en lugar del mes que se tarda en constituir una sociedad limitada tradicional), buscamos un local en alquiler, solicitamos un préstamo ico, realizamos un cursillo que ofrece la franquicia para aprender a fotodepilar y gestionar nuestro negocio, tramitamos todas las licencias y permisos, no nos pudimos acoger a ninguna subvención. y contratamos a una fantástica esteticista titulada, a la que avala una prolongada trayectoria profesional, que es quien fotodepila y fotorrejuvenece a nuestros clientes. Vamos con frecuencia a nuestro centro y, si la esteticista se encuentra en cabina, nosotras mismas explicamos a nuestros clientes todos los detalles del tratamiento para eliminar el vello no deseado o mejorar el aspecto de nuestro rostro o manos. Sé fotodepilar, pero no lo hago, porque si defiendo la profesionalidad en la traducción, igualmente debo defenderla en el sector de la estética.

Al tener una franquicia, se trabaja con una marca conocida que transmite todo el saber hacer del negocio. El precio de la franquicia incluye la maquinaria, el mobiliario, los elementos decorativos, el programa informático e incluso los uniformes. Cierto es que no tenemos la libertad de ofrecer ningún otro servicio estético que no sea ofrecido por la franquicia, pero como contrapartida contamos con el respaldo de una empresa con más de 850 centros de fotodepilación por ipl (luz pulsada intensa) en ocho países y con un gabinete médico al que podemos consultar en cualquier momento.

A quien haya decidido eliminar el vello superfluo le recomiendo el tratamiento mediante ipl, puesto que se adapta a los diferentes tipos de piel y de vello, no duele, y es a la vez efectivo y económico, con tarifa plana por zona y sesión. Es una forma más divertida de invertir nuestras ganancias en la traducción que ingresarlas en el banco. Y además, es más rentable.

© Llorenç Serrahima
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