La Linterna del Traductor
NÚMERO 9

EDITORIAL

LA VOZ DE ASETRAD

INTERPRETACIÓN

TECNOLOGÍA APLICADA A LA TRADUCCIÓN

Pildoritas tecnológicas

TRADUCCIÓN CIENTÍFICA

TRADUCCIÓN JURÍDICA

TRADUCCIÓN LITERARIA

Reseña de la mesa redonda «Retos terminológicos de la traducción literaria»

TRADUCTOLOGÍA

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RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS

Traducido por:

COLOFÓN

Vena literaria

No solo de pan vive el traductor

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Contexto

CONTRAPORTADA

Traducción literaria

Reseña de la mesa redonda «Retos terminológicos de la traducción literaria»

Congreso X Aniversario de Asetrad

En el Congreso X Aniversario de Asetrad se celebró esta mesa redonda, cuyo objetivo era comentar y debatir acerca de los problemas terminológicos que presenta la traducción literaria. Se convocó a tres traductores especializados, respectivamente, en los clásicos franceses, la fantasía y la ciencia ficción en inglés y la narrativa sueca. En la mesa se pretendía responder a preguntas como las siguientes: ¿Se puede especializar un traductor editorial? ¿Presenta la traducción editorial retos terminológicos distintos, por ejemplo, de los que se encuentran en la traducción técnica?

Moderadora:

Alicia Martorell, traductora y profesora, ha traducido del francés una treintena de libros y es premio Stendhal de traducción 1995 por Atlas, de Michel Serres. Socia de honor de Asetrad.

Participantes:

Gabriel Hormaechea, profesor y traductor de francés. Entre otras obras, ha traducido los cinco volúmenes de Gargantúa y Pantagruel de François Rabelais, obra por la que ganó el XV Premio de Traducción Ángel Crespo y el VII Premio Esther Benítez.

Carmen Montes Cano, filóloga y traductora de sueco. Conocida por sus traducciones de Henning Mankell y Camilla Läckberg, es premio nacional de traducción 2013 por la novela Kallocaína, de Karin Boye.

Pilar Ramírez Tello, traductora con un máster en traducción literaria. Ha traducido del inglés un gran número de novelas, especialmente de fantasía y ciencia ficción, entre las que se encuentran algunos éxitos de ventas, como la trilogía Los juegos del hambre, de Suzanne Collins.

Para comenzar, la moderadora invitó a los participantes a tomar la palabra para un primer turno en el que comentarían de forma general cómo se plantean el trabajo terminológico cuando están traduciendo un libro, desde la experiencia de cada uno de ellos. Gabriel empezó por decir que «él no es especialista en nada, pero le sale de todo», porque sin ir más lejos en el Gargantúa de Rabelais ha tenido que consultar términos náuticos, de medicina y hasta de cetrería. Comentó que uno de los problemas a los que se enfrenta el traductor literario es que, en literatura, los términos no son unívocos, como sí pueden serlo en una traducción técnica, y que no siempre existe una precisión o una equivalencia en el idioma de llegada, por lo que hay que jugar a equilibrar pérdidas y ganancias, y que por eso la labor terminológica consiste en algo más que elaborar listas. Mediante varios ejemplos prácticos, ilustró cómo el trabajo terminológico, además de basarse en la consulta de fuentes bibliográficas, también tiene un factor humano importante, y es la ayuda de expertos de los distintos campos. Confiesa tener una bien cuidada red de colegas y contactos que le ayudan en la labor, pero luego es él quien tiene el quebradero de cabeza para saber dar el registro justo a los términos. Para él, una llamada telefónica es tan útil como la consulta de un diccionario especializado.

A continuación, Pilar tomó la palabra y explicó que para ella, en cuanto a la metodología, y sobre todo cuando traduce ciencia ficción o fantasía, es fundamental leer primero el libro, siempre que el plazo de la editorial lo permita. Con eso, puede hacerse una idea del estilo, saber por dónde van los tiros, y comprender términos o situaciones que en un primer momento pueden parecer totalmente incomprensibles. De esa forma, si en la página 5 sale un neologismo —o algo que ella a primera vista identifica como un neologismo— no es infrecuente que unas cuantas páginas más adelante se explique qué es ese término, e incluso de dónde ha salido, con lo que a la postre se ahorra tiempo. Otro sistema, cuando la urgencia del plazo impide una lectura previa, consiste en anotar el término, dejarlo marcado y seguir para decidirlo más adelante. También se ha dedicado a la traducción técnica y encuentra que esta y la traducción editorial se parecen bastante en lo que a documentación y terminología se refiere. En los libros que normalmente traduce es frecuente que se describan realidades alternativas, y aunque los textos pueden ser «generalistas», a la vez contienen vocabulario especializado, con un problema añadido, y es que en muchas ocasiones, existen todo tipo de lugares, objetos y seres vivos inventados. Así, ante un término que no conoce, por ejemplo, de un pájaro, primero tiene que averiguar si se trata de un pájaro real o ficticio. En ese caso, el reto es cómo llegar a la conclusión, por sus propios medios, de si se trata de lo uno o de lo otro y, en caso de que sea ficticio, reproducir lo más fielmente posible el proceso creativo que llevó al autor a crear ese nombre, pero adaptándolo al castellano.

