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Validación terminológica: todo está en las fuentes

Fernando Contreras Blanco

Este artículo, ampliado, revisado y actualizado, fue objeto de una ponencia pronunciada por el profesor D. Fernando Contreras Blanco, en el Espacio Mira del Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón, durante el eneti 2004, acto organizado por el Centro Universitario cluny-iseit el 26 de marzo del 2004.

Fernando Contreras
Fernando Contreras Blanco es licenciado en Filología Francesa por la Universidad Complutense de Madrid, donde hizo los cursos de doctorado en Literatura Francesa. Con posterioridad obtuvo el título de traductor terminólogo en el Instituto Superior de Interpretación y de Traducción de París. Desde el año 1996 hasta el 2009 fue profesor de Traducción y Terminología en el Centro Universitario Cluny-iseit, en el que también diseñó y dirigió los másteres de traducción especializada (Traducción Especializada e Industrias de la Lengua, Traducción en la Sociedad de la Información Multilingüe, Traducción Jurídico-Económica y Traducción Científico-Técnica). Además de traductor terminólogo independiente y socio de Asetrad, es profesor de Traducción y Lenguas Aplicadas en la Universidad Europea de Madrid y en la Universidad Autónoma de Madrid. Es autor de varios artículos y ponencias sobre traducción y terminología y coautor de 5000 palabras y expresiones útiles (español-francés) y de un glosario de términos religiosos publicado por una editorial de Moscú.

«Todo está en los libros», se solía decir para invitar a la lectura y significar que los libros abarcan todos los aspectos del conocimiento y de la cultura del ser humano. «Todo está en la red», se dice hoy, incluidos los propios libros, y «todo está en las fuentes» es lo que debemos decir cuando hablamos de terminología, señalando que no todo está en los libros y advirtiendo de los peligros que puede entrañar Internet. Y cuando decimos todo nos referimos concretamente a la veracidad de la información, puesto que las fuentes proporcionan la significación del término y su autenticidad. Validar es autentificar, certificar la conformidad de uso, y si no se valida la información, esta resulta aleatoria.

En efecto, sabemos que la clave de la traducción, especialmente la técnica, reposa en la validación terminológica, y la clave de la terminología, en la validación de las fuentes. Tanto el traductor como el terminólogo siguen, en principio, un camino en paralelo, porque la multidisciplinariedad es su nexo de unión, uno y otro necesitan documentarse de forma rigurosa, minuciosa e intensiva, especialmente el segundo.

El traductor-terminólogo debe poner todos los medios a su alcance para dar con la terminología y la fraseología adecuadas, y para ello procurará establecer un estrecho vínculo con clientes y expertos con objeto de resolver dudas, además de procurarse las fuentes más fiables posibles. Este profesional hará, pues, uso tanto de los recursos lingüísticos y terminológicos (fuentes escritas, en versión papel, electrónica o en línea) como de los recursos humanos (fuentes orales). Su búsqueda documental, la selección de las mejores fuentes y el contacto directo y abierto con el cliente y con los expertos le permitirán solventar el problema de la validación terminológica. Toda traducción profesional que pretenda responder a los criterios de calidad exigidos en la actualidad deberá seguir una metodología de trabajo similar a esta, que divido en tres fases:

1. La preparación del texto y la búsqueda terminológica: lectura íntegra del texto, búsqueda de textos paralelos en lengua original y en lengua terminal y elaboración de un glosario terminológico y fraseológico validado por el cliente o por expertos antes de la entrega definitiva del texto traducido. Todos sabemos que al traductor profesional no le basta con recurrir a un diccionario, y menos a un diccionario bilingüe. Para poder traducir, necesita dominar su especialidad, documentarse convenientemente, sumergirse en la temática del documento, consultar a expertos (foros especializados), conocer los bancos de datos terminológicos y los lugares de consulta (centros de investigación y bibliotecas especializadas) relativos a su especialidad.

2. La traducción propiamente dicha: fases de comprensión y expresión. No olvidemos que el traductor no se enfrenta al texto o documento como un simple lector, sino que tendrá que observar, diseccionar, comparar y anotar. La diferencia entre un lector y un traductor1 estriba en que el segundo tiene que analizar y comprender el texto o documento íntegramente (intención e intensidad de lectura), ya que su cometido radica en volver a expresar el texto o documento escrito pasándolo de una lengua extranjera a su lengua materna.

