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Mónica Parcet
Mónica Parcet
Licenciada en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid con especialidad en Psicología Industrial, Mónica Parcet, que tras terminar los estudios universitarios se había trasladado a Berlín con una beca del daad, entró en el mundo de la traducción casi por casualidad a los 24 años, de la mano de una cadena de televisión alemana que emite en el extranjero. Desde 1998 trabaja en el Servicio de Traducción de Currenta en el grupo Bayer, dedicada sobre todo al área de la traducción médica. Cuenta asimismo en su haber con la traducción de un libro de cocina y dietética y anteriormente participó en la traducción de una serie de cuentos infantiles.

Después de hacer algunos pinitos traductoriles como autónoma, fundamentalmente en la traducción de reportajes televisivos, un buen día me topé en la prensa con un anuncio de empleo de la empresa Bayer —sí, los alemanes que fabrican Aspirina y que tienen también un equipo de fútbol— en el que buscaban un traductor al español para cubrir una vacante en su servicio de traducción. Aunque nunca me había planteado dedicarme de forma exclusiva a la traducción (hasta la fecha siempre la había simultaneado con otras actividades en campos totalmente distintos), la verdad es que el anuncio no tenía mala pinta, y me parecía que yo podía encajar, así es que decidí presentarme. Tras un proceso de selección, cuya parte fundamental consistía en traducir dos textos en condiciones reales en las oficinas de la empresa, me ofrecieron el puesto.

Y así es como aterricé en un mundo poblado por policarbonatos, poliuretanos, insecticidas, herbicidas, fungicidas, glucómetros, antiparasitarios, analgésicos, antiinflamatorios, antibióticos, antihemofílicos, medios de contraste, inmunomoduladores, antitumorales, anticoagulantes y un largo etcétera más. Aunque supongo que si la vacante hubiera sido en una empresa de un sector totalmente distinto, también me habría presentado, creo que si una relación laboral ha de funcionar a largo plazo, es importante sentir cierta afinidad con los temas que estás tratando diariamente, por lo menos en general. Y a mí, 13 años después, el sector farmacéutico me sigue pareciendo apasionante.

Entrar en una multinacional diversificada es como ingresar en un microcosmos propio, pasar a formar parte de un engranaje lleno de ruedas que hay que descubrir. En este sentido, pocos sitios hay mejores para conocer una empresa por dentro que su servicio de traducción: dado que recibes textos de todas las áreas y departamentos posibles, en poco tiempo tienes una idea de conjunto de lo que hace la empresa mucho mayor que la de la mayoría de los empleados, que conocen su ámbito de trabajo y poco más. Estos conocimientos adquiridos desde dentro redundan, lógicamente, en la calidad del trabajo que puedes ofrecer, que será mayor que si te toca traducir algo que te es totalmente ajeno.

El hecho de estar en el mismo barco que el cliente te confiere un estatus distinto al que tiene el proveedor externo

El formar parte de la organización del cliente tiene, desde mi punto de vista, numerosas ventajas. Aparte de los conocimientos sobre la empresa adquiridos por formar parte de ella y de tener a tu disposición una gran variedad de fuentes internas de información y la posibilidad de tirar de agenda telefónica para que alguien te explique cómo funciona un proceso, qué aspecto tiene una máquina o cualquier otra cosa que puedas necesitar, el hecho de estar en el mismo barco que el cliente te confiere un estatus distinto al que tiene el proveedor externo. La relación con el cliente es de tú a tú, y cuando más se nota es en las ocasiones en las que hay diferencias de criterio y quieres hacer valer tus argumentos: evidentemente, no es lo mismo discrepar siendo un miembro de la misma tripulación que siendo un elemento ajeno a la empresa (y mucho menos si te da por pensar que lo mismo si abres la boca te quedas sin el siguiente encargo) ni las críticas se aceptan igual si vienen de dentro que si vienen de fuera.

