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«Do you want to buy this hammer?» Notas sobre el caso Lionbridge

Cruz Losada Gutiérrez

Hace aproximadamente un año Lionbridge lanzó una nueva plataforma de trabajo con el nombre de Translation Workspace; además de provocar un deterioro considerable en las relaciones de Lionbridge con muchos de sus proveedores, la aparición de esta nueva aplicación en el ambiente ya ligeramente revuelto de la traducción profesional ha provocado reacciones y abierto debates y discusiones que llevaban ya tiempo «cociéndose» dentro de algunos sectores del mundo de la traducción.

La cuestión de la llamada «traducción industrial», el control de las herramientas, las relaciones entre los traductores y sus clientes y, cómo no, las tarifas, son algunos de los temas que han salido a debate como consecuencia del «caso Lionbridge». En un momento de cambios bruscos en el sector, el debate y el análisis, y sus hermanas la comunicación y la unión, son esenciales dentro del sector si queremos tener una voz clara en el discurso que ahora mismo se está generando sobre nuestro futuro.

Cruz Losada
Cruz Losada Gutiérrez empezó a trabajar como traductora de inglés a español en 1990 y a dedicarse a ello a tiempo completo en 1995. Ha escrito colaboraciones para Diario 16, guiones de documentales etnográficos para el Ministerio de Cultura y la Junta de Andalucía, entre otras entidades, y varios artículos sobre la fotografía como fuente documental.

Una vez me contó mi tío que, visitando Nueva York, él y un amigo acabaron en un barrio de los llamados «poco recomendables» y que, tras darse cuenta del error y mientras intentaban abandonar discretamente el vecindario, les salió al paso un individuo inmenso con un martillo igualmente inmenso en la mano. «Do you want to buy this hammer?», les preguntó en tono ligeramente amenazador mientras exhibía la mercancía agarrada por el mango de forma contundente. Ni que decir tiene que a mi tío y su amigo les pareció que la oferta era digna de consideración y por tanto accedieron a realizar la transacción propuesta; tras las formalidades pertinentes y la entrega del precio «acordado», el individuo inmenso volvió a hablar con una cortesía prácticamente impecable: «Well, you don´t really have much use for a hammer like this, do you? I better keep it for you. Have a good day».

El incidente neoyorquino de mi tío guarda inquietantes similitudes con una de las nuevas estrategias de Lionbridge: su nueva herramienta, Translation Workspace. Cierto es que, a diferencia del martillo, mientras uno pague todos los meses tiene derecho a conservar y utilizar la herramienta, pero también es cierto que pagar por ella no quiere decir que uno la necesite ni garantiza que se vaya a utilizar para algo. Aunque existe la opción de decir que no, el posible deseo de sobrevivir como proveedor de traducciones de Lionbridge limita la elección.

El principio

En los últimos años, Lionbridge ha estado utilizando una herramienta de traducción asistida llamada Logoport, que tiene básicamente unas prestaciones muy similares a Trados. La diferencia fundamental con Trados radica en que en el caso de Logoport las memorias residen en un servidor de Lionbridge en lugar de en el sistema local.

El uso de esta herramienta por parte de los colaboradores externos de Lionbridge ha sido gratuito, como había sucedido hasta ahora con las herramientas de localización específicas de un cliente. Pero esto cambió hace cosa de un año, cuando Logoport, con ligeras modificaciones, se convirtió en Translation Workspace.

Pasado un periodo de seis meses, el traductor pierde la propiedad que tenía sobre la memoria

Este nuevo entorno de trabajo que es Translation Workspace requiere una suscripción mensual mínima de 10 € (+ iva), 50 € si se trata de una agencia. Todos los colaboradores externos de Lionbridge, sin excepción, estarían obligados a suscribirse, pero el pago de dicha suscripción no asegura ningún volumen de trabajo. Translation Workspace puede utilizarse con otros clientes en proyectos ajenos a Lionbridge; en este caso el importe de la suscripción dependería del número de palabras que «pasen» por la memoria de traducción (el recuento no diferencia entre palabras nuevas y coincidencias), las memorias siguen residiendo en el servidor de Lionbridge y, pasado un periodo de seis meses, el traductor pierde la propiedad que tenía sobre la memoria.

