La Linterna del Traductor
NÚMERO 9

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Traducido por:

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No solo de pan vive el traductor

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Contexto

CONTRAPORTADA

Panorama: Traductores por cuenta ajena

Mi experiencia como traductora en plantilla

«Money dignifies what is frivolous if unpaid for»
A Room of One’s Own. Virginia Woolf

Me ha costado ganarme la vida como traductora profesional, tengo que confesarlo. No he llegado por el camino más sencillo ni por el más directo. Claro que para alcanzar objetivos profesionales en ocasiones hay pocos caminos directos, y mucho menos fáciles. No solo no hay atajos; todo lo contrario: el camino está lleno de encrucijadas, desvíos y obstáculos imprevistos.

Carmen Albaladejo
Carmen Albaladejo Vivero es licenciada en filología inglesa y en traducción e interpretación por la Universidad Complutense de Madrid.

Ha trabajado en distintas empresas haciendo cosas tan diversas como transcribir libros a braille, diseñar presentaciones en PowerPoint o implantar un sistema de subtitulado de informativos para sordos en un canal de televisión nacional. También ha participado en la redacción de una enciclopedia y ha publicado tres biografías.

Desde 2008 trabaja como traductora en plantilla en una empresa española de ingeniería aeroespacial.

Sin tener muy claros mis objetivos profesionales, estudié filología inglesa nada más —y nada menos— que porque me fascinaban el inglés, la lingüística y la literatura y quería seguir aprendiendo. Cuando terminé la carrera, allá por el 97, con una tasa de paro en España del 20 %, algo que ya era excesivo en aquel momento, me dispuse a buscar trabajo, resignada a aceptar lo que saliera, aunque en aquel momento la traducción no era para mí una opción. Ni se me pasaba por la cabeza.

Sin embargo, creo que había ya una traductora en mí, porque nunca he dejado de estudiar y formarme, y es algo muy característico de los traductores: somos adictos al conocimiento.

Pronto empecé a trabajar como secretaria de dirección. Teniendo un buen nivel de inglés y ciertos conocimientos de ofimática, era fácil encontrar este tipo de trabajos. Podía haberme quedado ahí, de hecho supongo que podría seguir trabajando en la misma empresa en la que empecé en aquellas fechas, pero es un trabajo que no me aportaba nada y que no me gustaba.

Pocos años después, por una de esas casualidades de la vida, un amigo me ofreció hacer una traducción para su empresa. Un texto no muy largo, pero bastante especializado, sobre redes UMTS. Para ser mi primer trabajo, aceptaron una tarifa bastante buena, pero puedo aseguraros que no me resultó rentable. Me llevó muchísimas horas y consultas a amigos ingenieros e incluso a electricistas, y creo que hice un trabajo medio digno. (Ahora si lo viera probablemente me llevaría las manos a la cabeza.) Por aquel entonces yo no sabía ni cómo se hacía una factura, así que al final todo se desarrolló en el más oscuro de los negros, por mi ignorancia. Además, cuando una no tiene experiencia tiende a pensar que cualquier empresa se va a frotar las manos por ahorrarse unas perras en el IVA, cuando lo único que haces es quedar como una aficionada y dar una imagen pésima. Ninguna empresa seria va a querer pillarse los dedos por la factura de una traduccioncilla.

En cualquier caso, y retomo mi historia, aquella traducción me proporcionó un regalo maravilloso: había encontrado mi vocación. Llevada por mi «cursitis» congénita, busqué algún tipo de formación reglada para profundizar en la materia, e hice un posgrado de traducción. Era un posgrado organizado desde un punto de vista muy académico y filológico; en cualquier caso, muy poco práctico, así que, por desgracia, para orientarme en el mundo profesional no me sirvió de mucho. Poco después hice un curso de corrección profesional que, esta vez sí, fue muy práctico y gracias a él aprendí mucho.

Al mismo tiempo que me ganaba la vida con trabajos de otro tipo, me salieron al paso varias oportunidades para hacer traducciones y otros trabajos de redacción, pero no conseguía dar el salto y tener unos ingresos lo suficientemente estables como para poder vivir de la traducción, que ya había decidido que era mi vocación.

La situación me resultaba frustrante, y me quejaba continuamente de lo difícil que era entrar en esta profesión «tan cerrada, en la que se cobraba tan poco y se trataba tan mal a los traductores, vamos, una mafia controlada por unas pocas agencias confabuladas para explotarnos». Ahora echo la vista atrás y veo lo equivocada que estaba.

Por fin, en 2004, supe que se acababa de crear una asociación de traductores en España. No dudé ni un momento en hacerme socia de pleno derecho de Asetrad, aunque no fuera traductora profesional. Como traductora sola, aislada y ­sobre todo­ desinformada no podía hacer nada; aunque no me ganara la vida traduciendo, tenía que unirme a esa asociación porque tenía claro que mi objetivo era trabajar algún día en lo que realmente quería.