En cuanto a los clientes, estos provienen de las áreas más dispares del grupo empresarial: algunos vienen de algún departamento técnico y son los autores de los textos que quieren traducir; otros son de los distintos departamentos de comunicación, que necesitan textos en varios idiomas para la comunicación tanto interna como externa; otros necesitan fichas técnicas para distribuir entre los clientes de distintos países; otros, presentaciones para instruir a los empleados en determinados temas; otros, discursos para sus giras por las filiales extranjeras, y otros más, expedientes de registro para solicitar la autorización de comercialización de un nuevo medicamento. No obstante, a pesar de su diversidad, todos tienen algo en común: en mi experiencia, cuando un cliente acude a ti con un texto para traducir, lo que está buscando es alguien que le solucione un problema que no puede resolver él solo. Y ahí es donde el traductor tiene que transmitirle que nadie mejor que él para que todo llegue a buen puerto. El cliente tiene que tener la sensación de que ha dejado sus asuntos en buenas manos. Este es un factor especialmente importante en el caso de los clientes que, por desconocimiento del idioma, no pueden juzgar realmente la calidad del trabajo que les entregas, por lo que tienen que confiar ciegamente en ti en el sentido más literal del término.

Los servicios internos de traducción en el sector privado, aparte de no abundar en exceso, suelen ser de tamaño reducido, por lo que se caracterizan por tener poca complejidad jerárquica y escasa división de tareas, así como por no ser autárquicos. Al menos en nuestro caso es así. Los dos primeros factores implican que una misma persona asumirá numerosas funciones, que en otras organizaciones más grandes están claramente diferenciadas y a cargo de diferentes personas. En mi caso, me ocupo de traducir, revisar, gestionar proyectos, buscar traductores externos para ampliar la cartera y fijar terminología, y hasta en alguna ocasión, volviendo a mis orígenes formativos, me he hecho cargo de labores de recursos humanos.

En la práctica funciona así: los encargos nos llegan directamente de los clientes. Entonces, en función del volumen, el plazo, el área y la carga de trabajo interna que haya en ese momento, se decide si lo traduce uno mismo, lo da a un compañero o se envía a algún traductor externo. En este último caso, aparte de las gestiones administrativas, hay que encargarse de resolver posibles dudas del traductor y, cuando vuelve el texto, de revisarlo antes de entregarlo al cliente y devolver la versión revisada al traductor. En proyectos más complejos, como las publicaciones externas, la cosa se complica un poco más, pues hay que coordinar no solo con más traductores simultáneamente, sino también con revisores, maquetadores e imprentas, de forma que todo esté listo para la fecha acordada con el cliente. En cualquier caso, se elija el método que se elija, la responsabilidad última frente al cliente la asumimos nosotros.

Aunque como asalariada no gozo de la total libertad que disfrutan los traductores autónomos, que, si quieren, pueden darse a la vida nómada llevándose el puesto de trabajo a cuestas, aquí tenemos un régimen laboral que permite aprovechar una buena parte de las ventajas de ambos mundos: como cualquier asalariado, tenemos nuestro sueldo fijo, nuestras pagas extraordinarias y nuestras vacaciones pagadas pero, además, trabajamos con horario flexible y tenemos la posibilidad de solicitar teletrabajo, que, en nuestro caso, consiste en trabajar parte de los días en la oficina y la otra parte desde casa (o también algunos días parte aquí y parte allí). Cuando llegué aquí, algunos de los compañeros de departamento ya trabajaban en esa modalidad. A mí al principio no me parecía especialmente atractiva —a fin de cuentas, soy de aquellas a las que les gusta ir a la oficina, aunque solo sea por cambiar de aires—, pero al cabo de unos años la solicité yo también y he aprendido a apreciar verdaderamente las grandes ventajas, sobre todo logísticas, que ofrece: poder hacer gestiones en horario de oficina, poder estar en casa cuando toca leer los contadores o te van a traer algún mueble. En definitiva, es un modelo que te hace la vida mucho más fácil. Claro está que, a cambio, no vas a cerrar el chiringuito a las 5 caiga quien caiga y, si la ocasión lo requiere, estarás alguna que otra vez a medianoche ultimando la traducción de un comunicado que ha de publicarse a la mañana siguiente o te tocará sacrificar algún fin de semana para sacar adelante una publicación.