3. La revisión: empieza con la fase de relectura con verificación de datos, fechas, nombres, apellidos, números, cifras, porcentajes, fórmulas, notas de pie de página, esquemas, croquis, fórmulas, tablas..., es decir, una comprobación de que todo está traducido y de que se ha respetado la nota de pedido o pliego de condiciones del cliente. Se termina con la fase de revisión propiamente dicha, con el control de la calidad lingüística, estilística y redaccional, el uso de un buen corrector ortográfico y gramatical, el control de la calidad de la traducción y el control de homogeneización y armonización del texto terminal.

La norma une-en 15038:2006 así lo contempla y exige:

El revisor debe ser una persona distinta del traductor y debe tener la competencia adecuada en las lenguas de origen y de destino. El revisor debe examinar la traducción para constatar que cumple el objetivo previsto. Este proceso debe incluir, según lo requiera el proyecto, la comparación de los textos de origen y de destino para comprobar la coherencia terminológica, el registro y el estilo.

Los porcentajes del tiempo dedicado a cada aspecto de la metodología aplicada (25 % para preparar, 50 % para traducir y 25 % para revisar) variarán algo o cambiarán por completo en función del tipo de texto, de los recursos y herramientas del traductor, de la experiencia del traductor y de la colaboración del cliente. Dicho esto, si el traductor cumple a rajatabla estos requisitos y el cliente se presta a conceder unos plazos razonables, a proporcionar su ayuda en forma de documentación de apoyo, glosarios o memorias de traducción, aclara o resuelve dudas y valida el glosario del traductor, la calidad del trabajo está asegurada. En caso de que el cliente desconozca o no conozca lo suficiente el ámbito de la traducción, habrá que procurar educarle.2

En cuanto a nuestra afirmación sobre la Red, siempre conviene insistir en que Internet no es una fuente. En Internet hay fuentes buenas y malas, no podemos dar validez a una información solo porque la hemos encontrado en la red informática mundial. En efecto, Internet es como un enorme cajón de sastre donde demasiadas veces cabe todo, tanto lo bueno como lo malo. Sin embargo, el libro, especialmente monográfico, didáctico, escrito en lengua original por un excelente especialista o experto en el tema sobre el que escribe, implica rigor e infunde confianza y respeto. El simple hecho de ser una obra fechada, firmada por autores conocidos o acreditados con mención de sus nombres y apellidos y publicada por una buena editorial proporciona al lector unas garantías que no ofrece siempre Internet. El problema de la red mundial radica en su globalización: tanta información sin control inspira desconfianza, ya que perdemos la noción de «autoridad» habitual en un libro monográfico, publicado y revisado, en un diccionario monolingüe o en una enciclopedia clásica.

Respecto a nuestra aseveración inicial de que tampoco «todo está en los libros», viene a significar y a resaltar la importancia del rigor a la hora de proceder a la validación terminológica. Con esto se pretende insistir en la indispensabilidad de las fuentes orales, fuentes que aportan los expertos que dominan esa área del conocimiento propia de la lengua de especialidad.

El terminólogo es, ante todo, un investigador y en su trabajo de investigación busca el significado, como el traductor busca el sentido del texto.3 El terminólogo parte de un texto que debe vaciar (vaciado terminológico); para ello extrae las teselas (tesserae) que representan las ideas claves (el esqueleto), mientras que el traductor se apoya en ellas en su búsqueda del sentido y las junta en el nuevo mosaico que constituye su versión de la historia, es decir su traducción. Estas ideas claves (conceptos) representan lo más sustancioso del texto, y el trabajo del terminólogo debe garantizar tanto la significación como el buen uso. Ello permite después al traductor captar el sentido del texto basándose en la información (definición, ubicación del concepto en el árbol que estructura el campo de aplicación) que le habrá proporcionado el terminólogo. La seriedad de esta información viene avalada por las fuentes.

