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Panorama: El dedo en el ojo

Hay cosas que no van bien en el mundo de la traducción. En nuestro entorno profesional se producen a diario situaciones censurables y hechos reprobables que no merecen aceptación sumisa, sino rechazo público bien fundado. Con frecuencia, el traductor autónomo que vive aislado entre las cuatro paredes de su despacho no conoce estas situaciones. Algunos traductores, correctores o intérpretes que las conocen, las aceptan con impasibilidad porque no les atañen. Y algunos colegas que se ven afectados por ellas las sufren con paciencia por pudor y por impotencia.

Con este artículo inauguramos una columna de opinión que habitualmente irá firmada por miembros de nuestra redacción. En ella criticaremos situaciones mejorables que afectan a nuestro colectivo profesional. Meteremos proverbialmente el dedo en el ojo a los responsables de que haya aspectos en nuestro trabajo que no funcionen bien.

Nuestra intención al lanzar esta nueva columna es triple: denunciar prácticas abusivas o deshonestas, esbozar soluciones desde la crítica y, cómo no, tender una amable ramita de olivo a los que se den por aludidos y pongan lo que esté en su mano para remediar las carencias denunciadas.

Una especie en peligro

Beatriz Pérez Alonso

Con la crisis, la biodiversidad del planeta ha ido en aumento y prolifera una nueva especie: el jefe de proyecto con complejo de bróker y ausencia de modales. Hay que hablarle con santa devoción. Le han dado cuatro lecciones sobre sometimiento y domesticación de traductores en la jungla, y se dedica a ejercer su puñado de poder a lo déspota, cual subastador de pescado en una lonja: manda el trabajo a varios traductores a la vez, y se lo da, con un cronómetro en la mano, al que primero llega a meta. Le gusta fomentar la competitividad insana y demostrar que no hay nadie imprescindible. Le divierte ver cómo se mata la gente por un cebo. No informa a nadie de su decisión: si en diez minutos no te ha llegado un pedido formal, ya sabes que has sido muy lento. Su consigna es que los traductores ganan demasiado y hay que bajarles los humos, así que ha hecho de «reeducarlos» su profesión.

La traducción es un oficio que no termina de profesionalizarse, y con tantos millones de parados es normal que miles de personas prueben fortuna e intenten ganarse la vida en él, como en otros. Pero está demostrado que no todo el mundo puede hacerlo. Además, por mucho trabajo que alguien quiera asumir, no es una máquina que se pueda explotar por turnos. Yo soy realista y sé que hay que adaptarse a la temperatura del agua en la que se está nadando, pero si está cociendo o bajo cero, creo que igual la mejor política es optar por ver un rato los toros desde la barrera. En este momento el mercado profesional está tocado y compite con el mercado bajo, que, a su vez, está más tocado aún y compite con el submercado, que directamente está para el arrastre y está haciendo polvo al inframercado... La falta de trabajo ha ocasionado un desplazamiento de mercados, y se está llegando a un punto en que, para mantener el poder adquisitivo, va a ser aconsejable compatibilizar la actividad con otras más rentables. Es una pena está involución, pero ahí está.

Recomiendo compaginar actividades, porque la angustia de no trabajar al ritmo que uno desea no es buena consejera, y esta clase de gente que no sabe o no quiere pararle los pies al cliente que pide sandeces o disparates, cuando no se los sugiere directamente ella para caerle en gracia, confunde al traductor con un saco terrero con la obligación de asumir todo tipo de marrones sin que nadie le pague por ello... Viņeta de GorinkaiPero la culpa es nuestra, porque si un mal jefe de proyecto —rompo una lanza por los buenos, aunque me da terror que estén entrando en fase de extinción— acepta cualquier disparate, es solo porque no piensa hacerlo él (o ella, que aquí sí que procede marcar el femenino para ser justos) y porque no tiene intención de pagarlo. Lo que es de nota es que traguemos. Ya sé que subir precios por exceso de demanda tiene sentido pero que hacerlo por falta de trabajo es garantía casi segura de no trabajar, y sin embargo estamos corriendo seriamente el riesgo de que llegue un momento en que, al bajar tanto los precios y aguantar tanto solo para que nos manden una traducción, la actividad deje de ser rentable, sobre todo con las condiciones fiscales a las que estamos sometidos. Y es que el valor añadido se ha convertido en una obligación.

