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Estrategias discursivas en el prólogo de un traductor literario. Un análisis crítico-constructivo a propósito de Javier Escobar Isaza

Delfina Morganti

A veces las circunstancias nos obligan a emplear
versiones que no nos gustan. Uno de estos casos ocurrió
en la presente traducción con el título.1
Javier Escobar Isaza

Muchas veces los traductores literarios debemos atenernos a ciertas convenciones editoriales y exigencias comerciales que nos impiden optar por la versión preferida respecto del título de una obra. En esta entrega, cómo un traductor puede «firmar en disconformidad» con su trabajo, criticar y hasta reivindicar las técnicas adoptadas por sus colegas, y todo dentro del mismo prólogo a la obra traducida.

Delfina Morganti

Delfina Morganti es traductora literaria y técnico-científica de inglés y español, nacida en Rosario, provincia de Santa Fe (Argentina, 1989). En noviembre de 2011 obtuvo el título de intérprete simultánea y consecutiva en inglés, y este mismo año comenzó sus estudios de Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Desde 2010 escribe como colaboradora independiente para la publicación digital del Colegio de Traductores de la Provincia de Santa Fe-2ª Circ. y publica sus artículos críticos y traducciones literarias en su blog académico-periodístico, De Artículos y Revisiones. En mayo de 2012 disertó sobre «¿Qué es y qué implica traducir literatura?» en el marco del IX Encuentro Traduciendo Literatura organizado por la UNR. Actualmente también se desempeña como profesora adscrita a la Cátedra de Traducción Literaria del IES Nº28 Olga Cossettini, institución que la formó como profesional de la traducción en la ciudad de Rosario.

En sus reflexiones a propósito de Jack London y su obra The Call of the Wild, el traductor colombiano Javier Escobar Isaza dedica un párrafo dentro de su prólogo ensayístico «Los ciclos de la vida y de la crítica»2 a la versión en castellano del título original:

The Call of the Wild se habría interpretado mejor por Lo salvaje llama, pues en la obra de London no es la selva la que llama —esta ni siquiera aparece—, sino lo salvaje […]3

Aquí vemos cómo Escobar Isaza, a través de una aclaración más que pertinente, advierte al lector sobre el carácter inexorable del marco tradicional en que se suele inscribir una traducción literaria, incluso cuando la traducción «original» no sea quizás la más precisa, adecuada o veraz.

Pero para el lector que ante el párrafo citado alce, extrañado, la cabeza, resulta necesario detenerse en la interpretación del discurso del traductor. ¿Acaso se contradice quien conoce A, prefiere B y aun así opta por A?

El traductor Javier Escobar Isaza parece ser consciente de cuál sería una mejor interpretación —de la que resulta una mejor propuesta de traducción, aunque no la única— para el título de la obra de London que él mismo ha traducido, The Call of the Wild. Sin embargo, la edición a su cargo lleva por título aquél legado por traducciones anteriores y no el que Isaza mismo recomienda. ¿Cómo se justifica este hecho? ¿Y es que hay alguna justificación posible? Él mismo aclara la cuestión:

[…] hay una tradición ya tan larga en castellano, que no era conveniente emplear un nombre diferente al utilizado por el primer traductor.

Ahora bien, contemplado el criterio de la tradición de la obra sería interesante considerar otra incógnita. La decisión de atenerse a la tradición, ¿fue de Isaza o de la editorial?

No resultaría sorprendente que en el mundo de la traducción para editoriales la práctica de la costumbre cuente con más adeptos que la de apostar (¡y arriesgar!) a la innovación. Si los lectores reconocen la obra de Jack London como La llamada de la selva y dicho título ha sido difundido con esta traducción, no será fácil convencer a la editorial (y convencerse como traductor a cargo del texto) de emplear un título diferente. ¿El motivo? Entre otros, que resultaría extraño al lector. Es más, al lector promedio podría resultarle tan disonante toparse con Lo salvaje llama (en vez del recurrente La llamada de la selva) que la hazaña de la innovación probablemente acabaría en la decisión de no comprar aquel título que suena parecido pero difiere del que lo precede. En otras palabras, es probable que el contraste suscitado por el título en cada una de las ediciones hiciera desconfiar al lector; lo pondría en duda y, ante la duda, acudiría a lo seguro, a lo legitimado por el hábito, el tiempo y su exitosa difusión.