Separemos ahora los caminos del traductor y del terminólogo y centrémonos en el trabajo del profesional de la terminología entendida como disciplina científica que estudia los conceptos, los términos, su formación, su significación, su evolución, sus usos y relaciones en un ámbito de conocimiento especializado. Dejemos, pues, la terminología como materia aplicada o complementaria de la traducción y hablemos del terminólogo, considerado como experto semántico de la lengua técnica, que hace terminología y no traduce. Como ya hemos dicho, este, en su actividad terminográfica, deberá asegurarse de que las fuentes utilizadas son las más fiables posibles. Ocupan el primer puesto de la clasificación de fuentes escritas (jerarquización de las fuentes con arreglo a su fiabilidad) las monografías, seguidas de los manuales didácticos, las tesis doctorales, los proyectos de ingenieros y arquitectos, las revistas especializadas de referencia, las actas de coloquios especializados y las normas,4 todo ello en lengua original. Ocupan los últimos puestos de esta clasificación los diccionarios monolingües especializados, las páginas web oficiales y las enciclopedias. Descartará las fuentes multilingües y bilingües (fuentes de confusión, sobre todo si se manejan mal, ya que no especifican el ámbito, el campo de aplicación o de pertenencia, ni dan contextos) y tratará Internet con sumo cuidado, como ya hemos adelantado. Gestionará los plazos de entrega del proyecto en función de los recursos, establecerá el orden de prioridades en el pliego de condiciones y, antes de entregar el trabajo encomendado, hablará y trabajará, codo con codo, con los expertos (mejor más de uno, para así poder contrastar siempre la información) y con el cliente, fuentes orales que sirven para aclarar cualquier duda que pueda surgir en el manejo del gestor de terminología o la elaboración de un glosario, léxico, tesauro, fichero, banco de datos terminológicos o diccionario especializado, así como para dar validez al proyecto.

Dicho esto, sigamos profundizando en la validación terminológica propiamente dicha. Hablemos del aspecto positivo y preciso de las fuentes en terminología centrándonos en tres puntos: el campo de aplicación, la estructura del campo (árbol) y el contexto.

El terminólogo, para poder aprehender el significado del texto que está analizando, necesita apoyarse en unos elementos, llámense certificados de conformidad, que le aseguren la autentificación; generalmente, estos elementos se encuentran fuera del texto aunque en su entorno: el campo de aplicación. El terminólogo trabaja tanto in texto (extracción terminológica o recuento de los términos-conceptos) como ex texto, a partir del recuento ordenado analógicamente (estructuración conceptual o sistema de conceptos).

A la hora de elaborar las fichas de vaciado en terminografía, base o modelo de ficha tipo, normalizado, que han seguido, entre otros, tres de los mayores bancos de datos terminológicos, como iate,5 de la Unión Europea, Termium,6 del Gobierno de Canadá, o Le grand dictionnaire terminologique7 del Office Québécois de la Langue Française, de Quebec (Canadá), tenemos en cuenta los siguientes factores:

Partimos de un tema específico, preferentemente en un ámbito científico, técnico o tecnológico, que viene refrendado por una monografía escrita en lengua original y publicada por un experto reconocido en la materia; en esta se realiza una extracción terminológica en función de la opacidad o del carácter imprescindible de los términos y de los consejos del experto, para después verter los términos en un árbol terminológico que, previa lectura de textos relacionados y tras el visto bueno del experto, seguirá un orden analógico. Los términos pasan a formar parte de un fichero analítico, en el que aparecen ordenados analógicamente (sistema de conceptos mediante arborescencia), con su número de ficha y su número de término. En cada ficha se trata un término principal (hiperónimo), con su categoría gramatical, su contexto, la fuente del contexto, el campo de aplicación o subcampo, su definición terminológica (por comprensión), la fuente de la definición (escrita y oral), sus posibles notas (etimológica, histórica, geográfica, de uso, técnica, terminológica...), las fuentes de las notas, sus posibles sinónimos, las fuentes de los sinónimos, los equivalentes en lengua extranjera con sus respectivos contextos más fuentes y, para finalizar, sus ilustraciones, apartado relevante este porque, como dice el refrán de origen chino, «más vale una imagen que mil palabras» o, como dicen en Japón, «más vale una imagen que cien oídos». Las ilustraciones, naturalmente, deberán ir acompañadas de sus respectivas fuentes.