Y también la jerarquía plana tiene su otra cara: cuando uno está desbordado de trabajo, a un jefe que intenta darte más le puedes decir que no; cuando, en cambio, el que te da el trabajo no es ningún jefe sino los clientes, la cosa cambia. A un cliente no puedes decirle que no; como mucho, si sus pretensiones son incumplibles, tendrás que hacérselo ver y ofrecerle un plazo alternativo. Otras veces el problema no son ni siquiera las pretensiones poco realistas de ningún cliente, sino simplemente la acumulación de pedidos al mismo tiempo, con prisas y en el peor momento. Pero, claro, ninguno de ellos tiene la culpa por sí solo de la situación, con lo cual tendrás que ver qué equilibrios haces para sacar todos los asuntos adelante y dejarlos satisfechos. Es verdad que en las épocas fuertes del año la presión es enorme, y uno, más que traductor, se siente bombero, pues se pasa el día intentando apagar fuegos por doquier y tirando por la borda los planes hechos el día anterior para adaptarse a la nueva situación con nuevos planes que volverá a tirar por la borda al cabo de unas horas.

Es sobre todo en estas épocas fuertes cuando se pone de manifiesto la importancia que tiene otro de los pilares sobre los que se asienta el servicio: el de los traductores externos. Aquí contamos con un nutrido grupo de profesionales con formación variopinta —médicos, químicos, físicos, farmacéuticos, juristas, traductores de carrera...— a los que consideramos parte de nuestro equipo. Son nuestros colaboradores en el sentido más literal del término: trabajamos juntos, cada uno aportando sus conocimientos y capacidades para lograr un éxito común. Y, al igual que los clientes buscan que nosotros les solucionemos un problema, nosotros buscamos lo mismo en los externos. Por eso la selección se hace en función de la calidad: ya que somos nosotros los que revisaremos luego sus textos, de poca ayuda nos van a servir si cuando vuelven hemos de rehacerlos enteros. Y es que esta es una de las profesiones en las que casi siempre lo barato sale caro.

Si bien es cierto que este tipo de puestos multifunción no es del gusto de todos y que hay muchos traductores que prefieren dedicarse por entero a traducir, yo no lo encuentro un inconveniente, sino al contrario: a mí me gusta precisamente esa mezcla de tareas, pues me da una mejor visión de conjunto, me permite relacionarme con más partes implicadas en el proceso y me aporta cosas que el desempeño de una sola de las funciones no podría aportarme. De hecho, el estar en contacto con varios grupos profesionales distintos implicados en un mismo proyecto te permite ver los muy diferentes puntos de vista que se pueden tener de la misma cosa, pues todos tendemos a ver el mundo desde nuestra propia óptica profesional, que no siempre coincide con la de los otros grupos.

Trabajar en una empresa ajena al sector es una experiencia muy enriquecedora, especialmente interesante para almas inquietas

Un caso curioso en este sentido es la importancia relativa que traductores, por una parte, y maquetadores y responsables de impresión, por la otra, conceden respectivamente al texto y a la parte gráfica. Todavía recuerdo las veces que habré recibido de maquetación textos que se salían del espacio previsto para ellos (algo habitual; el español siempre es más largo que el alemán y el inglés) con una flecha y la indicación «cortar texto», que yo devolvía indefectiblemente con flechitas apuntando a alguna foto con la indicación «reducir el tamaño de la foto».

En resumen, diría que trabajar en una empresa ajena al sector es una experiencia muy enriquecedora, especialmente interesante para almas inquietas. 

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Fotografía de Rafael Carrasco

♪ ♫ Babieca, de Sr. Chinarro

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