La llamada de la selva constituye precisamente el ejemplar tradicional, y parece haber sentado un precedente tal que pocos escapan y pocos se atreven a escapar a esta traducción. Por ejemplo, mientras que Javier Escobar Isaza apunta su insatisfacción con La llamada de la selva en el prólogo a la obra, el traductor Jorge Barros T. ha recurrido a otra estrategia posible en la versión de la editorial chilena Pehuén Editores.

Al final del título de la traducción de Jorge Barros, el lector se encuentra con un asterisco.4 Debajo del título La llamada de la selva se introduce, entre paréntesis, el título que hubiera preferido asignarle el traductor desde la tapa de la obra: El llamado de la naturaleza. Pero eso no es todo: el asterisco, a su vez, nos lleva a una nota del traductor, en la que Barros dice:

La costumbre ha dado en llamar a The Call of the Wild, tal vez por error de un primer traductor, La llamada de la selva, debiendo haber sido El llamado de la naturaleza, ya que el término selva es adecuado a las zonas del trópico pero no a las del ártico, que es el escenario de este relato.

Por lo visto, cada traductor a su manera ha dejado por sentado que no solo no está de acuerdo con el dictamen de la tradición, sino que además ha pensado en su propia propuesta de traducción y da un fundamento. Javier Escobar Isaza, por su parte, lo hace en el prólogo; Jorge Barros lo aclara incluso antes de que el lector llegue al título del primer capítulo. Ambas estrategias son avaladas por sus editoriales, que no dudan en cederles este derecho más que justo a los traductores de rebelarse, a su manera, contra el devenir de lo que hizo otro y que por razones desconocidas no llega a constituir una traducción del todo precisa del título de Jack London, The Call of the Wild.

Así pensada, parece que la aclaración de Escobar Isaza se trata de un acto más que profesional, honorable y necesario. Pero al justificarse, ¿se excusa como traductor o excusa a la editorial? ¿Justifica la tradición o se justifica a sí mismo?

Ya confiesa Isaza, con lo que se ha dado en llamar en el campo académico un acto de honestidad intelectual, que «traducir tiene inmensos sinsabores y momentos difíciles y lleva a veces a decisiones que nos dejan totalmente insatisfechos».

Claramente, la decisión de Isaza de seguir la tradición no lo dejó satisfecho. Ahora, si fue una decisión comercial que escapó a su voluntad o si él mismo se había rendido ante las convenciones del mercado editorial de antemano, resulta difícil de dilucidar. Por ahora sólo contamos con su prólogo para intentar averiguarlo. 

Él mismo sugiere que a veces las circunstancias nos obligan a emplear versiones que no nos gustan y uno de estos casos ocurrió en la presente traducción con el título. Por «las circunstancias» bien podría interpretarse que su editor le haya impuesto la condición de optar por La llamada de la selva o que él mismo haya experimentado el poder coercitivo de la tradición y haya optado (voluntariamente) por seguirla. Ante la duda nos queda consultar el texto, la única evidencia con que contamos, por ahora, para descifrar el misterio de si se trató de una decisión a cargo de la editorial o de una elección previa y a sabiendas del traductor.

Entre otras conclusiones, queda claro a partir de este tratamiento de las reflexiones de Isaza que él también, como tantos otros traductores —y me atrevería a decir, hasta el más escéptico de ellos—, tiende a la ambición de conquistar el original, de querer entender hasta el más mínimo detalle, comprenderlo todo, interpretar el original correctamente o como se debe.

[Todo traductor] tiende a la ambición de conquistar el original, de querer entender hasta el más mínimo detalle, comprenderlo todo, interpretar el original correctamente o como se debe.

