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De espadas y asadores: los «malos traductores» de Iriarte

María Luisa Romana

En el siglo xviii, el gentilhombre ilustrado don Tomás de Iriarte arremetía contra «dos especies de malos traductores». Las dos tenían el defecto común de no transmitir cabalmente la calidad de los originales, ya empeorándolos ya mejorándolos.

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¡Mas de igual ignorancia o picardía
nuestra nación quejarse no podría
contra los traductores de dos clases,
que infestada la tienen con sus frases!
Unos traducen obras celebradas,
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y en asadores vuelven las espadas:
otros hay que traducen las peores,
y venden por espadas asadores.
María Luisa Romana
María Luisa Romana se licenció en 1988 en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid. De 1989 a 1991 trabajó en el sector financiero, que abandonó para dedicarse a la traducción económica e institucional en Bruselas (Bélgica). Desde 1996 da clases de traductología y traducción especializada en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y en el año 2009 se doctoró en traducción.

Por supuesto, está hablando de la traducción de obras literarias. Nosotros tenemos que ampliar el campo, puesto que hoy día -a diferencia de lo que pasaba antes- sí es relevante el número de traductores propiamente profesionales, que viven solo de traducir. Para desgracia de todos, estas personas escasean en el sector editorial: según el último Libro Blanco de la Traducción Editorial (Ministerio de Cultura, 2010: 49-58), el 62,5 % de los traductores de libros no lo son en exclusividad; un 55,4 % de ellos obtienen con esta actividad menos del 25 % de sus ingresos personales, y el porcentaje sube a un impresionante 63,4 % cuando se considera la renta familiar total. Menos de la cuarta parte de los ingresos. En marcado contraste con estas desdichadas circunstancias, el estudio académico de la traducción se centra sobre todo en el sector literario; la traducción no editorial merece relativamente poca atención de los eruditos. No viene mal tratar de integrar los dos perfiles, los editoriales y los no editoriales, en una visión global de la traducción que pueda incluirlos a todos.

Si podemos hablar de «malos» o «buenos» traductores literarios a la manera de Iriarte, la cuestión cambia mucho cuando pensamos en los que no se dedican a la traducción de libros, y muy especialmente en los que sí viven de traducir. Para describir ambas actividades hace falta diferenciar su trabajo, detallando de modo algo más riguroso los dos tipos de traducción.

Esto pasa por clasificar todos los textos que pueden llamarse traducciones y todas las actividades que desembocan en ellos. Puede hacerse por medio de los tipos textuales; hay una excelente exposición de esta compleja perspectiva en la obra Text Typology and Translation, editada por Trosborg (1997). Otro punto de vista clasifica no por tipos de texto, sino por actos de comunicación; la teoría funcionalista alemana (Reiß y Vermeer, 1996) escoge este camino. En la universidad, los planes de estudios clasifican por dificultad o grado de especialización de los textos originales,1 distinguiendo entre la traducción «general» y la «especializada». Se trata de un ejercicio puramente didáctico, porque es de sobra sabido que en la práctica serán pocos los originales que se presten a una «traducción general», que en muchos casos ni siquiera caerán en manos de un profesional.

Quiero comentar aquí una división sencilla, que permite abordar con facilidad la adopción de estrategias totalmente distintas según el tipo de traducción a que nos enfrentemos. La clasificación se basa en el llamado «polo de emisión» del texto original. Simplificando bastante, las descripciones que parten del esquema clásico de la teoría de la comunicación emplean grosso modo la conocida —y superada— representación de Jakobson, que basa el mecanismo comunicativo en seis agentes: emisor, receptor, mensaje, referente, código y canal.

Modelo de Jakobson

La traducción desdobla este planteamiento: el traductor es un receptor especial, que lee con el objetivo explícito de reproducir el esquema para multiplicar el número de receptores de un mensaje, poniéndolo también a la disposición de las personas que no poseen el código inicial, la lengua de partida:

Modelo de Jakobson en traducción

En esta descripción clásica —un tanto demasiado simplista, insistimos—, el traductor se plantea el objetivo de elaborar un mensajeB tal que sea «equivalente» al mensajeA. Independientemente de los demás factores, y en especial del peso que se dé al polo de recepción (es decir, independientemente de cuánto adaptemos el texto), a la hora de calibrar este objetivo de equivalencia tenemos siempre un factor de primera magnitud, el emisorA, el autor del texto original. Este emisor suele ser una persona que ha elaborado su mensaje con unos objetivos determinados y valiéndose de unas estrategias lingüísticas concretas. El traductor parte de dos elementos, emisor y texto original, de los que extrae una parte esencial de la información necesaria para hacer su trabajo.