Reflexionemos... Si estamos dispuestos a hacer gratis un trabajo que no nos corresponde y que el intermediario sí que va a cobrar, solo porque un tercero —cuando desesperados de la vida hay tantos— esté dispuesto a hacerlo, o si el cliente sigue recibiendo atención sin que se le haga notar que menos precio significa menos servicio necesariamente, es de entender que asumirá como algo eterno que trabajamos por amor al arte... Y digo yo: ¿Es que acaso no rige en traducción aquel principio comercial tan básico que dice que el cliente solo puede elegir dos parámetros de los famosos tres que lo componen (precio, servicio y calidad)? ¿Aquí lo elige todo él? Entonces no bastará con bajar las tarifas; si uno quiere trabajar en traducción, además de cobrar poquísimo, tendrá que cuidar con sumo esmero de que el culito de quien corresponda no se irrite... Y eso es agotador. De algún tiempo a esta parte, uno da ingenuamente precio para una traducción y resulta que le han comprometido por poderes a hacer la Biblia en verso por la cara, y en lugar de reírse a carcajadas en la cara del interlocutor, va y traga y se dice a sí mismo que es más profesional por aceptarlo, cuando la cruda realidad es que, si rechista, le cambian en lo que se santigua un cura loco.

¿Es esto establecer relaciones comerciales de futuro? Yo creo más bien que es el camino seguro hacia una úlcera... Lo peor es que, con tanta gente dejándoles ganar hasta a la oca, no se les puede ni toser. Como si establecer buenas relaciones con alguien que tanto abusa y de tan de quita y pon como uno mismo sirviera de algo... ¡Pues anda, que menuda inversión!

Quisiera preguntar a los traductores profesionales, sobre todo a los jóvenes (a los no profesionales, no, porque ya asumo que están de paso) que toleran esta clase de tiranía que destroza su futuro profesional —y el presente de los demás, ¿a qué negarlo?— si se han planteado alguna vez que van a tener que vivir con esto a todas horas durante muchos años, o simplemente que no puede ser que, para que un cliente se ahorre seis o siete euros (que a veces no es mayor la diferencia entre mandar frases completas o enigmáticas palabras sueltas que significan vaya usted a saber qué), uno tenga que perder tres horas o rehacer media docena de veces un trabajo. Está claro que uno necesita trabajar, pero aguantar cualquier cosa cada vez por menos solo porque otro la vaya a consentir no es vida. No hay nada que ganar en ello.

En mi opinión sincera, volver atrás es imposible, pero plantarse, no. Los traductores profesionales tenemos la desgracia de tener que competir con todo tipo de alienígenas que juegan a que traducen, pero no deberíamos perder la perspectiva de que nosotros no estamos jugando. Para empezar, porque la traducción no es un oficio exento de responsabilidades, y la seriedad traduciendo exige muchas horas de esfuerzo y dedicación. ¿No deberíamos, no ya valorarnos, sino darnos a respetar? En muchos campos de traducción contamos con originales pésimos elaborados por gente a la que Dios no llamó precisamente por el camino de la prosa y que ya implican suficiente problema en sí mismos. Se supone que, como traductores, debemos dar una versión mejorada en otro idioma de un texto original, y que ese es nuestro trabajo... ¿Y nos ponemos a competir en precios y en aguante de abusos con gente que produce traducciones de tan baja calidad que motivan que el lector que pueda hacerlo prefiera recurrir a la versión original?, ¿con gente que compite en calidad con Google, que trabaja gratis?

Me preocupa que solo se hable de tarifas, y tan poco de condiciones laborales. Es comprensible que alguien que está intentando obtener trabajo se preocupe por lo que se cobra en un mercado, pero sería razonable que le enseñáramos que obtener trabajo e incorporarse a una profesión son dos cosas distintas... Porque, ¿cómo es posible que personas que no han trabajado nunca no tengan la más mínima curiosidad por el funcionamiento de una agencia, por ejemplo? Me intriga que les traigan sin cuidado cuestiones sobre el trabajo y las dificultades que conlleva, sobre el hecho de ser autónomo y los nulos derechos sociales que este estatus otorga, sobre las mañanas que se le van a uno en gestionar chorradas sin poderse sentar a escribir una línea siquiera, sobre lo que implica manejarse casi constantemente en una lengua que al fin y al cabo no es la de uno, o la dificultad de investigar algunos términos... Es sorprendente que en las listas especializadas nadie pregunte por lo que va a tener que hacer, sino casi exclusivamente «Esto, ¿cómo se dice?». Y contestamos... Contestamos, a pesar de que difícilmente se puede aprender a evaluar el coste de algo que le sale a uno gratis. Les sermoneamos sobre tarifas y a la vez les damos la respuesta correcta, evitándoles el proceso de tener que buscarla por sí mismos... En resumen, lo del pez y caña, pero con la sutil diferencia de que el pez era nuestra comida y, como les ha salido gratis, la regalan.

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Fotografía de Rafael Carrasco

♪ ♫ Stanley Kubrick, de Mogwai

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