La clave de la validación terminológica pasa, pues, por esos tres filtros citados más arriba: el campo de aplicación (CA), que sirve para estructurar el conocimiento y delimitar el área en la que se está trabajando; el árbol terminológico o clasificación arborescente, que viene a completar el contexto y va a estructurar el campo dando a cada término un lugar preciso, la ubicación exacta en la jerarquía del campo de aplicación o de pertenencia, y el contexto, determinante para la acepción del término pero que depende del campo.

El campo es el área especializada de la experiencia humana o parte del saber cuyos límites son definidos según un punto de vista particular (iso).

El campo, el subcampo y el campo de aplicación son de un orden superior al del concepto, es decir que cubren un espacio semántico más amplio. El campo de pertenencia de un concepto es único: un concepto dado solo pertenece a un único campo.

El campo de aplicación (CA) permite circunscribir el término y tratar la polisemia y la sinonimia.

En el ámbito científico y técnico, el terminólogo debe categorizar por campos. Puede concebir jerarquías más o menos coherentes de supercampos y subcampos basándose en los tesauros.

Ejemplo:

Supercampo: medicina
Campo: cardiología
Subcampo: cirugía del corazón

El árbol terminológico reproduce la jerarquía, es decir, las relaciones lógicas, ontológicas y de efecto, uniendo términos y subtérminos entre ellos en el sistema de conceptos al que pertenecen. Cada concepto es parte integrante de un sistema conceptual que refleja la ordenación y la estructuración del campo o de los campos de aplicación. Para la elaboración del sistema de conceptos se debe optar por criterios de ordenación. Estos criterios vienen dados por los tipos de características por los que se van a jerarquizar los conceptos.

El contexto (CT), como bien dice Gabriel Otman, es el enunciado en el que aparece el término estudiado. Puede ser un microcontexto, cuando designa el contexto inmediato del término tratado, es decir, la frase o una parte de la frase en la que aparece; un macrocontexto, cuando designa el contexto general del término tratado, es decir, la frase, el párrafo, el discurso en el que aparece, o un contexto definitorio, es decir, un enunciado que se extrae de un documento (por oposición a la definición de diccionario) y que presenta un número de rasgos satisfactorios sobre el término que se pretende definir.

Alain Rey subraya el aspecto terminológico de los diccionarios de lengua francesa (Le trésor de la langue française, Le grand Robert, Le petit Robert, Le Larousse encyclopédique...) que contienen muchos términos científicos, técnicos e institucionales, con definiciones que van más allá de las habituales en lexicología. En español, convendría destacar el Diccionario del español actual, de Manuel Seco, que incorpora contexto y fuente, el Diccionario combinatorio del español contemporáneo (redes), de Ignacio Bosque, que explica «cómo se combinan las palabras y qué relación existe entre su significado y esas combinaciones», así como el Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina, de Fernando A. Navarro, que comenta, explica, argumenta, ejemplifica y propone la terminología más apropiada. Sin embargo, la mayoría de las definiciones de términos científicos no se hallan ni en los diccionarios generales ni en los diccionarios especializados, sino en monografías, manuales didácticos, tesis, revistas especializadas, actas de coloquios, normas..., de ahí que hablemos de contexto definitorio. Este tipo de contexto comprende afirmaciones, descripciones, características, explicaciones, elementos distintivos y clasificatorios. De estas fuentes bebe el terminólogo, y no tanto de los diccionarios, como se cree. En terminología optamos, entonces, por el contexto definitorio, ya que este facilita la definición y da validez al término.

La fuente es la justificación del trabajo de investigación terminológica, puesto que cada investigación viene a enriquecer la cultura personal del terminólogo gracias a los contactos que se van entablando y a las puertas que se le van abriendo.

La fuente es la justificación
del trabajo de investigación terminológica

El terminólogo está al servicio del significado. Para él, el significado se esconde tras la cerradura de una puerta cerrada con llave. La llave es el término o, en un ejercicio de traducción, los dos términos (LO + LT) que corresponden a un único concepto. En terminología aprehendemos los conceptos en su campo de aplicación (CA) y en las estructuras semánticas (árboles terminológicos).

