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Del yugo al yoga

Encarna Belmonte
Especial ergonomía

Son curiosas las vueltas que dan la vida y la etimología. La palabra yoga en sánscrito se traduce como 'yugo' y designa una técnica ascética, uno de los ocho sistemas filosóficos hindúes tradicionales. Sin embargo, etimológicamente deriva de la raíz yug y significa 'unión' (acepción presente en las lenguas indoeuropeas en términos como yuxtaposición, yugular, conyugal). Ello se explica porque, en la búsqueda de la comunión, del adualismo, de la liberación, se precisan trabajo y disciplina. No hay camino sin esfuerzo, pero el recorrido puede resultar bien grato.

Encarna Belmonte
Encarna Belmonte es licenciada en Traducción y ejerce de revisora y traductora de alemán e inglés desde hace catorce años. Completó su formación en las listas Lantra-L y Traducción en España, donde más adelante ejerció de moderadora durante dos años. Traductora jurada, cursó un posgrado en Traducción Jurídica y Económica y se dedica fundamentalmente a la traducción empresarial, financiera, formativa y farmacéutica y a la revisión de estudios internacionales. El trabajo de traductora la llevó a practicar yoga. Actualmente es profesora por el Iyengar Memorial Yoga Institute (India) y se ha especializado en traductores y profesiones sedentarias. Lleva tres años impartiendo clases en diversos centros de Barcelona. Es miembro de Asetrad y de la Asociación Española de Yoga Iyengar.

Andaba yo un día, hace ya una década, sumida en mi habitual simbiosis con la silla, con dolor de espalda y síndrome del túnel carpiano, y eso a pesar de que hacía solo tres años que ejercía como traductora. «Deberías practicar algún deporte», me dije. Se me pasó por la cabeza darle una oportunidad al yoga, dado que era la única disciplina, junto con el ajedrez, en que parecía que no había que moverse demasiado, y porque varios conocidos contaban maravillas de él. Me provocaba ciertas reticencias por sus aires místicos, pero acuciaba hacer algo.

Visité varios centros que me habían recomendado. Sin embargo, las personas uniformadas de blanco, las miradas perdidas y los budas que me recibieron no me acabaron de convencer. Me dije a mí misma que, como en todo, tenía que haber centros serios y profesionales, y me dediqué a indagar sobre los diferentes estilos de yoga.

De entre todos ellos, llamó mi atención especialmente el yoga Iyengar, porque tenía fama de ser exclusivamente físico y, sobre todo, porque contaba con una formación de profesores regulada internacionalmente de la que se decía que era la más larga y rigurosa de todas las escuelas. Eso aportaba un valor añadido en un mundo en que, como en traducción, cualquiera se lía el turbante a la cabeza y se monta el chiringuito con solo haber pasado un mes en la India.

Una vez decidido el estilo, busqué dónde había un profesor titulado en Barcelona. (La lista se puede consultar en la página de la Asociación Española de Yoga Iyengar.) Me planté en su centro con aires de inspector de la Gestapo y empecé a ametrallar a preguntas al que se convertiría en mi maestro. El hombre tuvo el aguante de responderme a todo con tanto criterio que me decidí a probar una clase. Al final, sin que yo misma sepa aún bien cómo, llevo diez años practicando yoga y me he convertido en profesora, tras una intensa formación de tres años, y en una persona mucho menos excesiva y más centrada.

Los primeros efectos del yoga fueron inmediatos en el sueño y el humor; en cuestión de dos meses, el cuello, los hombros y los brazos estaban infinitamente menos contraídos; ahora, al cabo de los años, gozo de buena salud e incluso me he librado de una escoliosis que arrastraba desde la infancia. Pero que nadie salga ahora corriendo pensando que el yoga le va a solucionar los problemas con dos clases a la semana.

El yoga se diferencia de la fisioterapia en que no es un especialista quien se encarga de corregir nuestras taras, sino nosotros mismos. El yoga nos enseña a ser agentes, en lugar de pacientes, y a conocer nuestro cuerpo. Para ello, primero hay que sentar las bases y luego practicar mucho.

Yoga Iyengar

Este ejercicio está realizado por una profesional.
No lo intenten en sus casas.

Probablemente ahora estéis esperando una enumeración de ejercicios físicos para las muñecas, los hombros o las cervicales. Podría deciros que, de pie, presionarais la pared con la palma de la mano con el brazo totalmente estirado y bien alineado y procurando que los hombros y los trapecios bajaran y los omóplatos se dirigieran al pecho. Que trabajarais primero un brazo y luego el otro, presionando bien la pared con la palma de la mano desde la axila, en cuatro posiciones diferentes (dedos arriba, abajo, izquierda y derecha), dedicando quince segundos a cada una para empezar. Pero no lo haré.