Además de otras consideraciones, la iniciativa significa que Lionbridge quiere que sus proveedores paguen por utilizar una herramienta que ellos mismos comercializan y de la cual son en la actualidad los únicos usuarios (ellos mismos y sus agencias subcontratadas). Se trata de una herramienta que sus colaboradores han ayudado a mejorar, cuyas memorias han alimentado y cuyo modelo de trabajo acabaría con la autonomía de adquisición y uso de herramientas de la que gozan, con algunas limitaciones, los traductores autónomos .

El nuevo sistema se presentó, hace ahora aproximadamente un año, a los proveedores a través de una estrategia de marketing de ventas machacona y pretenciosa que carecía totalmente de información técnica y de datos independientes claros. Las condiciones de uso y los planes de precios no se expusieron claramente, las preguntas que se salían de la información que la empresa había dado desde el principio fueron respondidas de forma vaga e imprecisa en muchos casos y con informaciones contradictorias en otros.

Las reacciones

La acogida de la iniciativa entre los traductores más directamente afectados, los que trabajaban en ese momento como proveedores de Lionbridge, puede decirse que fue en un principio de sorpresa e incredulidad. Esta primera reacción dio paso a otra de indignación que, a su vez, originó una corriente de comunicación entre los afectados, lo que desembocó finalmente en la creación en diversos países de varios grupos de traductores descontentos. El grupo español y otros, como el italiano o el francés, trataron inicialmente de entablar un diálogo con Lionbridge, al nivel tanto de las oficinas nacionales como de la sede central. Hubo intercambio de cartas y mensajes, reuniones y encuentros.

El resultado de esta comunicación fue nulo, las explicaciones recibidas fueron repetitivas y, en ocasiones, contradictorias. Ninguno de los interlocutores de Lionbridge asumió el menor ápice de responsabilidad, y en ningún momento hubo nada que pudiera alentar la menor esperanza de negociación en ningún sentido. Ninguna de las preguntas esenciales quedó contestada, y las respuestas se limitaron a repetir el mantra de los mensajes de la estrategia de marketing directo con la que se lanzó el producto.

Mientras tanto, «la afrenta» había empezado a publicarse y a discutirse en algunos foros y listas de traducción. Las reacciones de otros traductores que no trabajaban para Lionbridge fueron diversas.

Para algunos fue una ocasión de hacer hincapié una vez más en la cuestión de las agencias «low cost» y en las concesiones que muchos traductores llevaban ya tiempo realizando a algunas empresas. La solución que la mayoría de estos traductores proponían era muy simple: dejar de trabajar para Lionbridge.

No faltaron los traductores (no muchos, hay que decir) que expresaron en algunos foros su opinión de que resistirse a la implantación de una herramienta de este tipo era resistirse a un nuevo paso en la «evolución» tecnológica de la traducción y que esta resistencia era inútil, ya que tarde o temprano «todos seríamos asimilados».

Otros colegas de la profesión entendieron que esta nueva estrategia era algo que de alguna forma concernía al colectivo de traductores en general, entre otras cosas porque suponía una medida claramente diferente a otras, englobada dentro de una serie de cambios que se han producido en los últimos tiempos y que amenazan con mermar sustancialmente la autonomía de los traductores por cuenta propia.

En el marco de estas reacciones, Asetrad abrió sus puertas al grupo español del Grupo de Proveedores Lingüísticos contra tws de Pago y organizó unas primeras jornadas para dar a conocer y debatir esta y otras iniciativas que podrían afectar igualmente al futuro de la profesión. agpti organizó otras jornadas similares en Vigo y a ellas han seguido otras mesas redondas y discusiones.

El momento actual

A pesar de las críticas y de los plantes de muchos de sus proveedores, Lionbridge no ha dado muestras de que vaya a dar marcha atrás o a reconsiderar ningún aspecto de Translation Workspace.

El calendario previsto por la empresa para implantar totalmente la solución sufrió varios retrasos y, una vez que oficialmente se dio por completada la transición, el cierre del acceso a la herramienta no fue total para los no inscritos; se dieron casos en los que se proporcionaron credenciales gratuitas de forma temporal o se convirtieron archivos para que algún traductor no suscrito pudiese trabajar en un proyecto de Translation Workspace, pero estas parecen haber sido medidas de «parche» que se utilizaron para cubrir las necesidades de la empresa en un momento determinado.

