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Rosario de Zayas

Hace dos años recibí una llamada telefónica de alguien con acento extranjero. Como socia que llevaba siendo durante años de Asetrad me ofrecían la posibilidad de formar parte de la junta directiva. No conocía a ningún miembro en persona, solo de oídas, y a muchos ni de eso.

Por mi imposibilidad de decir que no, o como agradecimiento por haber pensado en mí (alguien que nunca se había involucrado para nada en la asociación y que casi nunca escribe en el foro), me aventuré y acepté el ofrecimiento ilusionada. De antemano, estaba claro que no tenía ni idea de qué conllevaba ser miembro de la junta y que tampoco tenía mucho tiempo libre, como el resto de todos nosotros. No estaba muy segura de qué podría yo aportar realmente a la junta.

Tras constituirse la nueva junta, me fue asignada la vocalía de formación, desde la que debía promover cursos, preparar la asamblea de Sevilla, organizar seminarios, etc., con la ayuda de Elena (nuestra actual presidenta).

Nunca anteriormente había ostentado ningún cargo similar, pues trabajaba aislada, traduciendo y revisando, ni tampoco había tenido que compartir tantas tomas de decisiones, opiniones y discrepancias.

Debo admitir que al principio me sentía un poco perdida, con compañeros que ya tenían años de experiencia en el cargo y sabían muy bien qué se traían entre manos, pero teniendo que lidiar con temas que eran completamente nuevos para mí. Los demás junteros tampoco pueden perder mucho tiempo «enseñándote» procedimientos y cómo funciona todo, porque entonces flaco servicio estarías ofreciéndole a la asociación.

Lo más importante fue que al poco tiempo descubrí que la asociación no es un ente estático, anquilosado, que solo monta cursos en Madrid; es algo orgánico y todos los miembros pueden, y deben, aportar y participar; no tiene sentido ser miembro de una asociación por la que no haces nada, y limitarte a preguntarte qué hace ella por ti.

Conforme van pasando los años y la asociación alcanza su mayoría de edad, somos cada vez más los que ya hemos pasado por la junta y sabemos que este cotarro es de todos. Y todos los que salimos de la junta deberíamos convertimos en miembros más activos. No estoy dispuesta a dejar de trabajar en la organización ni a arrojar en saco roto todo lo aprendido durante estos dos años.

No volveré a mi mesa solitaria, a mi música y mis traducciones.

Seguiré dando guerra... que es lo que tendríamos que hacer todos.

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