Dicha meta, que como meta parece condensar las nociones tan difundidas y populares de fidelidad, invisibilidad y objetividad que suelen rondar entre los discursos del campo, es más una utopía que una práctica frecuente o siquiera posible. Claro que la difícil concreción de este objetivo tan ambicioso no es una falla en el traductor ni tampoco conlleva un «defecto de fábrica» en lo que a la formación del traductor como profesional se refiere. La cuestión radica en otra más profunda y más humana: la obsesión del hombre por alcanzar la perfección en el arte.

En efecto, en ese intento de traslado o, como dice Umberto Eco en Decir casi lo mismo, en ese intento de «decir lo mismo en otra lengua»,5 la traducción literaria parecería arrastrar gran parte de la esencia artística que condensa la obra literaria original. ¿Y cómo podría pedírsele menos a la traducción literaria? Y también, ¿cómo podría pedírsele más?

Si pensamos que traducir literatura es hacer literatura, la traducción literaria acarrea la esencia artística de la literatura y también su carácter de imperfecta, en el sentido de que las obras literarias son obra del hombre, y de hecho los mismos escritores se muestran muchas veces insatisfechos con el resultado de su propio trabajo.

Es más, si el quedar insatisfechos con nuestro trabajo es frecuente para la traducción en general, el traductor literario no padece menos sinsabores y momentos difíciles que el traductor de un manual técnico, un pasaporte legal o una revisión médica. Al contrario: como en literatura todo (o casi todo) es posible y todo remite a mucho de lo precedente y a la vez encierra la clave del «porvenir literario» (las comillas son mías), aquellas «decisiones que nos dejan totalmente insatisfechos» pueden llegar a multiplicarse. Incluso, cuando la traducción se lea como precisa y correcta, como ocurre con el título de La llamada de la selva, vemos que hay traductores que, no conformes ni satisfechos con lo que propone la tradición, adoptan una postura honesta y crítica para desafiarla. Quizás no lo hacen de forma directa, es decir, desde el título en la tapa del libro, pero tal vez esto sea así por cuestiones comerciales que atañen a las estrategias de venta de las editoriales. De todas formas encontramos en Javier Escobar Isaza un criterio ético y profesional que iría más allá de si fue suya o no la decisión de atenerse a la tradicional versión en español de La llamada de la selva.

Cuando un traductor expone en su prólogo las dificultades que ha tenido para realizar su traducción, no sólo se está justificando y pidiéndole al lector crítico que lo disculpe si algo no le cuadra. También está siendo valiente y responsable, se está exponiendo a sí mismo para confesar que es humano y que tiene algo que todos los traductores de todas las áreas deberíamos tener: poder de autocrítica. No en vano Javier Escobar Isaza dice que a veces el oficio del traductor no lo deja conforme, y al hacerlo cuenta gran parte de lo que ha sido el trasfondo de su trabajo, de manera que cualquier lector puede juzgarlo desde su propio punto de vista.

Hay traductores que, no conformes ni satisfechos con lo que propone la tradición, adoptan una postura honesta y crítica para desafiarla.

Algo que parece una nimiedad, una advertencia innecesaria, se transforma en un valeroso acto de responsabilidad como traductor para con la obra, con el lector y no menos consigo mismo. La de Isaza no es una actitud de tiré la piedra y ahora escondo la mano. El buen hombre se hace cargo y dice por qué, y revela su propuesta de traducción sin pretender más que dejar patente que él no recibe esa tradición tan pasivamente como aparenta, ni que es él uno de aquellos traductores que no ha puesto en jaque la traducción de sus colegas. Cuando comencé a escribir este artículo, la voz de mi conciencia me dijo algo así como:

Es verdad que si, como lector, llevo a casa un libro titulado La llamada de la selva, estaré esperando que los personajes se encuentren, en algún momento, en medio de una selva cualquiera. Es más, incluso cuando la selva no aparezca explícitamente descrita entre las primeras páginas, confiaré en que más adelante el autor la habrá incluido en algún capítulo, y hasta podría sostener mis expectativas —que a todo esto irían en aumento— hasta la última página, la última palabra del libro. Los lectores construimos todo tipo de hipótesis en torno a los títulos de los libros, ¿no es así? ¿Por qué no pensar que el autor incluyó la selva en el título porque algo de selvático contiene el libro, siquiera en la última página?… El único problema es que la obra de Jack London transcurre en la zona del ártico.

