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Ana López
Ana López

Tras pasar tres aņos estudiando Dirección y Administra­ción de empresas en la Universidad de Granada, Ana López se dio cuenta de que echaba demasiado de menos las asignaturas lingüísticas y de idiomas, por lo que decidió empezar de cero y cambiar a la carrera que de verdad le interesaba: Traducción e Interpretación. Hoy sigue pensando que fue una de las mejores decisiones de su vida. Se licenció en junio de 2000 con la especialidad de traducción jurídica y económica, y es traductora-intérprete jurada de inglés. Después, el mundo laboral la ha llevado a dedicarse a la localización y la traducción técnica. Empezó trabajando en la plantilla de una pequeña empresa de traducción. Tras un breve paso por una escuela de idiomas, se incorporó en julio de 2002 a la plantilla del departamento de traducción de SDL Spain, donde sigue trabajando en la actualidad.

Desde que me licencié en junio de 2000, a excepción de unos meses como lo-mismo-sirvo-para-un-roto-que-para-un-descosido en una academia de inglés, toda mi vida profesional ha sido como traductora por cuenta ajena. Primero en una empresa pequeñita, en la que trabajábamos casi en familia, y más adelante en la oficina española de «una de las grandes». Y ahí sigo, ocho años después.

Por lo tanto, en mi caso, al típico desconocimiento de nuestra profesión («Así que has estudiado Traducción e Interpretación, ¿no? ¡Qué bonito, actriz.!») hay que añadirle el ser parte de un grupo minoritario dentro del gremio. Hasta ahora, para mí el ejercicio de la traducción no lleva consigo fines de semana delante del teclado ni incertidumbres sobre si este mes llegará más o menos dinero a mi cuenta corriente.

A cambio, veo con envidia cómo mis amigos autónomos pueden adaptar su jornada de trabajo para hacer cosas tan simples como ir al banco o al médico sin tener que dar explicaciones ni pedir permiso a nadie. O si me toca perder horas y horas de revisión para arreglar un despropósito de traducción, no lo voy a poder compensar con unas horas libres para despejarme ni cobrando alguna hora de recargo.

Tampoco puedo decirle a un jefe de proyectos que rechazo un trabajo porque para las fechas que me propone estoy ocupada, o porque el tema del texto no es mi especialidad. Pero que nadie se asuste. Eso no quiere decir que me tenga que poner a traducir sobre la marcha el manual de una cosechadora para cambiar un rato después a un texto sobre las últimas investigaciones en cardiología, y acabar la jornada con el guión de un vídeo promocional de una marca de ropa deportiva. Como tampoco es necesario que traslade mi residencia a la oficina si mis jefes de proyecto quieren que entregue 10 trabajos diferentes en la misma fecha (aunque de vez en cuando nos acerquemos peligrosamente a esta situación, no voy a negarlo).

En esos casos en los que me llega un trabajo de un tema del que no tengo suficientes conocimientos o en los que se acumula demasiado trabajo, hay que echar mano de la ayuda de otros traductores, ya sea de mis propios compañeros de oficina o de los traductores autónomos que colaboran con nosotros.

Contar con un equipo de unos 40 traductores en mi propia oficina es todo un lujo. Entre todos reunimos una buena gama de especialidades, ya que contamos con grupos dedicados específicamente a temas diferentes. Por ejemplo, un equipo se dedica a las traducciones médicas, otro a automoción, otro a los temas financieros y otros nos dedicamos a traducir los textos relacionados con la informática o la localización; además, están esos compañeros de los que todos sabemos que cuentan con ese «algo» especial para sacar todo el jugo a los textos más creativos, como videojuegos o materiales publicitarios. Eso quiere decir que, si en un proyecto de informática aparece un documento legal como la licencia de uso o si en otro proyecto de un fabricante de cosechadoras nos piden que traduzcamos una campaña publicitaria, el primer sitio al que podemos acudir para buscar traductor o resolver dudas es entre nuestros propios compañeros.