A través de Asetrad conocí el foro Traducción en España, de RedIris, y esa ha sido mi verdadera escuela. Es donde más he aprendido de traducción y todos los aspectos profesionales que la rodean. Unos años después me decidí a matricularme en la carrera de traducción e interpretación, que terminé hace dos años.
 
A partir de ese gran momento en el que Asetrad y TRAD entraron en mi vida, cada vez con más formación y, sobre todo, con mucha más información, seguí haciendo traducciones esporádicamente, combinándolas con trabajos de redacción y corrección hasta que finalmente conseguí por fin dedicarme en exclusiva a la traducción, ganarme la vida y pagar las facturas gracias a ella.
 
Después de unos pocos meses dedicada a la traducción literaria, a finales de 2008, decidida a comer como mínimo tres veces al día, comencé a trabajar en plantilla en la empresa en la que trabajo actualmente. Es una empresa multinacional de ingeniería aeroespacial y de telecomunicaciones, nada que ver con el mundo editorial. Fui la primera traductora en plantilla que contrataron, y en un principio no sabían muy bien qué hacer conmigo, dependía directamente del director de una de las filiales y era como un cabo suelto colgando del organigrama de la empresa. Hasta que algún día a alguna mente privilegiada se le ocurrió crear un «departamento de servicios generales». A este flamante departamento le pusieron el nombre de Departamento de Soporte y allí dentro me empujaron.
 
Mi trabajo consiste principalmente en traducir, revisar textos en inglés y español y, en alguna ocasión, redactar textos comerciales en alguno de los dos idiomas. Hasta hace poco también coordinaba las tareas de todo el departamento.

Durante bastante tiempo he sido la única traductora que ha trabajado en plantilla en la empresa (ahora somos dos), y en los casi cinco años que he trabajado allí he podido comprobar que a los técnicos de mi empresa nuestra labor les resulta absolutamente ajena.

Para empezar, no distinguen entre traducción directa e inversa. «Tú eres traductora, ¿no?, sabes inglés, ¿no?, y sabes francés, ¿no? Pues ya está, puedes hacer todas las combinaciones posibles entre esos tres idiomas.» Y me ha tocado hacerlas (o intentarlo). Uno de los problemas de trabajar en plantilla es que no puedes negarte. Eso sí, lógicamente, me cuesta más trabajo hacer una inversa que una directa, y así se lo hago saber. Misión imposible: no lo entienden.
 
Al principio pensaba que la idea que tenían sobre la traducción era que yo veía el texto en una pantalla (trabajo con dos pantallas, algo que os recomiendo a todos) y que, según lo leía en un idioma, podía ir tecleándolo en la otra tranquilamente, sin parar ni un segundo. Ahora me he dado cuenta de que su verdadera idea de la traducción es que yo veo el texto original en una pantalla y simplemente mirando la otra lo traspaso con mis superpoderes y se transforma en otro idioma. Si no, no le veo explicación a las cosas que me piden. Normalmente, para preguntarte si puedes encargarte de una traducción te envían un correo con un asunto claro, para que tú puedas distinguirlo bien de todos los que hay en tu bandeja de entrada: «Petición» o «Traducción». A veces ni siquiera ponen asunto. Abres el correo y te encuentras con que te preguntan: «Me han dicho que me dirija a ti, ¿puedes hacer una traducción?» Ni envían el texto, ni me dicen de qué idioma a qué idioma, ni el tema de la traducción, ni la fecha límite ni, por supuesto, el número de palabras. Cuando les preguntas todo esto (estoy pensando que debería hacerme una plantilla con todas estas preguntas), te dicen: «Bueno, es que el original todavía no lo he terminado, estará para el miércoles por la tarde seguro, es para pasar de español a inglés y serán unas 20 páginas». Como veréis, no me han respondido a todas las preguntas. Cuando les presionas un poco, te dicen la fecha límite: lunes a primera hora, que significa, claro, viernes a última hora. El tema siempre va a ser sorpresa, aunque como ya llevo un tiempo en la empresa, sé en qué proyecto trabaja cada uno y más o menos puedo saber de qué van a ir los textos. Pero el número de palabras... JAMÁS te lo dicen. Por dos razones: muchas veces no saben que existe esa opción en Word, pero la razón principal es que no te quieren dar ninguna pista sobre el marrón que te acaba de caer. La respuesta suele ser: «Son 20 páginas y hay muchas imágenes». Mi experiencia me dice que el número de páginas que te dicen hay que multiplicarlo por dos y medio. En serio, comprobado. Veinte páginas se convierten en 50. Y lo del miércoles por la tarde quiere decir el jueves por la tarde mínimo. Y pretenden que esté el viernes al mediodía. Misión imposible 2. Se lo hago saber con mis mejores formas, explicando que un traductor suele traducir unas 2 000 palabras en un día bueno, que es una traducción inversa... y ponen el grito en el cielo. Entonces les doy la opción de contratar a un traductor externo, y el 95 % de las veces me dicen que no tienen presupuesto. Así que mi labor es también un poco de pico y pala, de ir educándolos para que vayan entendiendo lo que significa traducir, que lleva su tiempo y que tiene un coste.