Por razones de relevancia y simplicidad, en esta exposición hemos omitido conceptos tan importantes como pueden ser, por ejemplo, la transducción o la invariancia; y nos hemos abstenido de entrar en el abierto e importante debate en torno a la equivalencia. Así, somos conscientes de que todo lo dicho es pura simplificación, diseñada solo para funcionar como punto de partida del análisis. Con todo, se trata de un planteamiento concebido característicamente para hablar de la traducción literaria o editorial, de naturaleza en gran medida cultural; el autor original tiene un estilo, ha tomado unas decisiones que el traductor no puede pasar por alto, que tienen que constituir necesariamente la base de su texto de llegada.

En el caso de la traducción no literaria hay que modificar este planteamiento. Es obvio que el texto original ha sido compuesto también por personas; pero hay que mirar con mucho cuidado la cuestión del estilo. Cuando traduzco un contrato, un informe macroeconómico, una directiva europea o unas especificaciones técnicas, el motivo para escribir el texto no se cifra en una decisión personal de nadie. Hay una entidad social, que puede ser una empresa, una institución o un organismo profesional, entre cuyas responsabilidades se incluye la emisión de un texto, con un fin social determinado. La redacción se confía a un especialista, que justamente se ha sometido a un intenso entrenamiento orientado, entre otras cosas, a escribir con un estilo que no sea «personal». El texto se inscribe en un registro socioprofesional dado, dentro de una cultura; de hecho, quien escribe no firma el texto, porque en puridad no es su autor. El «autor» es la entidad, la empresa o institución; y el redactor hace, por su formación y por la naturaleza del objetivo comunicativo del texto, un gran esfuerzo —tanto consciente como inconsciente— por desaparecer como autor personal.

Haciendo abstracción de los elementos circundantes (referente, código, canal), que por supuesto siguen existiendo, el polo de emisión de este tipo de traducción podría representarse así:

Traducción de redactor: polo de emisión

Volvemos a desdoblarlo, pero de manera distinta. La traducción es un paso también imprescindible en el proceso; el traductor no es un receptor del mensaje, del mismo modo que tampoco lo es un colega del redactor que revise el texto final. Ninguno de los dos estará incluido en el grupo de destinatarios de la comunicación. Igual que el redactor, el traductor recibe el encargo de dar forma a un texto para unos receptores:

Traducción de redactor

En esta situación, el «autor» del mensaje no es su redactor, sino la entidad que lo genera por medio de este. La misma que lo vuelve a generar por medio del traductor, tantas veces como lenguas se considere necesario incluir en el proceso. Para movernos en una terminología precisa, este texto original no tiene autor, sino que depende de un plan textual (que corresponde grosso modo al «programa conceptual» de la terminología teórica; cf. Lvóskaya, 1997: 12) en el que se fusionan los factores «emisor» y «redactor».

De esta forma, merced a la destreza tecnolectal del redactor, puede desdoblarse la función clásica de emisor en el esquema que la traductología adapta de la teoría de la comunicación. En todas las fases del proceso, las personas que intervienen en la elaboración del texto adoptan un registro muy alejado del suyo personal, impuesto por la intención comunicativa del emisor, que para formularla se basa en las marcas estilísticas y discursivas de un lenguaje especial elaborado colectivamente (e interiorizado) por los profesionales del ramo. Por tanto, existe un redactor del texto que es distinto del emisor y se adapta, mediante un esfuerzo de desaparición de su estilo personal, a las características estilísticas y discursivas establecidas por el primero, que está por encima de él; uno de los cometidos profesionales del redactor es asimilarse al emisor al escribir. De hecho, la propia existencia de registros o jergas especializadas da fe de este desdoblamiento, toda vez que el registro es común, convencional y, por lo tanto, impuesto. Por supuesto, la existencia de un emisor distinto del redactor implica que este último actúa dentro de un ámbito socioprofesional dado, uno de los parámetros (tipo de autor) definitorios de los procesos de traducción.