Con todo, Javier Escobar Isaza ha sido un traductor con criterio y hasta generoso en el prólogo a La llamada de la selva. Ha puesto en guardia al lector, que no es poca cosa, y su discurso se podría leer entre líneas como: «Si no opté por la versión cuya interpretación juzgo más adecuada, no es porque no haya querido hacerlo, sino porque la decisión escapa, al menos en gran parte, a mis propias preferencias».

Sobre el (mal) llamado método del invento

Pero si es digna de semejante mérito la aclaración referida anteriormente, no dejan de llamar la atención, entre las demás construcciones aclaratorias de Javier Escobar Isaza, dos expresiones en particular.

Alude Isaza a aquellos momentos en que los traductores, a falta de mejores recursos o fuentes, siguen su primer impulso, y sugiere lo siguiente:

Los traductores optan, entonces, por «inventar» una respuesta que, según el contexto, «suene» bien y, como lo hacen, los lectores, que no estarán cotejando la traducción con el original, caerán en la trampa y quedarán satisfechos, pensando que el texto sí corresponde al autor.

Las expresiones que más se destacan en relación con el oficio del traductor literario son «inventar», el entrecomillado en «suene» bien y, en referencia a la impresión que se llevarían los lectores, el hecho de que estos últimos «caerán en la trampa».

Lo primero que objeto a Isaza como colega es el hecho de plantear, en medio de un prólogo a la obra que ha traducido, y el cual se espera sea leído por los mismos lectores de la obra, una cuestión que apunta más a sus propios postulados crítico-ideológicos respecto de técnicas de traducción. Pues lo que él opta por calificar como inventar es, precisamente, lo que muchos traductores nos esforzamos por no hacer frente a una dificultad de traducción en la obra. Claro que inventar sería lo más fácil a falta de un diccionario que nos avale, pero estoy segura de que no es este el camino que seguimos los traductores profesionales, por lo menos no todos.

Sigue Isaza, con un punto y seguido al último párrafo citado:

Y, en efecto, muchas veces el «invento» del traductor será correcto, aunque a veces constituya un verdadero falseamiento del texto original.

Si leemos seguidamente los últimos dos párrafos citados daría la impresión de que Isaza no alude tanto al invento como a la intuición. Aunque la distinción puede parecer irrelevante, existe una diferencia entre los significados de estas dos palabras que permite deducir dos criterios casi opuestos de traducción y hasta de ética profesional. Por una parte, si partimos del co-texto que propone Isaza y que acompaña a invento, y consideramos la construcción de Isaza falseamiento del original, parece que la acepción de invento a la que refiere el traductor es la de fingir hechos falsos o levantar embustes.6

Si el traductor que inventa propone algo nuevo a partir de una operación de falseamiento del original, el traductor que intuye percibiría más allá de lo que se ve o se presenta como evidente, porque quien intuye comprende los hechos sin necesidad de recurrir a un razonamiento estricto que avale su línea de pensamiento.7

Por supuesto que si el traductor trabajara todo el tiempo a partir de su poder de intuición según el contexto y el co-texto de la obra, el margen de error podría ampliarse. Porque así como el invento falla, la intuición —ese pálpito condicionado por el tema, el marco y demás aspectos de la obra— también puede fallarnos.

Además, la manera en que Javier Escobar Isaza hace referencia a la conducta de los traductores en general parece poner en jaque la credibilidad y la profesionalidad de todos. Si su generalización tan tajante puede ofender a un colega, es muy probable que también deje secuelas en la lógica del lector: «Pero, ¿cómo? ¿Los traductores inventan? ¿Entonces cualquiera puede traducir?»

El colega profesional sabe que si se topa con un aparente intraducible, antes de recurrir a la intuición agota todos los medios posibles para resolverlo, y sólo después se vale de la corazonada.