Desde el principio ha sido difícil saber cuál es la estrategia general adoptada por Lionbridge ante los problemas que se le han presentado con la negativa de muchos traductores a suscribirse. Al menos de momento parece que han adoptado la «estrategia del aguante» y que en cierta medida esta estrategia les está dando algunos resultados, aunque también es difícil calibrar cuántos traductores han cedido y cuántos nuevos traductores se han incorporado como nuevos recursos.

Otras medidas

A finales de octubre, Lionbridge envió un correo urgente a sus colaboradores en el que el vicepresidente de la empresa, tras apelar a algunos datos económicos preocupantes, solicitaba un 5 % de descuento en todos los trabajos para el último trimestre del año (más tarde la solicitud se amplió, hasta donde sabemos, a algunos de los trabajos realizados durante los primeros meses de este año); muchos proveedores se negaron a aplicarlo y la negativa fue aceptada por Lionbridge.

Fotografía de Rafael Carrasco

♪ ♫ Family Tree, de TV On The Radio

Recientemente la empresa ha anunciado la puesta en marcha, vinculada a Translation Workspace, de Marketplace: un programa de ofertas de trabajo con un sistema de pujas para las que se da un precio de inicio que se corresponde con unas tarifas irrisorias (la tarifa que el sistema coge por defecto es la más baja, de aproximadamente 0,011€)

Igualmente, después de haber anunciado hace un año su alianza estratégica con ibm para acelerar el desarrollo y la comercialización de la traducción automática en tiempo real, Lionbridge ha empezado a indagar sobre el interés de sus proveedores en editar traducciones automáticas, al tiempo que sigue sondeando la posibilidad de utilizar técnicas de crowdsourcing.

El «Lionbridgegate» y la traducción industrial

Es obvio que los primeros afectados por la implantación de Translation Workspace son los traductores que actualmente trabajan (o que lo hacían hasta ahora) para Lionbridge como proveedores autónomos. También parece lógico suponer que esta nueva medida va a afectar de forma bastante directa a aquellos traductores que estén buscando nuevos clientes y a aquellos que acceden por primera vez al mercado de la traducción; Lionbridge es una gran multinacional que genera una cantidad importante de trabajo de traducción y revisión. A partir de ahora la alternativa es clara: pagar desde el principio para tener la posibilidad de trabajar con ellos o ignorar su existencia, borrando de la lista a un cliente potencial importante.

Lo que parece no estar tan claro es si estas nuevas medidas adoptadas por Lionbridge pueden tener repercusiones significativas en el panorama profesional de la traducción en general, aparte de las derivadas en sí de las dos anteriores. Y es en este punto en el que las implicaciones del «caso Lionbridge» enlazan, entre otras cosas, con un debate interno pendiente dentro del mundo de la traducción y que, merced a diversas circunstancias, está empezando a emerger.

Se está hablando últimamente de «traducción profesional» frente a «traducción industrial» y de mayor profesionalización de la traducción como remedio a los males que acarrea la industrialización de la traducción. Desde dentro del mundo de la traducción ha habido acusaciones más o menos directas a los traductores que trabajan para Lionbridge de haber permitido que las cosas llegaran hasta aquí al trabajar para una empresa incluida en la categoría denominada «low cost» y aceptar sus condiciones cada vez más abusivas, pero esta es una visión simplista y facilona del problema. Los traductores que hemos trabajado hasta ahora para Lionbridge, a pesar de ser conscientes de las crecientes demandas de la empresa, hemos continuado haciéndolo porque en general los beneficios tanto económicos como de otro tipo seguían siendo considerables. Ahora la política de la compañía ha cambiado de forma drástica y nos hemos encontrado de pronto en una situación profesional donde una parte importante del control que teníamos sobre nuestro trabajo ha desaparecido. Hablando entre nosotros, la misma pregunta se ha planteado varias veces: ¿Cómo hemos ido a parar aquí?