A partir de este ejemplo comprenderéis por qué en muchas ocasiones es difícil hacer entender a clientes directos que no saben mucho sobre nuestra forma de trabajar que la unidad de tarificación en traducción es la palabra. Cada vez me convenzo más, y así lo recomiendo, de que la mejor forma de facturar a un cliente directo es por horas, no por palabras; o al menos darles un precio final sin desglosar el concepto. Es más sencilla y transparente la idea de que un trabajo ha llevado un número determinado de horas y por eso ha costado una cantidad determinada de dinero que entender que cada palabra por separado tiene un coste fijo. Eso no es óbice, por supuesto, para que nosotros sigamos calculando nuestra tarifa por palabras; simplemente no veo que tenga que ser necesario darle esta información a un cliente si va a servir para confundirlo.

A veces es muy frustrante tener que enfrentarse a diario con lo poco considerado que está nuestro trabajo. Si a esto le unimos que el ambiente en el mundo de la empresa en España sigue siendo muy machista y las traductoras somos casi siempre mujeres el resultado es que, por muy especializado y complicado que sea el trabajo que hacemos, no está valorado ni reconocido y se nos considera una especie de secretaria con idiomas, con todo mi respeto para las secretarias y los idiomas.

Veréis que lo estoy pintando muy negro, y entiendo que más de uno diga: «Y esta mujer, ¿por qué sigue trabajando ahí? Que se haga autónoma, ¿no?». Todos conocemos las ventajas de ser autónomo: eres tu propio jefe, tú te marcas tu horario, puedes trabajar desde cualquier lado, puedes trabajar en pijama, etcétera. Yo trabajo en un ambiente en el que soy un bicho raro, con gente que en su mayoría no sabe ni quiere saber en qué consiste mi trabajo, tengo un horario más o menos fijo, tengo que desplazarme a la oficina todos los días y, bueno, creo que no me dirían nada si fuera en pijama, viendo cómo viste algún que otro compañero…

También es cierto que cobro bastante menos, al menos en bruto, de lo que cobraría siendo autónoma. Pero (siempre hay un pero), yo sé a qué hora salgo de mi trabajo todos los días, sé que tengo los fines de semana libres, tengo mis 21 días de vacaciones al año (más todas las Navidades y la Semana Santa, cortesía de mi empresa). Tengo una nómina, que es útil para firmar un contrato de alquiler o pedir un préstamo, sé lo que cobro todos los meses, tengo dos extras, no tengo que preocuparme de pagar la Seguridad Social, no tengo que hacer declaraciones trimestrales, no tengo que pagar a un gestor, no tengo que comprar material de oficina. Periódicamente me sustituyen el ordenador, si tengo un problema con cualquier periférico me lo arreglan o me lo cambian… Puedo estar de baja e ir al médico sabiendo que a final de mes cobraré lo mismo (una ventaja nada despreciable). Por no hablar de los beneficios sociales: me dan cheques de comida, me pagan un seguro de salud privado y la formación. Si hago las cuentas, hoy por hoy me sale rentable. No descarto que algún día esto cambie, pero ahora mismo me compensa. He llegado a esta conclusión porque en su momento lo calculé con CalPro, un recurso imprescindible para cualquiera que quiera dedicarse a la traducción y calcular la equivalencia entre sueldos y tarifas.

Por otro lado, desde un punto de vista más profesional, trabajar en una empresa de este tipo me ha proporcionado grandes satisfacciones: he aprendido muchísimo documentándome para traducir los textos con los que trabajo. A menudo son textos sobre recursos humanos, gestión de la calidad, gestión de incidencias en programación (últimamente está de moda que todo se «gestione») o procedimientos de trabajo internos. Sin embargo, a veces tengo suerte y me toca traducir sobre simuladores de artroscopia, radioterapia intraoperatoria, teledetección de incendios forestales, predicción meteorológica inmediata, basura espacial, órbitas satelitales o vehículos todoterreno que circulan por la superficie de Marte. Y a veces pienso que quién me iba a decir a mí que acabaría sabiendo, por poco que sea, algo de cualquiera de estas cuestiones. Y se me escapa una sonrisa en mi gris cubículo.

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