La Linterna del Traductor

EDITORIAL

CARTAS A LA REDACCIÓN

LA VOZ DE ASETRAD

TECNOLOGÍA APLICADA A LA TRADUCCIÓN

Pildoritas tecnológicas

TRADUCCIÓN CIENTÍFICA Y TÉCNICA

TRADUCCIÓN JURÍDICA

TRADUCCIÓN LITERARIA

¡Ábrete, sésamo!

TRADUCCIÓN AUDIOVISUAL

Del papel a la pantalla

TERMINOLOGÍA

TRIBUNA ESTUDIANTIL

¿Traidor el traductor?

La universidad, en primera persona

ENCICLOPEDIA

PANORAMA

El dedo en el ojo

Otras asociaciones

RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS

Traducido por...

COLOFÓN

Escritores traductores

No solo de pan vive el traductor

Las ilustraciones de este número

Contexto

CONTRAPORTADA

Traducción literaria

¡Ábrete, sésamo!

Salvador García Cuéllar

«¡Ábrete, sésamo!» es la reflexión un poco humorística de Salvador García Cuéllar, fruto de sus ires y venires en el oficio de traductor. Su preocupación por traducir el pensamiento del autor del texto fuente sin soslayar la intención de lo escrito lo ha llevado a cavilar sobre la traductología, y ha caído en la cuenta de que no existe la traducción perfecta, aunque sí hay algunas peores que otras. El haber visto una de estas imperfecciones lo condujo a escribir el presente artículo, el cual garrapateó, no tanto con intención académica, sino más bien lúdica. Solo una cosa espera de sus lectores: que le corrijan, critiquen o comenten su texto, así como él se constituyó en peregrino juez de traductores desconocidos.

Salvador García
Jesús Salvador García Cuéllar nació en Torreón, Coahuila, México, el 4 de octubre de 1947. Sus estu­dios elementales y medios fueron realizados en esa misma ciudad. Recibió el grado de Arts Bachelor por la Universidad Católica de América en Washington D. C. en 1971. Luego obtuvo la maestría en admi­nistra­ción por la Universidad Valle del Bravo, en Reynosa (Tamaulipas, México) y cursó estudios de la maestría en comunicación en la Universidad Iberoamericana. Ha sido docente durante más de veinte años. Desde hace quince años se dedica a la traducción escrita, principalmente en el campo jurídico, ya que es perito traductor (traductor jurado) en el distrito judicial de Viesca, nombrado por el Tribunal Superior de Justicia del Estado de Coahuila. Recientemente se graduó como licenciado en idiomas e imparte clases en esa misma licenciatura en la Universidad Autónoma del Noreste. Ha publicado cuatro libros y dos investigaciones, en diferentes editoras.

En el cuento de Alí Babá y los Cuarenta Ladrones que oí en los lejanos días de mi infancia, el protagonista escucha de los ladrones la palabra mágica, o más bien las palabras mágicas, capaces de abrir la entrada de la cueva que contiene los innumerables tesoros mal habidos, y las que se pronuncian para dejar cerrado el recinto a fin de que los intrusos no perciban la fuente inagotable de riquezas que significa esa caverna.

Las palabras mágicas, según las oí al final de la primera mitad del pasado siglo, eran «ábrete, sésamo». Su articulación hacía que la puerta diera el paso franco al parlante, por arte de magia, al interior de la dicha, susodicha y dichosísima cueva.

En aquellos tiempos lejanos no se me ocurrió preguntar el significado de sésamo a quien me narraba la historia, pues si una palabra o un conjunto de palabras son mágicas, su origen debe de ser arcano y su significado, un poco críptico. Además, la historia era tan interesante que no daba lugar a cuestionamientos lingüísticos.

Ahora me doy cuenta de que felizmente el traductor al castellano de Las mil y una noches no hizo una traducción convencional de esa frase prodigiosa, no hizo decir a los personajes la muy cómoda frase «ábrete, ajonjolí» que pudo haber compuesto con cualquier diccionario en la mano.

El traductor optó por sésamo en lugar de ajonjolí y con eso le dio un halo de magia al famoso enunciado. Esto generó una serie de felices interpretaciones en los oyentes de esta fantástica historia.

Pocas veces un traductor puede darse estos lujos. Y qué bueno que así sea, como en este caso, ya que la solución no convencional produjo como resultado unas palabras verdaderamente mágicas, equivalentes a aquellas cuyo significado y origen muy pocos conocen: abracadabra.

Pasó el tiempo y vino la primaria, la secundaria, la preparatoria... Cursaba ya mis estudios universitarios cuando vi en la televisión la transmisión de un programa educativo, cuyo nombre en México era Plaza Sésamo, derivado de un original americano llamado Sesame Street. De nuevo, los traductores de la compañía televisora prefirieron sésamo, y cambiaron el lugar, de calle a plaza, lo que resultó un acierto, y así en lugar de la convencionalísima expresión calle del ajonjolí (que seguramente existe en alguna colonia de alguna ciudad mexicana) nos aportaron ese plaza Sésamo con todo lo arcano y críptico que conlleva la palabra sésamo.

Recuerdo que en mi primera adolescencia (si es que hubo una segunda o tercera) vi en el entonces vetusto Cine Martínez la versión cómica francesa de Alí Babá y los Cuarenta Ladrones, con Fernandel como protagonista. Poco recuerdo de esa película, salvo que a nadie hizo reír y que todos la olvidaron por intrascendente. En ese filme, alguien lleva a Alí Babá a que diga las palabras mágicas frente a la cueva de los tesoros, pero como el personaje está ebrio como un tonel, no recuerda la frase clave para la apertura de la caverna. Entonces empieza a trastabillar queriendo recordar la dichosa orden, y dice «ábrete, avena», «ábrete, trigo» y otras semejantes. Seguramente hubo una audiencia francesa que se carcajeó hasta desternillarse con esas cómicas expresiones, porque tenían la referencia que le daba la semejanza entre las gramíneas, pero los pobres provincianos mexicanos no podíamos relacionar los granos de trigo o de avena con el sésamo, cuya significación nada tenía que ver con los cereales o las pedaliáceas. La avena que conocíamos era un sabroso atole o, en el mejor de los casos, unas hojuelas dentro de un envase cilíndrico con un gran número tres dentro de un círculo amarillo.

Mal nos fue con la versión que hicieron los traductores de la película, que nos aburrió hasta la saciedad. Ellos no se daban cuenta de que no se traducen palabras, sino textos y, aún más, textos entre culturas, y si no tomamos en cuenta el modo de percibir de los receptores de la traducción nos puede salir un bodrio de la peor calaña.

El traductor de Las mil y una noches tuvo un feliz acierto cuando optó por el sésamo (que, por lo demás, sí viene en algunos diccionarios como vegetal comestible, pero en México, por lo menos en el medio donde me he desenvuelto toda mi vida, resulta desconocido con esa denotación) y le dio cierta aureola de misterio. Así, la palabra ha pasado a significar para los escuchas o lectores mexicanos algo oculto, cercano a lo sacramental, muy lejos del grano comestible que adorna el pan de las hamburguesas.

Volver arriba

Compartir
Reproducción parcial o total de contenidos o ilustraciones sólo con autorización por escrito de la redacción y citando autor y fuente.