La Linterna del Traductor
NÚMERO 9

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LA VOZ DE ASETRAD

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Saraos «traductoriles» (o cualquier excusa es buena para reunirse)

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Traducido por:

COLOFÓN

Vena literaria

No solo de pan vive el traductor

Las ilustraciones de este número

Contexto

CONTRAPORTADA

Panorama

Saraos «traductoriles» (o cualquier excusa es buena para reunirse)

Con la excusa de reseñar las II Jornadas Ciencia y Traducción, organizadas por la Universidad de Córdoba, la autora aborda la proliferación en los últimos tiempos de encuentros, jornadas y congresos de traductores, con mayor o menor grado de formalidad, auge en parte propiciado por el uso de las redes sociales por los miembros de nuestro colectivo.

Isabel García Cutillas
Isabel García Cutillas se licenció en traducción e interpretación por la Universidad de Alicante (con Premio Extraordinario de Licenciatura) en el 2006. Desde ese mismo año trabaja como traductora autónoma de alemán y catalán a español especializada en textos técnicos y financieros, ámbitos en los que ha traducido todo tipo de documentos. Asimismo, es traductora-intérprete jurada de alemán. Actualmente compagina su trabajo con los estudios del grado en historia del arte, disciplina por la que siente devoción desde el instituto.

Mucho ha llovido desde aquella asamblea asetradera del 2009 en Madrid que supuso mi presentación en sociedad, mi conversión de traductora ermitaña en traductora social. Por aquel entonces llevaba ya tres años trabajando como autónoma y prodigándome en foros y listas de distribución, principalmente Traducción en España, pero nunca hasta ese momento me había atrevido a dar el paso de romper la barrera de lo virtual y relacionarme con los compañeros de profesión en persona. Ahora me pregunto por qué no lo hice antes y lamento la de buenos momentos que debí de perderme, pero lo cierto es que en aquella época todavía me frenaba el hecho de no conocer personalmente a nadie y me dejaba vencer por una timidez que, a día de hoy, no sé adónde ha ido a parar.

No recuerdo qué me impulsó a acudir por fin a una reunión de Asetrad después de tres años siendo socia. Supongo que me sentí en la obligación de implicarme un poco más en la asociación, a lo que se sumaba el hecho de querer desvirtualizar (palabra tan de moda en los últimos tiempos) a dos colegas con los que sí tenía una relación más personal y que de algún modo fueron mis padrinos, mentores y consejeros en los inicios de mi carrera: Ramón López y José María Izquierdo. Así que me planté en la capital, conocí por fin a Ramón y José María y me pegué a ellos para no sentirme desamparada en la cena que iba a tener lugar esa misma noche. Para mí fue como una prueba de fuego.

De aquel primer encuentro informal se me quedaron grabadas dos cosas: la curiosa sensación de ponerles por fin cara, cuerpo y voz a todos esos traductores cuyos mensajes llevaba años leyendo en la red (y que resultaron ser personas con vidas, intereses y conocimientos más allá de la traducción, fíjate tú qué cosas) y la enorme sorpresa de que todos ellos también me conociesen a mí, por el mismo motivo. Y así transcurrió la noche y la asamblea del día siguiente, entre presentaciones y amenas conversaciones que me dejaron tan buen sabor de boca y me engancharon tanto que desde entonces ya no he querido volver a ser una traductora ermitaña. Si antes lo difícil era sacarme de casa, ahora lo complicado es hacerme entrar. Desde aquel año no solo no he faltado a ninguna asamblea de Asetrad, sino que, cada vez más, me apunto a todos los congresos, cursos, tertulias, comidas y cenas que puedo, aunque sean a cientos de kilómetros de mi casa. Sí, lo reconozco: soy una yonqui de los saraos «traductoriles».

La última de las reuniones de carácter académico y en apariencia formal tuvo lugar los pasados 11 y 12 de abril en Córdoba con ocasión de las II Jornadas Ciencia y Traducción de la UCO. Tres fueron los motivos por los que muchos asetraderos y no asetraderos nos congregamos allí: el primero, un programa de comunicaciones a priori atractivo —aunque tardó demasiado en publicarse— que incluía charlas de varios miembros insignes de la asociación; el segundo, el lugar de celebración, pues Córdoba siempre merece una visita, y el tercero, ese curioso efecto llamada o bola de nieve que se produce conforme los traductores vamos anunciando que acudiremos a tal o cual congreso, sobre todo cuando sospechamos que se convertirá en una excusa magnífica para pasarlo bien. Y así fue en el caso de Córdoba.