Además, en nuestro equipo hay tanto traductores recién licenciados que comienzan a dar sus primeros pasos profesionales como otros que tienen ya una amplia experiencia. Y en mi opinión ese es uno de los grandes valores del trabajo en plantilla para la gente que empieza en esta profesión: tener al lado a otros traductores más veteranos que no solo te pueden ayudar a resolver una duda, sino que a diario van a revisar tu trabajo y te van a ayudar a corregir errores. Para mí es la mejor escuela con la que un traductor puede soñar. Por eso siempre he pensado que al terminar la carrera, antes de lanzarte a ser traductor autónomo, es una buenísima idea pasar una temporada trabajando en la plantilla de una empresa.

Y cuando no es suficiente con los que formamos la plantilla, ya sea porque estamos todos ocupados o porque nos piden algo muy específico que se escapa de nuestras especialidades, toca cambiar el uniforme de traductor por el de gestor de proyectos. Es una tarea que, sinceramente, no a todos nos gusta realizar. Al fin y al cabo, somos traductores, nos gusta traducir, y creo que ninguno hicimos la carrera soñando con tener que dedicar la mitad del día a enviar correos electrónicos ofreciendo trabajos a otros traductores, subiendo y bajando archivos de servidores ftp, analizando archivos para sacar recuentos o calculando tarifas y haciendo pedidos de compra. Pero en vista de que es una de las tareas que se incluyen en el puesto de trabajo para el que nos contrataron, lo mejor es intentar verle la parte positiva y aprender también de ella.

Al trabajar en la plantilla de una empresa, de alguna forma somos una pieza más de su sistema y eso conlleva tener que hacer nuestra tarea siguiendo unos procedimientos determinados. Por eso, la colaboración con traductores autónomos es una oportunidad de «abrir una ventana» para que esa otra persona aporte puntos de vista diferentes, menos condicionados. Habrá casos en los que no nos quedará más remedio que descartar esas alternativas y seguir amoldándonos a los procedimientos internos, pero en muchos otros casos será una ocasión ideal de descubrir algo nuevo que nos enriquezca.

Al fin y al cabo, y estoy casi segura de que la mayoría de mis compañeros estarán de acuerdo conmigo, cuando ofrecemos un trabajo a un traductor autónomo lo que estamos haciendo es buscar a alguien que forme parte de nuestro equipo, aunque solo sea de forma temporal y sin vernos las caras. No voy a negar que tenemos presiones económicas para elegir a nuestros colaboradores, pero por suerte hasta el día de hoy puedo asegurar que todavía pesa más el criterio de calidad. Si tengo que buscar a alguien que traduzca un texto de uno de mis proyectos, hay muchas probabilidades de que sea yo misma la persona que haga la revisión de esa traducción, así que soy la primera interesada en que el resultado sea el mejor posible para que mi tarea posterior sea sencilla e indolora.

Otro detalle interesante es que nuestro departamento de traducción comparte oficina con otro departamento, el de maquetación o dtp. Esto no ocurre en las oficinas de todos los países y mi experiencia me ha demostrado que es una ventaja que deberíamos agradecer y aprovechar lo máximo posible. En muchos proyectos, nuestras traducciones pasan a manos de los maquetadores para preparar el formato final de los documentos. Después nos los suelen devolver para otra fase de revisión que nos permite comprobar esos detalles que a veces no son fáciles de detectar en los archivos que usamos para traducir. Por ejemplo, para asegurarnos de que todos los títulos están traducidos de la misma forma o de que la segmentación del texto de una tabla no nos haya jugado una mala pasada. Pero los clientes también imponen una serie de requisitos para la maquetación, como un tamaño de letra o un número de páginas específico, por lo que la colaboración entre traductores y maquetadores es fundamental. La suerte de estar todos cerca es que los posibles problemas se pueden solucionar con acercarte unos minutos a la mesa del otro.

No sé si seguiré mucho tiempo trabajando de esta forma o si en algún momento decidiré dar el salto y hacerme autónoma; por el momento estoy bien donde estoy y no me lo planteo. Lo que sí tengo claro es que, si algún día me decido, estos años me habrán aportado una enorme cantidad de conocimientos que seguro que me son muy útiles. He tenido a mi disposición todo tipo de herramientas de traducción, he podido aprender de mis compañeros, he participado en proyectos muy diversos de los que he podido conocer todas las fases del proceso y he tenido que enfrentarme y responder a los retos más sorprendentes. En tres palabras, una escuela impagable.

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