Esta propuesta no es más que una mera reformulación de las restricciones sobre el traductor descritas habitualmente (cf. Poupart, 1991), pero resultaría útil elevar su categoría para que el desdoblamiento quede integrado en el propio nivel del emisor del texto; lo mismo puede decirse del nivel del traductor. En efecto, se sigue que la misión del traductor va a experimentar el mismo tipo de desdoblamiento: el traductor de estos textos no tiene como polo de referencia al redactor, sino al emisor. Adoptando la nomenclatura funcionalista (Reiß y Vermeer, 1996), una parte del encargo podría definirse mediante esta matización, puesto que el traductor —aparte de desaparecer él mismo— también debe esforzarse por hacer que el propio redactor desaparezca como persona, y ha de fijarse en las normas y convenciones lingüísticas que dominan el registro técnico; así, tampoco el traductor se convierte en emisor de este segundo texto, sino en un nuevo redactor. De esta manera se cumple una de las misiones que Frasié Gay (2003: 20) asigna al traductor: evitar que por su causa se origine una situación de inferioridad de su texto, que afectaría tanto al emisor original como al receptor final de las traducciones.

De hecho, por ejemplo en la legislación europea, los textos no son oficialmente traducciones: jurídicamente —con excepciones— no son textos subordinados a un original. Una directiva es una directiva en todas las lenguas, y en todas tiene la misma validez jurídica; en cada versión (que no «traducción») se aplica a su formulación final el ojo experimentado de un profesional del lenguaje y del derecho, un jurista lingüista, responsable de que ese texto constituya en efecto un acto legislativo en todos los Estados miembros.

Por tanto, en la traducción «de redactor», el traductor no depende tanto del texto original como del conjunto de factores de toda índole que ha desembocado en tal texto. En este tipo de trabajo, los elementos de peso se materializan en dos frentes: uno es el contenido semántico o referencial, pragmático y discursivo, las ideas que se están exponiendo en el texto; y otro no menos importante es el registro, la variante lingüística, que viene determinada sobre todo por el polo de recepción, la cultura de llegada y los destinatarios potenciales o ideales del texto.

En la enseñanza de la traducción, esta clasificación es bastante útil para situar el trabajo antes incluso de empezar a traducir. Puedo estar ante una traducción de autor, en la que el texto está pensado íntegramente por una persona (o varias), cuyo estilo e intención son factores determinantes para la lectura. Al traducir, pues, habrá que tener en cuenta por qué se ha utilizado un recurso, un término o expresión, una estructura sintáctica y una estructura discursiva, puesto que todas ellas son decisiones estratégicas —más o menos felices— que ha tomado el autor con unos fines determinados.

O puedo también encontrarme ante una traducción de redactor. En tal caso no hay estilo personal, sino registro profesional o social; para traducir nos fijaremos sobre todo en los conceptos que se manejen, propios de un campo de especialización, en la perspectiva con que se presenten —que depende de la entidad que produce el texto— y en el lenguaje especial que corresponda a este campo en la cultura de llegada. No respondemos ante el redactor, sino ante el emisor; el redactor es fuente de información, pero no de estilo. El traductor está a la par con él en el trabajo, que en ambos casos ha partido del mismo emisor.

La espada y el asadorA ojos de un traductor profesional, seguramente esta distinción resultará bastante trivial. Me atrevo a decir que se lo parecerá menos cuanto más reciente sea el año en que ha terminado la etapa de formación. La idea de que para todo texto existe necesariamente un autor, y su corolario, la subordinación de la traducción con respecto al original, están tan integradas en los estudios traductológicos que se dan prácticamente por sobreentendidas. Una de las consecuencias posiblemente más debatidas de este prejuicio es la archifamosa «traición», que en el caso de las traducciones de redactor resulta sencillamente imaginaria. Para Iriarte, «tanto daño causan los que traducen mal obras buenas, como los que traducen bien obras malas», vendiéndonos «por espadas asadores». Si el texto original era malo, malo debe quedarse, ¿no?

