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Contrapunto traductológico al «Decálogo del traductor literario»

Sergio Viaggio, traductor e intérprete autónomo

En el último número de La Linterna, Helena González Gabaudan ha publicado su decálogo del tradlit, elaborado, como ella misma proclama, entre bromas y veras. Estos son mis comentarios punto por punto:

DECÁLOGO DEL BUEN TRADUCTOR LITERARIO

1. Humildad (o, lo que otros llaman fidelidad al texto). No trates de ser más brillante que el propio autor; en general, la mayor literalidad posible en fondo y forma es la mejor norma, aunque siempre creando un texto propio y sin caer en la burda copia.

¿Qué problema hay en que la traducción sea mejor que el original? Salen ganando autor, traductor y nuevos lectores. Hay una traducción inglesa de Nabókov de un hermoso poema de Pushkin que es mejor (a mi ver) que el original. La cito en mi Teoría general de la mediación interlingüe (Alicante, 2004). Literalidad en la «forma»... ¿Y cómo se es fiel, a la vez, al contenido y a la forma de un soneto de Shakespeare sino apartándose brutalmente de la literalidad?

3. Sentido estético. Traducir correctamente el contenido de la obra original puede ser relativamente fácil, pero no hay que olvidarse de la forma estética.

Exactamente, de modo que lo de la literalidad... ¡al diablo! Pero no basta con «no olvidarse», hay que ver de recrearla o de crear otra, ella misma estética (parecida o no a la del original, lo decide el traductor)… Eso, claro, si la traducción se pretende ella misma literaria (no es el caso de muchas traducciones, que, personalmente, me producen arcadas, pero a otros obviamente no, si no, no las publicarían… ¡ni venderían!, ni la del Oneguin que hace Nabókov, cuyo fin expreso es ayudar a los estudiantes a leer el original, no a sustituirlo ni representarlo en la lengua y cultura meta).

4. Paciencia.

¡Amén!

5. Cultura.

¡Amén!

6. Naturalidad. Es más importante que la obra suene bien en tu idioma y conseguir un texto natural y fluido, carente de todo artificio, que el que se cuele alguna disculpable metedura de pata. Y el que esté libre de error, que tire la primera piedra.

¿Y eso cómo cuaja con la literalidad? ¿Y si el original quiere no sonar natural ni fluido y esa es, precisamente, su marca estilística (como La disparition, de Perec, escrita íntegramente sin la letra ‘e’, lo que obliga al autor (y al traductor que quiera imitar el recurso) a sonar poco fluido y natural a cada rato)?

7. Buena pluma.

¡Amén!

8. Dominio de tu lengua.

¡Amén! ¿Pero de cuál de sus variantes? Y entiendo perfectamente el español como lo escriben los ibéricos, pero escribir así no termina de salirme. Soy hijo, rehén casi, del rioplatense.

9. Actualidad. No envejezcas a propósito una traducción para acercarla a la época del autor.

¿Por qué no? ¿Quién podría reprochar, a priori y en abstracto, a un traductor que pretendiese que Dickens sonara como un novelista del siglo xix o Fielding como uno del siglo xviii)? ¿O de hacer que Shakespeare suene más a Lope que, pongamos, a García Márquez? ¡DEPENDE!

10. Amor.

¡Amén!

En rigor, el único dictum universal de la tradlit que se pretende literaria es producir un efecto estético (y no necesariamente igual o parecido al del original): ¿Qué sabemos del efecto de la Ilíada en los griegos del siglo v a. n. e. (es muy anterior, pero solo se «escribió» por orden de Pisístrato dos o tres siglos más tarde)? Lo que más puede (y, a mi ver, debe, pero ese es mi ver) buscar un traductor literario es producir en sus lectores el efecto que la obra produjo en él, que, al cabo, solo se puede amar la obra que nos afecta.

Este decálogo es uno de tantos instructivos para trujamanes desde Cicerón y San Jerónimo, pasando por Dryden y Martí, y, como la de todos ellos, no es más que la universalización de una práctica sin duda vasta y razonada, pero individual, que obedece a criterios enteramente atendibles pero igualmente individuales. Con todo respeto y cordialidad, la autora no parece haber leído nada de lo que aconsejan o desaconsejan los demás, sin ir más lejos, el genial despistado (despistado para traducir a otros, no para autotraducirse, claro, que es cuando hizo todo lo que decía que no hay que hacer) que fue Nabókov. En suma, yo traduzco así, ergo así se debe o, al menos, se debería traducir. Como seguramente es una buena traductora, dice cosas, si no originales, sensatas; como le falta, sospecho, horizonte teórico, dice otras que no lo son tanto.

Sería bueno que los traductores de fuste y auténticamente enamorados de la profesión, como sin duda lo es Helena, dejaran de tomarla, de hecho, por un oficio (cosa que, como la neurocirugía –trabajo, al cabo, manual–, también es), y en buen romance, nada más, o sea, una mera práctica, una praxis sin una teoría explícita, confrontada con la realidad, sometida al análisis crítico del resto de los profesionales y, en consecuencia, permanentemente actualizada, perfeccionada y desarrollada. Ya hay un formidable corpus de pensamiento teórico (más moderno o menos, menos sesudo o más) del que, como los demás profesionales respecto del suyo, los traductores no podemos seguir desconocedores… máxime si queremos enseñar o aconsejar a los demás.

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