Carmen comenzó por explicar que ella discrepa respecto a la idea de que los traductores editoriales son «generalistas». Para ella, los traductores literarios están especializados en algo: en literatura. Puso énfasis en que un traductor literario tiene que conocer a los autores clásicos, porque en muchas ocasiones se encuentra con referencias a ellos que es necesario entender para dar con el significado o el tono. También discrepó en cuanto a la necesidad de leer el libro antes de comenzar a traducir, porque opina que de esa forma se tiene más información que el lector, por lo que el traductor podría también incluir más información de la pertinente en cada tramo del libro (a lo que Pilar respondió que el autor, cuando escribió el libro, contaba con esa información, y que el traductor tiene que ponerse en la perspectiva del autor). Tras ese inciso, Carmen comentó que en su caso uno de los mayores problemas es la adaptación semántica en realidades culturales distintas. En cuanto al sistema, no es posible tener uno solo, porque es el propio libro el que te lo impone, según la temática y el registro. Para ella, más que en fuentes bilingües, en su mayoría el mundo del traductor literario discurre en un mundo monolingüe, y la terminología se consulta a expertos de la lengua meta y recurriendo a las fuentes: un marino para un tema naval, por ejemplo. Comentó que la labor de un traductor editorial no tiene descanso, porque siempre está dándole vueltas a las frases o a los términos difíciles, y las invenciones pueden suceder en cualquier momento, algo con lo que Gabriel y Pilar estuvieron de acuerdo. Comentó también que acababa de terminar la traducción de un libro —Kallocaína, de Karin Boye— ambientado en un futuro distópico, y que le había supuesto un enorme reto, por poseer un lenguaje propio e inventado para la novela (merece la pena apuntar que un mes después de esta mesa redonda, y poco antes del cierre de este número de La Linterna del Traductor, se anunció que Carmen era galardonada con el Premio Nacional de Traducción precisamente por ese libro).

Tras ese primer turno, se plantearon varias preguntas, tanto por parte de la moderadora, como luego, desde el público. Sin ánimo de ser exhaustiva, mencionaré algunos de los temas que salieron.

¿Es habitual preguntar al autor? En el caso de Gabriel, es evidente que no, ya que no se trata de autores vivos, por lo que no tiene ese recurso, y lo suple consultando a especialistas en la obra del autor en cuestión o a especialistas de otros ámbitos. En el caso de Pilar, considera que, en el caso de los autores vivos, para ella es el último recurso, después de investigar y consultar a colegas y expertos. Como curiosidad, explicó que, en alguna ocasión, al preguntar al autor qué quiso decir con tal o cual cosa, se había encontrado con que el autor tampoco tenía una explicación plausible o no se acordaba de qué había querido decir con aquello. Carmen explicó que precisamente en el último libro del que hablaba anteriormente, no había sido posible, ya que la autora tampoco vive, pero que, en cualquier caso, ella considera que una vez que el libro pasa a sus manos para traducirlo, se convierte en «su» libro, y no en el libro del autor, por lo que es ella quien toma las decisiones pertinentes, después de haber investigado y consultado. En resumen, parece que, por distintos motivos, no es frecuente utilizar el «comodín del autor».

¿Si no se lee el libro antes de traducirlo, es posible hacerse una idea del estilo en las primeras páginas? Carmen respondió que, cuando un autor es bueno, su estilo trasciende desde las primeras páginas, y que es posible saber casi al instante si se trata de una gran obra literaria o no. Para ella, unas cuantas páginas son suficientes para hacerse a la idea.