Pues no; depende. La traducción de redactor no debe fidelidad a un estilo personal, sino a un plan textual que no se halla en la mente de una persona concreta. La entidad, el emisor, encarga (encargo que no pocas veces será implícito) un texto a un redactor; el plan textual debe recibir forma física en su pluma o en su teclado, pero el redactor no lo crea.

Para poner ejemplos muy concretos, si un funcionario de la Comisión Europea o de Naciones Unidas está escribiendo en una lengua que no es la suya, el traductor tratará de leer el texto pasando por alto los problemas que acarree esta circunstancia, y ni por asomo se le ocurrirá trasladar a su texto defectos de competencia lingüística nativa. El texto es de la Comisión, que no tiene lengua extranjera porque todas las oficiales le son propias; no es una traducción de algo, sino un texto de la Comisión. Ni siquiera hace falta irse a un redactor no nativo, caso claro donde los haya. Si el que ha escrito un texto técnico ha cometido fallos de sintaxis, por ejemplo, porque su dominio del registro escrito deja que desear —y ya no digamos si se trata de la ortografía— o si alguien que lo ha corregido o pasado ha deslizado alguna errata, la misma consideración tienen ambos fallos a ojos del traductor: son escollos a la comunicación, y por lo mismo la traducción no los incorporará tal cual ni los trasladará al texto de llegada.

Así que, en la traducción de autor, el traductor se debe al plan textual, que es personal e intransferible —en grado variable— de la persona que lo escribe. Y, en la traducción de redactor, a un plan textual que es sobre todo del emisor, y no de quien formula las frases. En esta variedad el texto no es un fin en sí mismo, sino un instrumento utilizado para que se lleve a cabo el proceso profesional del que forma parte. Por lo mismo, el traductor ha de verse como uno de los integrantes de tal proceso, y ambos, traductor y traducción, quedan inmersos en un mecanismo técnico amplio, que los engloba y los moldea. Se convierten en elementos absolutamente indispensables de un proceso que las más de las veces no puede existir sin la gestión multilingüe de la comunicación humana.

Luego ya, como a la realidad le tiene bastante sin cuidado nuestra necesidad de clasificaciones puras, ante un texto habrá que calibrar la pertenencia a una de las dos categorías. En muchas sentencias judiciales se leen mensajes de autor, en forma de comentarios personales del juez (o de la jueza, claro); y también habrá parte de redactor cuando se recojan leyes o antecedentes, o se reciten fórmulas jurídicas. En este caso, por ejemplo, hay que leer todo el texto para decidir de qué tipo será la traducción. Y, yéndome al otro extremo, una película de Disney es un texto de autor, aunque este sea colectivo y tome la forma de una empresa privada.

En resumen, en la traducción de autor el texto original tiene dueño y firma; en la de redactor tiene dueño, pero no firma.

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Obras citadas

Frasié Gay, M.: «La comunicabilidad en el aprendizaje de las lenguas y en traducción: conceptos de superioridad e inferioridad (Modelos de imitación: textos bilingües y textos paralelos)», Mosaico 11 (diciembre 2003), 17-21.

Lvóvskaya, Z.: Problemas actuales de la traducción. Granada: Granada Lingvistica, 1997.

Ministerio de Cultura: Libro Blanco de la traducción editorial en España. Madrid: Secretaría General Técnica, Ministerio de Cultura, 2010.

Poupart, R.: Introduction à la Traductologie. Mons: Presses Universitaires de Mons, 1991.

Reiß, K., y H. J. Vermeer: Grundlegung einer allgemeinen Translationstheorie. Tubinga: Niemeyer (Linguistische Arbeiten, 147), 1984.

Reiß, K., y H. J. Vermeer: Fundamentos para una teoría funcional de la traducción. Madrid: Akal, 1995 (traducción de S. García Reina y C. Martín de León).

Trosborg, A. (ed.): Text Typology and Translation. Amsterdam, Filadelfia: John Benjamins, 1997.

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1 Lo que, por cierto, puede crear no poca confusión.

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