Desde este análisis, el desacierto en la estrategia discursiva generalizadora de Isaza no radica tanto en la ofensa que puede causar al gremio de los traductores en su totalidad como en la impresión que se formen de nuestro oficio los mismos lectores. El colega profesional sabe que si se topa con un aparente intraducible, antes de recurrir a la intuición agota todos los medios posibles para resolverlo, y sólo después se vale de la corazonada, que al fin y al cabo no puede llegar a ser nunca arbitraria sino que está siempre altamente condicionada o determinada por los factores pertinentes a la obra y su autor, entre ellos: el lugar en que transcurren los hechos, las facetas de los personajes, la biografía del autor, las marcas de estilo, etc.

Termina Isaza por advertir lo siguiente:

En la traducción que nos ocupa, hay algunos puntos que, con toda honradez, no hallaron solución, y en los que, de alguna manera, tuve que acudir al método señalado. Los voy a exponer a continuación, después de anotar que me queda por lo menos la satisfacción de no haber cedido con facilidad a la tentación de utilizar el método del invento.

Si antes parecía que Isaza se distanciaba de todos aquellos traductores que «optan […] por inventar», ahora parece que él mismo se ríe de su propia necesidad de recurrir, a fin de cuentas, al «método señalado», el «invento».

Por otro lado, al referirse a su traducción como «la traducción que nos ocupa» y al hablar de los puntos que «no hallaron solución», Isaza está siendo nuevamente estratégico en términos de las formas discursivas que emplea: evita usar la primera persona del singular para referirse a la traducción que le ocupa (a él), se vale del nosotros inclusivo para acercar al lector y generar empatía, y se refiere a sus propios problemas con su trabajo como si los problemas no hubieran podido resolverse por sí solos («no hallaron solución» equivaldría a decir «son ellos los que no hallaron solución, no yo»).

La estrategia discursiva de delegar o compartir con otras personas gramaticales la responsabilidad individual genera, por un lado, una actitud de comprensión y empatía por parte del lector; y, por otro lado, deja exento al traductor de tener que acuñar cada acierto o desacierto, cada solución o irresolución como si fuera enteramente propia.

De todas maneras, resulta difícil excusar a Isaza por su generalización previa que, aunque quizás esté en su derecho a proferir, no parece justo que se refiera a los traductores de modo colectivo. Sus teorías acerca del método bien podrían constituir un tema más que polémico para un ensayo crítico acerca de las técnicas de traducción, pero en el prólogo a la obra traducida delatan al traductor (aunque confiese, desde el principio, que hablará «con toda honradez») y además encierran una generalización que da pie a una serie de prejuicios injustos, por parte del mismo traductor y por parte del lector en cuanto al oficio de traducir.

Desde el punto de vista de Isaza, el método del invento es una tentación a la que es mejor no ceder; desde mi propio punto de vista, el traductor literario no tendría que ceder a la tentación de inventar pero sí, como creo que es lícito, a la de seguir su instinto intelectual dadas determinadas circunstancias que lo avalen y un criterio con que sepa justificarse.

Sobre los puntos de vista y el término obvio

Para terminar con este análisis crítico-constructivo del prólogo de Javier Escobar Isaza a La llamada de la selva, me gustaría destacar una última construcción que ha llamado la atención no sólo de quien suscribe sino también de una serie de colegas y futuros colegas.

Se encuentra Isaza enumerando las dificultades con que se topó en el capítulo I de la obra de London, y dice:

[…] Por mucho que busqué, no logré encontrar el sentido del modismo The goose hang high y, como era obviamente algo que no le añadía ni le quitaba sentido al texto, opté por suprimirlo.

Cabe recordar que habíamos visto a un Isaza que no cedía fácilmente a «la tentación de utilizar el método del invento». En esta línea de pensamiento, dejarse llevar por la intuición intelectual determinada por las circunstancias que plantea el texto no parece haber sido una opción válida; lo cual, quizás, tiene que ver más con una cuestión de criterios y posturas frente a la traducción que con otra cosa. Hay traductores que han arriesgado el pellejo en épocas en que no existía Internet, y sus traducciones todavía reciben la condena de traductores y lectores en consenso. Por otra parte están quienes ante la duda, callan, omiten o bien suprimen.