Ejercicios y consejos sobre ergonomía los podéis encontrar en cualquier parte. No obstante, sin un entrenamiento previo, podéis creer que estáis bajando los trapecios y, sin embargo, estar contrayéndolos; puede que estéis sobreestirando el brazo y desplazando la articulación del codo hacia adentro o que con el esfuerzo estéis proyectando las lumbares hacia delante..., todo ello, perjudicial. Es necesario que alguien nos enseñe y supervise para garantizar que estemos bien alineados y que el trabajo sea efectivo.

En estos años como practicante y como profesora he aprendido que el mayor problema de salud de los traductores probablemente no sea locomotor, sino mental. El tipo de actividad que realizamos nos conduce a lo que yo denomino el centrifugado. Quizá sea el tener varias lenguas en la cabeza o la traslación ininterrumpida de estructuras: nuestro cerebro anda siempre revolucionado. Eso, unido a que trabajamos demasiadas horas, y muchas veces sin descanso, conduce a que la mente pierda la capacidad de desconectar, incluso para dormir.

Pasamos a identificarnos con la profesión de un modo que puede llegar a anular otras facetas, cuando en realidad no somos nuestro trabajo

Nos volvemos también adictos al trabajo, con los problemas añadidos de salud y familiares que comporta pasarse el día pegado a la pantalla. Pasamos a identificarnos con la profesión de un modo que puede llegar a anular otras facetas, cuando en realidad no somos nuestro trabajo. La soledad del autónomo y la dureza de nuestra forma de vida quizá nos llevan a autoafirmarnos en exceso.

Sobreexplotamos e hipertrofiamos el cerebro, y de ello derivan directamente cefaleas, irritabilidad, insomnio y quizá problemas mucho más graves que, si no se atajan, se acrecientan cada día más y se retroalimentan unos a otros. El estrés, por ejemplo, hace que los músculos se contraigan y contribuye así a los dolores de espalda. También son comunes los problemas oculares. Como parte externa del cerebro, los ojos se tensan cada vez que aquel lo hace, se elevan y se secan; y viceversa, cuando los ojos se elevan, el cerebro se tensa.

Y es que muchas veces olvidamos la máxima mens sana in corpore sano y que la mente tiene su sede física en el cuerpo. La práctica postural aporta salud y conocimiento del cuerpo, pero, además, el yoga cuenta con posturas que inciden directamente en el cerebro. Con una secuencia bien planificada se consigue distensión cerebral y la detención del centrifugado.

Probablemente hayáis hecho caso de los consejos habituales y tengáis una buena pantalla, grande y a la altura precisa. No pretendía entrar en cuestiones ergonómicas, pero me gustaría añadir también que, por mi experiencia con el síndrome de túnel carpiano, abogo, en primer lugar, por cambiar el ratón de mano y, en segundo, por pasarse a un trackball con la bola lo más grande posible. Con el trackball la mano reposa sobre la bola y se genera mucha menos tensión en cuello, hombro, brazo y muñeca que con los ratones normales, verticales o tabletas, dado que no hay agarre. Y, por último, como solo queda el tercer elemento importante, que es la silla, diré que yo tengo una escandinava de balancín, con respaldo y reposatibias, que me hace extremadamente feliz. En principio, cualquier silla decente será adecuada si la postura lo es, mientras que ninguna silla nos vendrá bien si nuestra postura es incorrecta.

No se trata de estar cómodos, sino de buscar la correcta alineación del cuerpo. Así se evitan dolores y malos hábitos posturales, pero también se crea un espacio interno que favorece el funcionamiento de las vísceras y de todos los sistemas del cuerpo. A diferencia de lo que sucede con otras escuelas de yoga, la alineación constituye un pilar fundamental en la práctica del yoga Iyengar. Otra característica importante es que introduce soportes para que cualquier persona sea capaz de ejecutar las posturas.

Por lo tanto, para practicar yoga no se precisan flexibilidad ni cualidades especiales. Estas y demás excusas, como la falta de tiempo o de fuerza de voluntad, solo contribuyen al centrifugado. Es tan simple como no darle más vueltas y empezar a hacerlo. El cuerpo y la mente bien valen dos horas a la semana, y a las traducciones no les afectará.

Más información en mi página web.

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Fotografía de Rafael Carrasco

♪ ♫ I Was The Fool Beside You Too Long, Yo La Tengo

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