Al igual que el traductor, el terminólogo sólo puede realizar su trabajo de investigación si ha entendido el texto de partida, y la comprensión del texto especializado puede por tanto plantearle serias dificultades. Llevar el significado hasta la otra orilla y su implantación en el entorno familiar del cliente para el que se está trabajando requiere, precisamente, familiarizarse con ese entorno que el terminólogo no siempre conoce, aunque los textos estén escritos en su lengua materna, porque no puede conocer todos los lenguajes especializados en la propia lengua. Por eso la búsqueda de la validación debe realizarse tanto en lengua original, para circunscribir el sentido del texto a través del significado de los términos que contiene, como en lengua terminal (búsqueda de equivalentes). Como la base de toda estructuración de significado no es lingüística, sino conceptual y referencial (la cosa de la que se trata), hay que aprehender el significado en el signo. Y dicho significado viene dado por el lugar que ocupa en la jerarquía (árbol) de su campo de aplicación, por lo que los árboles clasifican los conceptos, que son abstracciones (ideas, pensamientos) de las cosas que representan en la mente de los locutores. Conviene recordar que los objetos se convierten en conceptos en el momento en el que el locutor, por un proceso cognitivo, los reconoce como tales. Los conceptos llegan a tener nombres cuando los locutores les asignan una denominación.

La dificultad que entrañan los lenguajes de especialidad, sobre todo técnicos, hace que el terminólogo, a la hora de buscar el término apropiado en lengua terminal (equivalente), deba tratar el término y su significado primero en lengua original y después en lengua terminal. Gracias al contexto dispone de todos los elementos del conocimiento, pero si sigue sin entender, porque no es experto, deberá documentarse aún más y consultar a varios expertos en el tema en el que está trabajando. Obviamente, el terminólogo nunca trabaja solo: el terminólogo sabe de terminología, y el experto es un profundo conocedor de su área; juntándolos se consigue la validación en lengua original. En lengua terminal, el terminólogo sabrá cómo decir, pero no dominará el lenguaje especializado en otra lengua (a no ser que sea experto), por lo que deberá documentarse también en lengua terminal y nuevamente deberá recurrir al contexto y al experto, esta vez en lengua terminal.

Recurrir a los expertos, ya sea en lengua A, B o C, tras haber pasado previamente por un riguroso estudio de las fuentes escritas más fiables, es la única vía para conseguir la validación terminológica. Solo el que sabe de qué está hablando posee la llave del saber, que es siempre un saber propio corroborado por los hechos. El ámbito que mejor ilustra esta especificidad es la patente o la innovación técnica que crea la palabra con el objeto. El invento se realiza a través del objeto-concepto y del concepto-término. Al principio, el concepto no tiene nombre. El término será el nombre que le dará su inventor o su descubridor, es decir, la primera persona que hable de él. Así pues, la creación del término (neologismo) a través del locutor experto es una forma de validación, aunque con esto solo no basta; resulta imprescindible que el uso avale al término. Ahora bien, el locutor, en su afán comunicativo, debe procurar hacer uso de palabras comprensibles, por lo que está obligado a seguir las reglas de formación de palabras que la lengua reconoce y autoriza. Esta imposición lingüística viene dada por el deseo expreso de hacerse entender, y la comprensión pasa por el significado. Hemos vuelto, pues, al punto de partida de la validación terminológica con sus vertientes conceptológica (árbol, tesauro y clasificación por campos) y documental (contexto y fuentes), eslabón documental este que nos remite a la idea inicial de que todo está en las fuentes, escritas y orales, autorizadas y fiables... No dejemos de beber de ellas.

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Referencias bibliográficas

Traducción

Durban, C.: Faire les bons choix: Petit guide de l'acheteur de traductions [en línea], París: Société Française des Traducteurs;
Institute of Translation & Interpreting;
American Translators Association.

García Yebra, V.: Teoría y práctica de la traducción, Madrid: Gredos, 1989, 2 v.

Gouadec, D.: Profession : traducteur, París: La Maison du Dictionnaire, 2002.

