La Linterna del Traductor
NÚMERO 8

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Colofón: Vena literaria

Mal agüero

Manuel de los Reyes
Manuel de los Reyes García Campos es licenciado en traducción e interpretación por la Universidad de Salamanca. Trabaja en el sector editorial desde el año 2000, cuando tradujo su primer título meses antes de aprobar los últimos exámenes de la carrera. A partir de entonces, su bibliografía ha ido engrosando hasta abarcar más de un centenar de juegos de rol, cómics y novelas de distinta temática, con especial hincapié en los géneros del terror, la fantasía y la ciencia-ficción. Desde 2004 desempeña su labor desde la alemana localidad de Hemmingen, en los aledaños de Stuttgart. Se puede encontrar más información sobre él y su trabajo en su página web.

Se resignó a lo inevitable y bajó a regañadientes los escalones del porche desvencijado, debatiéndose entre el pánico que le producía la certeza de saber que no volvería a ver con vida a su madre y una exasperación fruto del hecho de que nadie, jamás, se tomara en serio sus palabras.

No se las había tomado en serio su padre, hacía tres años, cuando le imploró que no acudiera al trabajo aquel día fatídico. Que el tren que lo llevaba siempre de casa al trabajo y viceversa estaba destinado a chocar de frente con un mercancías. Que iban a morir sesenta personas, sesenta y una con él, por culpa de un mal cambio de agujas. Su padre se había limitado a apurar el café, le había alborotado el pelo con una sonrisa y, tras recoger el maletín y la chaqueta, se había despedido de ella por última vez en su vida.

Tampoco su madre se las tomaba en serio esa mañana, pese a tener motivos de sobra para sospechar que, desde el día en que enviudó, tanto la frecuencia como la exactitud de los macabros vaticinios de su hija no hacían sino incrementarse. Ni entonces la niña había conseguido disuadir a su padre ni ahora era capaz de que su madre atendiera a razones, mermada tal vez su elocuencia por culpa del truculento carácter de la visión que acababa de asaltarla. «M-mamá», había balbuceado mientras retorcía el dobladillo de la falda del uniforme, esforzándose por encontrar unas palabras que se resistían a brotar de su garganta, «mamá, por favor, no vayas a la plaza esta mañana».

Distraída, con la mirada perdida en el reloj de pared que parecía marcar las horas en exclusiva para ella, desgranando con agónico sadismo unos minutos que desde hacía tres años se le antojaban eternos, la mujer había tardado en detectar la nota de desesperación que teñía la voz de su hija. Cuando lo hizo por fin, el alud de recuerdos que le sobrevino impidió que su respuesta pudiera ser otra que un desabrido cállate, un no digas nada, no vuelvas a abrir la boca como no quieras que te cruce la cara. Un mataste a tu padre y qué quieres ahora, eh, que yo también me muera, no, pues mira, ojalá, porque todos los días lo pienso, ojalá me muera, ojalá Dios estampara otro tren contra esta casa y pudiera reunirme con él una vez más, solo una, y decirle… Pero ya el hilo de los pensamientos de la mujer se había embrollado sin remisión. La niña sabía que su madre podía pasarse así horas, maldiciendo y llorando hasta que se le quedaran los ojos tan vacíos y secos como el abismo que se abría ahora donde antes estaba su alma.

Todo esto lo vio la niña en un instante tan atroz como fugaz, y por eso, tras pestañear varias veces para sacudirse el aturdimiento que acompañaba siempre a sus visiones, se resignó a lo inevitable y bajó a regañadientes los escalones del porche desvencijado, debatiéndose entre el pánico que le producía la certeza de saber que no volvería a ver con vida a su madre y una exasperación fruto del hecho de que nadie, jamás, se tomara en serio sus palabras.

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