Lo que Lionbridge y otras grandes empresas hacen desde hace ya bastantes años puede denominarse «traducción industrial». La forma de trabajar en este entorno es distinta a la que se utiliza cuando se trabaja directamente para clientes o para agencias que realizan traducciones con unos métodos de producción menos «intensivos». A pesar de esta diferencia creo que se puede afirmar que:

  1. Para un traductor que trabaja por cuenta propia, una forma de trabajo no debería descartar a la otra.
  2. Esta diferencia en la forma de trabajar no implica necesariamente una diferencia en la calidad del trabajo o en la profesionalidad del traductor.
  3. El hecho de tener unas tarifas más bajas por palabra o por hora (siempre y cuando no sean míseras) no implica necesariamente tener unas ganancias más bajas o poco dignas.

En un proceso industrializado el traductor es parte de una cadena de producción junto con otros elementos, y por tanto tiene un grado de control menor que el que ejerce en un entorno «no industrializado», en donde es el principal responsable del producto. Sin embargo, implementar procesos adecuados e inteligentes de producción industrial (cuando y donde sea posible hacerlo) ayuda a optimizar el uso del tiempo y, por tanto, también aumenta la autonomía del traductor.

Entonces ¿dónde se encuentra el problema?

El caso de Lionbridge es un ejemplo más de lo que está pasando en muchas empresas de muchos sectores, no solo en el de la traducción. El proceso industrial se ha deteriorado, en gran parte porque está controlado por intereses totalmente ajenos a él.

Hay un par de factores que pueden ayudar a orientarnos a la hora de analizar la situación; creo que ambos son parte de la clave de cómo y por qué Lionbridge ha decidido implantar Translation Workspace: por un lado, el tipo de relación que Lionbridge ha cultivado y cultiva con sus proveedores de traducción y, por otro lado, la cuestión de la tecnología y las herramientas

«Somos un equipo»

En Lionbridge se apela constantemente a la idea de «formar parte de un equipo». Esta es una estrategia empresarial que distorsiona la base de la relación empresa-proveedor.

Por otro lado, los volúmenes de trabajo que maneja la empresa han propiciado que muchos traductores autónomos hayan entrado en una dinámica de dependencia parcial o total de Lionbridge. Esta dependencia facilita la aventura profesional del traductor autónomo, permitiéndole trabajar en un entorno conocido, con clientes finales y materiales que le son familiares y con unas buenas ganancias derivadas de los volúmenes regulares, la especialización y, en no pocos casos, de la ayuda proporcionada por la asistencia y la correcta gestión que realizan otros elementos de la «cadena de producción». Todo esto tiene un precio: la tela de araña que mantiene al «equipo» se hace más tupida.

Lo cierto es que, partiendo de la idea del trabajo en equipo, empresas como Lionbridge piden con frecuencia esfuerzos extra no remunerados a los proveedores, acciones basadas en «la buena relación» y alentadas por «lo que es bueno para todos». Estos esfuerzos se plantean como un corto «sprint» necesario para cubrir momentáneamente algún socavón aparecido en la acelerada y accidentada industria de la localización, pero acaban convirtiéndose en un maratón sin fin, en una forma de trabajar y de concebir las relaciones de trabajo (plazos, tarifas, herramientas, labores administrativas). Igualmente cierto es que desde Lionbridge se incentiva la competición malsana entre los miembros del «equipo» (Marketplace, con una estrategia de reducción de tarifas basada en la competencia más atroz y desleal, es un claro ejemplo de ello); se utilizan las relaciones directas personalizadas para sacar provecho de las lealtades y se somete a presión a los gestores de los niveles bajos e intermedios, a quienes tampoco se da prácticamente autonomía, delegándose la responsabilidad siempre en otro, hasta el punto de que con frecuencia no es posible encontrar un responsable efectivo de nada.

En este equipo no se negocia, no se piden ni se asumen responsabilidades, no se habla: se utiliza sobre todo la estrategia del chantaje.

«¿Maldita tecnología?»

Otro de los factores con los que nos tropezamos cuando miramos confusos hacia nuestra situación actual es la cuestión de las herramientas y el uso de la tecnología.

Las herramientas que hemos ido adquiriendo en los últimos años gracias a la tecnología han contribuido a facilitar y mejorar nuestro trabajo, pero también han contribuido a intensificarlo. Nuevas herramientas y nuevos conocimientos exigen esfuerzos y ajustes continuos. La demanda constante por muchas empresas de traducción de mayor rapidez y mayor eficiencia deja cada vez menos margen para los posibles problemas, errores y fallos de cualquier tipo, cuya resolución sigue reposando en gran parte en los hombros del traductor. En esta carrera por mantenernos al día quemamos diariamente, principalmente a costa propia, dos bienes preciosos: energía y tiempo.