¿Se puede vivir de la traducción editorial? Gabriel respondió que él es además profesor universitario, por lo que no vive de la traducción y se puede permitir ciertos lujos al elegir el trabajo. A él no le sale rentable traducir, porque los clásicos no son superventas, y a veces él mismo tiene que proponer las traducciones, después de haber hecho una labor previa de traducción sin saber si alguna editorial aceptará o no el libro. Además, él traduce obras en las que el trabajo es lento, por la propia naturaleza del texto, y comentó que, de hacer el cálculo entre tiempo y productividad, el resultado de lo ganado por hora sería irrisorio. Para él, pues, no se puede vivir de la traducción, sino que es imprescindible tener otra ocupación. Afirmó que la mayoría de los traductores editoriales no se dedican a ello en exclusiva, pero Pilar y Carmen discreparon y comentaron que es importante que se empiece a pensar en los traductores editoriales como profesionales a tiempo completo. Pilar precisó que sí, que se puede vivir de la traducción editorial, pero a costa de traducir muy deprisa y de acortar los plazos de entrega para que el encargo salga rentable, sobre todo, porque son contados los casos de libros que se venden tan bien que permiten obtener ingresos adicionales por los derechos sobre la traducción. Carmen declaró taxativamente que se puede vivir de la traducción editorial y que hay que acabar con la idea de que los traductores literarios son profesionales «a ratos». Se evitó hablar expresamente de tarifas, si bien en los comentarios se dejaba traslucir que es una profesión que no está todo lo bien remunerada que debería, y que hay que trabajar para mejorar los contratos, pero como no era ese el tema de la mesa redonda, no se incidió en él.

¿Hay diferencia en la metodología, con respecto a la traducción técnica? Pilar comentó que ella ha realizado muchas traducciones técnicas, y que le parece que en ambas especialidades el trabajo terminológico es similar, al menos en lo que se refiere a la terminología, solo que con la diferencia de que en la técnica, aunque puede haber neologismos, estos se corresponden con algo que existe, mientras que en la editorial, al menos en su experiencia, a veces los términos no se corresponden con algo real. Carmen aportó que, a veces, la traducción literaria se convierte en traducción técnica, y puso el ejemplo de una traducción de un libro de Mankell (Profundidades) para la que tuvo que buscar terminología sobre submarinos e incluso consultar con algún marino. Sin embargo, muchas veces, al buscar un término te encuentras con que se trata de una misma realidad, pero con dos registros, y puso como ejemplo el caso de un determinado tipo de tornillo que sale en un catálogo y un tornillo que sale en una novela, porque en el primer caso la traducción tiene que ser precisa, pero en la segunda tal vez el tipo de tornillo no tenga importancia, o incluso sea necesario, para adaptarlo a la realidad meta, que la pieza en cuestión sea una tuerca, y no un tornillo. Alicia apuntó que ahí se estaba entrando en la cuestión de connotación y denotación. Para Carmen, prima la precisión, pero no solo hay que traducir palabras, sino también situaciones. Por lo tanto, hay que ser preciso y adecuarse al contexto, pero al mismo tiempo, debes crear y despegarte del original.

Ligada a la anterior, surge la pregunta de si el traductor literario tiene que saber «un poco de todo» o si puede especializarse. Para Carmen, como ya comentó anteriormente, ante todo, hay que ser especialistas en literatura y hay que leer los clásicos, porque eso te ahorra mucho trabajo, al identificar de inmediato ciertas referencias. Para Pilar, lo principal es conocer bien las peculiaridades del género que se traduce, y luego no hay más remedio que documentarse sobre el tema concreto que surja, que puede ser deportes, medicina, tecnología o cualquier otro. Gabriel comentó que a veces dan más problemas las filigranas del lenguaje que la propia terminología, y que para resolver problemas de campos específicos busca la ayuda de especialistas. Puso el ejemplo de que para la traducción de Gargantúa y Pantagruel tuvo que utilizar términos, no solo de medicina, sino de medicina antigua, para lo que tuvo que solicitar la ayuda de un médico que, además, entendiera del tema en cuestión.

¿Qué ha cambiado en la metodología de trabajo, gracias a las nuevas tecnologías? ¿Se recurre más a Internet o a los diccionarios de toda la vida? La técnica de Gabriel es, aparte de leer libros especializados sobre el autor que está traduciendo, hacer llamadas a colegas o incluso a desconocidos. Cuenta una anécdota en la que tuvo que hablar con un halconero para encontrar un término de cetrería muy preciso que no podía sustituirse por otro. Pilar comentó que, aunque todavía se usan diccionarios en papel, ella cada vez los utiliza menos, y que recurre a Internet, a búsquedas en diccionarios en línea especializados y a consultas a los colegas, normalmente por correo electrónico. Carmen es también partidaria de las llamadas a especialistas. Se comentó el fenómeno de la autorreferencia en Internet: al utilizar un buscador para encontrar algo relacionado con el texto que se está traduciendo, en muchas ocasiones se remite al propio texto como única fuente, lo cual no es de mucha ayuda, evidentemente.

Finalmente, se cerró el turno de preguntas, no por falta de ellas, sino por falta de tiempo. Seguramente quedaron muchas cuestiones en el tintero, sobre todo porque el nivel de los tres participantes y de la moderadora había logrado mantener intacto el interés de los asistentes durante casi dos horas. En resumen: una mesa verdaderamente «redonda» que nos dejó con ganas de más.

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