Casi todos llegamos a la ciudad el día anterior a la inauguración de las jornadas, el miércoles 10 de abril. Por supuesto, no perdimos ni un minuto y ya a nuestra llegada empezamos a exaltarnos con esa particular sinergia que se genera siempre que se juntan dos traductores. Y si son más de dos, ni os cuento. La tranquila comida de ese día y la animada cena de esa noche hasta bien entrada la madrugada en compañía de compañeros a los que aprecio enormemente —unos ya conocidos, otros recién desvirtualizados— no fueron más que el preludio de los tres días siguientes, en los que el ambiente lúdico e informal, las risas y las charlas, el salmorejo y los flamenquines acabaron por hacernos olvidar que, en realidad, estábamos allí para oír hablar de traducción científico-técnica. Pero lo cierto es que, irremediablemente, las charlas acabaron relegadas a un segundo y casi inexistente plano.

A la mañana siguiente fueron pocos los valientes que se atrevieron a madrugar para acudir puntuales a la inauguración de las jornadas y a las tres primeras charlas del día. No obstante, había cuatro citas ineludibles: por la mañana, la comunicación de Luisa Calatayud, que con soltura y de forma amena habló ante un aula magna abarrotada de los entresijos de la coordinación de proyectos, y la de Lorenzo Gallego Borghini, cuya interesante exposición sobre un tema tan ajeno a mí como la investigación clínica me dejó bien claro que conoce a fondo el sector cuyos textos especializados traduce. Lástima que al final la atención se centrara en un nuevo debate sobre tarifas a raíz de que una de las asistentes confesara que cobraba… bueno, que cobraba muy poco. Como no podía ser de otra manera, fueron varios los colegas que no pudieron dejar pasar la ocasión para hacer un poco de pedagogía entre el joven auditorio allí presente.

Las dos charlas imprescindibles de la tarde fueron la de Héctor Quiñones, que se centró en los recursos terminológicos para la traducción de textos del sector agroalimentario, que tan bien conoce, y la de Manuel Saavedra, que con su peculiar sentido del humor puso de manifiesto su dominio en el ámbito de los bitextos. Ahí terminó mi paso y el de muchos otros compañeros por las II Jornadas Ciencia y Traducción, porque al día siguiente decidimos proseguir con nuestro particular congreso fuera de las aulas universitarias y dentro de los restaurantes y terrazas. Esa fue la tónica dominante hasta que llegó la hora de regresar a casa. Y una vez más pude comprobar que los traductores, tan solitarios en apariencia porque la mayoría de nosotros no salimos de casa para trabajar, somos en realidad el gremio más sociable que conozco, quizá precisamente por eso: porque la falta de contacto humano presencial en nuestra rutina laboral nos hace estar ansiosos por exprimir al máximo los minutos que pasamos juntos.

En los últimos tiempos, las redes sociales, en especial Facebook y Twitter, han contribuido enormemente a magnificar ese fenómeno. Si bien ya existían desde hacía años las listas de distribución y otros foros similares que nos ayudan a estar en contacto con los compañeros y a conocer la realidad y la actualidad del sector, estos espacios virtuales son ante todo una palestra donde plantear y debatir temas profesionales y, por consiguiente, tienen un halo académico y una pátina de seriedad que los convierten en cierta manera en cotos restrictivos y, para algunos, anticuados. Las redes sociales, en cambio, hacen que sea posible relacionarse de una manera más directa, cercana, informal, lúdica, humana. Son más abiertas, más participativas, más libres y con un poder de difusión y atracción muchísimo mayor. Este mundo 2.0 suple de alguna manera esa falta de compañeros de trabajo con los que interactuar día a día y permite que la relación con los colegas de profesión vaya más allá del aséptico plano laboral y se adentre en el terreno de la amistad personal. O de la enemistad, que de todo hay.

El establecimiento de vínculos emocionales, de afinidades y simpatías se traduce en una mayor avidez de contacto cara a cara con nuestros semejantes y, por consiguiente, en la proliferación cada vez mayor de todo tipo de actos, cursos, tertulias, comidas y cenas de carácter informal en todos los puntos de España. Parece que los traductores ya no nos quedamos sentados esperando a que alguien organice algo, ni nos hacemos los remolones a la hora de participar. Todo lo contrario: cada vez son más los colegas (y los socios de Asetrad son una buena muestra de ello) que toman la iniciativa y se atreven a organizar todo tipo de actividades de formación y esparcimiento en sus lugares de residencia. También a este respecto las redes sociales desempeñan un papel fundamental, pues hoy es más fácil que nunca convocar una quedada y congregar a la gente. Y esa gente, precisamente, es una de las razones por las que estoy orgullosa de pertenecer a este gremio.

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