¿Son entonces la tecnología y las herramientas las malditas culpables de nuestras desdichas? Dicen que «el buen trabajador nunca culpa a sus herramientas», y en el caso de la traducción industrial no deberíamos olvidar esta máxima. El problema no es la tecnología en sí, sino la forma en la que se utiliza.

En el campo de la traducción industrial, como en muchos otros sectores industriales, las nuevas herramientas no se han utilizado para trabajar de forma más inteligente, sino para trabajar más duramente, para rendir más. El control de las herramientas no ha estado en manos de quienes las utilizan y las conocen (en nuestro caso, los traductores), sino de quienes las aprovechan para sacar más partido de nuestro trabajo. Las nuevas herramientas han creado una cantidad enorme de valor añadido al negocio de la traducción, pero ese valor ha revertido muy poco en nuestro beneficio en términos de tiempo o dinero.

Aun considerando todo esto, hasta ahora por lo menos habíamos tenido autonomía en la adquisición y el uso de las herramientas; el traductor decidía qué comprar y cuándo comprarlo de acuerdo con sus planes y necesidades y teniendo en cuenta los requisitos de sus clientes. En cuanto a las memorias de traducción, mientras se sigue debatiendo la cuestión de su propiedad, con herramientas en donde las memorias residen en el sistema local, al menos se garantiza una permanencia física real del trabajo propio en el propio ordenador y en cualquier otro medio en el que uno mismo decida conservarlo. Con iniciativas del tipo Translation Workspace este pequeño control que aún mantenemos desaparecería por completo, y nos entregaríamos totalmente en las manos de un cliente que sería a la vez nuestro proveedor de software de traducción y el guardián de nuestro trabajo.

Conclusión

El sector de la llamada «traducción industrial» es un campo muy amplio dentro de nuestro universo profesional, una opción más que hasta ahora han tenido los traductores y que en los últimos tiempos está sufriendo unos cambios particularmente violentos.

Hay muchas voces en este sector que hablan de «nuevos y emocionantes cambios», de una nueva realidad. En muchos de los análisis sobre esta nueva era supersónica de la traducción industrial se acusa a los traductores de academicismo excesivo, de resistencia a la tecnología, de ser ratones de biblioteca en una nave no tripulada que viaja a toda velocidad hacia otras galaxias. Esto no es cierto; los «traductores industriales» hemos demostrado hasta ahora una flexibilidad y un poder de adaptación sin los cuales la industria no podría haber llegado, para bien y para mal, hasta donde está. Si nos resistimos a algo es a que la traducción, un proceso fundamental en la comunicación humana de cualquier tipo, se reduzca a un negocio cuyos bienes se originan de forma automática, nos resistimos a una traducción sin traductores y, por supuesto, a la extinción.

Para poder tener voz en los cambios necesitamos darnos cuenta y analizar claramente nuestra posición y la relación con las grandes empresas. Es igualmente esencial que mantengamos el control que aún tenemos sobre las herramientas y sobre los contenidos que originamos.

Pero también necesitamos solidaridad dentro de la profesión y que otros traductores entiendan lo que hacemos. El mundo de la traducción en general se ha estado beneficiando de los progresos que han supuesto herramientas y recursos que se originaron en el mundo de la traducción industrial. Creemos que cualquier daño que se inflija a un sector de la traducción es a la larga un daño que sufrirá todo el colectivo.

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Fotografía de Rafael Carrasco

♪ ♫ New York, New York, de Cat Power AOL Sessions

Nota

Aunque no he utilizado ninguna bibliografía concreta para la elaboración de este artículo, confieso que he recolectado ideas e inspiración de los comentarios y largas disquisiciones y discusiones con mis compañeros del grupo de «traductores rebeldes» y de un estupendo libro que he leído hace poco, Willing Slaves - How the Overwork Culture is Ruling our Lives, escrito por Madeleine Bunting (Harper Collins, 2004).

La historia del martillo es real y pertenece al repertorio de mi difunto tío Pepe.

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