Faire Traduire, París: La Maison du Dictionnaire, 2004.

Translation as a profession, Ámsterdam; Filadelfia: John Benjamins Publishing Company, 2008.

Terminología

Cabré Castellví, M. T.: La terminología: teoría, metodología, aplicaciones, Barcelona: Antártida, Empúries, 1993.

Eisele, Herbert: Cours de terminologie. París: isit, 1991-1993.

— «La terminologie méconnue», La Banque des Mots, núm. 60 (2000), págs. 135-143. (Artículo publicado en el marco de La créativité lexicale en langue française dans les vocabulaires scientifiques et techniques à l'aube de l'an 2000.)

Eisele, H. y A. Le Meur: «Formation à la représentation formelle et à la gestion des arbres notionnels en terminologie: méthodes et nouveaux outils normalisés», en Actes de la Conférence sur la coopération dans le domaine de la teminologie en Europe (Paris, 17-19 mai 1999), París: Association Européenne de Terminologie (aet), 2000.

Fedor de Diego, A.: Terminología: teoría y práctica, Caracas: Equinoccio, 1995.

Otman, G.: Les représentations sémantiques en terminologie, París: Masson, 1996.

Wright, S. E. y G. Budin: Handbook of Terminology Management, Ámsterdam: John Benjamins Publishing Company, 1997, 2001, 2 v.

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Fotografía de Rafael Carrasco

♪ ♫ The Rip, de Portishead

1 D. Valentín García Yebra, en su libro Teoría y práctica de la traducción, habla de las dos fases del proceso de la traducción (comprensión del texto original y expresión de su mensaje) y establece una diferencia clara entre el lector común y el traductor: «Pero hay una diferencia notable entre el lector común y el lector-traductor. El lector, en cuanto tal, llega al término de su viaje cuando ha captado el contenido del texto. El que lee como traductor, en cambio, tiene desde el comienzo la intención de no detenerse en esa meta: piensa emprender a continuación el camino inverso, en la misma dirección seguida por el autor, sólo que por otro terreno: este camino irá desde el contenido del texto original hasta los signos lingüísticos capaces de expresarlo, pero en la lengua terminal, que suele ser la lengua propia del traductor, la de la comunidad lingüística a la que pertenece».

2 A este respecto conviene recomendar el manual de mi colega Chris Durban Faire les bons choix, citado en la bibliografía.

3 D. Valentín García Yebra dice que el traductor está obligado a conservar no solo el sentido de un texto, sino su designación y también sus significados siempre que la lengua terminal lo permita. Cuando esto no sea posible, su obligación es dar prioridad al sentido, es decir, a lo que quiere decir el texto (Teoría y práctica de la traducción, tomo 1, pp. 36-39).

4 La normalización constituye una fuente técnica y terminológica bastante fiable, fiel compañera de la terminología prescriptiva, que ordena y reglamenta el buen uso (véanse las normas sobre traducción y terminología, como, por ejemplo, la iso 1087: 2000 y la une-en 15038: 2006, respectivamente).

5 El banco de datos terminológicos multilingüe iate (Inter-Active Terminology for Europe) es el resultado de la fusión de los antiguos bancos de datos terminológicos de las siguientes instituciones europeas: la Comisión (Eurodicautom), el Parlamento (Euterpe) y el Consejo (tis). iate contiene 8,4 millones de términos, incluidas unas 540 000 abreviaturas y 130 000 frases, y cubre las 23 lenguas oficiales de la Unión Europea (ue). Incluye casi un millón y medio de fichas, según los datos facilitados por el Centro de Traducción de los Órganos de la Unión Europea en Luxemburgo.

6 El banco de datos terminológicos y lingüísticos del Gobierno de Canadá, Termium (Termium Plus), contiene 4 millones de términos en inglés y francés y más de 200 000 términos en español; todas las entradas tienen formato de ficha.

7 El banco de datos terminológicos del Office Québécois de la Langue Française, de Quebec (Canadá), Le grand dictionnaire terminologique (gdt), contiene más de 3,5 millones de términos en francés e inglés, en más de 200 ámbitos. Además, incluye el latín y contiene casi un millón de fichas.

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