La cuestión a veces no radica tanto en ser o no artífice de una omisión, como en tener cuidado con las intervenciones del juicio propio y la coherencia en las estrategias empleadas a lo largo de toda la traducción. Decir que un elemento X es más o menos relevante para el texto y que este hecho es obvio puede llevar al traductor a una interpretación parcial o incompleta que afectará a la lectura del lector de un modo u otro.

Decir que un elemento X es más o menos relevante para el texto y que este hecho es obvio puede llevar al traductor a una interpretación parcial o incompleta que afectará a la lectura del lector de un modo u otro.

Según Isaza, en este caso, la expresión idiomática The goose hang high «era obviamente algo que no le añadía ni quitaba sentido al texto». Lo tajante del adverbio derivado de obvio no es, nuevamente, la postura del traductor en cuestión, sino la apertura al debate que dicho término podría inducir. Decir obviamente es aludir al ideal de verdad universal, y esto trae aparejado, en consecuencia, un dilema ético de criterios que plantearían lo siguiente:

  1. ¿Quién es el traductor para juzgar qué es obvio y qué no, qué es más pertinente y qué no?
  2. ¿Cómo hace el traductor para saber qué es más esencial al texto y qué no? ¿Qué criterios lo avalan? ¿Cuáles son sus estrategias?
  3. ¿Traiciona al texto y al autor quien omite? ¿Se traiciona al lector? ¿Hasta qué punto? ¿Cómo se mide el grado de infidelidad?

Probablemente se perciba la encrucijada que plantean estos interrogantes y lo difícil que resulta a los mismos traductores no sólo poder responderlos, sino además ponernos de acuerdo entre colegas. Sin embargo, como estas preguntas y sus derivadas nos conducen a un universo de debate y polémica aún mayor que el del análisis del discurso, podemos dar aquí punto final a la crítica de las estrategias de las que se ha valido Javier Escobar Isaza. Ello, sin olvidar que la intención de este breve ensayo ha sido simplemente llamar la atención sobre las herramientas evaluadoras de las que podemos servirnos los traductores literarios a la hora de encarar el prólogo o la introducción a nuestro propio trabajo.

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1 Javier Escobar Isaza. «Los ciclos de la vida y de la crítica. Reflexiones sobre Jack London». Prólogo en: Jack London. La llamada de la selva. Bogotá: Norma, 1990. (Colección Cara y Cruz). (Traducción de Javier Escobar Isaza).

2 A partir de aquí, salvo cuando se advierta el nombre de otro autor, emplearé citas correspondientes al prólogo de Javier Escobar Isaza «Los ciclos de la vida y de la crítica» mencionado en la sección Notas y referencias dentro de [1].

3 Ciertamente, la obra de Jack London tiene como marco principal la zona del Klondike, región dentro del territorio de Yukon en el noroeste de Canadá, donde durante siete meses al año el clima predominante se caracteriza por un frío intenso, nevadas y tormentas. Claro que en nada se asemeja al clima típico de las zonas del trópico, para el cual hubiera resultado adecuado optar por selva como traducción de wild.

4 Jack London. Nota del traductor en La llamada de la selva (El llamado de la naturaleza). Santiago de Chile:Pehuén, 1984. (Traducción de Jorge Barros.)

5 Umberto Eco. «Introducción» en Decir casi lo mismo: Experiencias de traducción. Uruguay: Lumen, 2008. (Traducción de Helena Lozano Miralles.)

6 Real Academia Española. «Inventar» en Diccionario de la Real Academia Española. 22a ed. También disponible en línea (Consulta: 21 mayo 2012).

7 Real Academia Española. «Intuir» en Diccionario de la Real Academia Española. 22a ed. También disponible en línea (Consulta: 21 mayo 2012).

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